miércoles, 29 de octubre de 2014

Origen de la Celebración del Halloween o Noche de Brujas

HALLOWEEN o NOCHE DE LAS BRUJAS es una fiesta proveniente de la cultura céltica que se celebra en la noche del día 31 de octubre. Los niños se disfrazan para la ocasión y pasean por las calles pidiendo dulces de puerta en puerta. El TRICK o TREAT "DULCE o TRAVESURA", que nació después de la persecución en Inglaterra de protestantes a los católicos. El 5 de noviembre de 1605, un plan de levantamiento de los católicos fue descubierto y anulado, por lo que los protestantes organizaron una fiesta, que más tarde se convirtió en gran celebración llamada "DÍA DE GUY FAWKES", en toda Inglaterra. Muchos protestantes, ocultos con máscaras, visitaban a los católicos de la localidad y les exigían cerveza y pasteles para su fiesta, diciéndoles TRICK o TREAT. Así, el "DÍA DE GUY FAWKES ", llegó a las colonias de América, trasladándolo al 31 de octubre para unirlo con la fiesta del HALLOWEEN.

HALLOWEEN es una derivación de la expresión inglesa ALL HALLOW'S EVE (Víspera del Día de los Santos). Se celebraba en los países anglosajones, principalmente en Canadá, Estados Unidos, Irlanda y el Reino Unido. Pero actualmente se celebra en casi todos los países occidentales con mayor o menor presencia. Aunque la palabra HALLOWEEN tiene su significado celta que significa: "HOY ENTREGO MI ALMA". Sus orígenes se remontan a los celtas y la fiesta fue exportada a los Estados Unidos por emigrantes europeos en el siglo XIX, más o menos hacia 1846. La fuerza expansiva de la cultura de EE.UU. ha hecho que HALLOWEEN se haya popularizado también en otros países. El día de HALLOWEEN, en tiempos modernos se considera una fiesta estadounidense.

La historia del HALLOWEEN se remonta a hace más de 2.500 años, cuando el año celta terminaba al final del verano, el preciso día 31 de octubre de nuestro calendario. El ganado era llevado de los prados a los establos para el invierno. Ese último día, se suponía que los espíritus podían salir de los cementerios y apoderarse de los cuerpos de los vivos para resucitar. Para evitarlo, los poblados celtas ensuciaban las casas y las "decoraban" con huesos, calaveras y demás cosas desagradables, de forma que los muertos pasaran de largo asustados. De ahí viene la tradición de decorar con motivos siniestros las casas en la actual víspera de todos los santos y también los disfraces. Es así pues una fiesta asociada a la venida de los dioses paganos a la vida.

El recorrido infantil en busca de golosinas probablemente enlace con la tradición neerlandesa de la Fiesta de San Martín. Se dice que las brujas, utilizaban los cráneos de las víctimas humanas y las adornaban con velas entre las cuencas de los ojos y la nariz. Cuando los paganos irlandeses llegaron a Estados Unidos, no podían llevar a cabo estas prácticas con cráneos humanos, de modo que utilizaron calabazas. El Imbolc (o Imbolg): la primera de estas fiestas se celebraba a principios de febrero (sobre el 1 de dicho febrero), cuando las primeras flores empiezan a crecer, y era dedicada a la diosa Imbolc o Brigit, a la que se consagraban los animales supervivientes al paso del invierno, en especial a las hembras, puesto que era tiempo ya de engendrar para el futuro invierno.

El BELTAINE: era la segunda fiesta que se celebraba el 1 de mayo (la víspera del 1 de mayo es la NOCHE DE WALPURGIS). Esta fiesta se dedicaba a Belenos, el dios del fuego. En este día el fuego era usado para purificar con su humo a los animales y a todo el pueblo. Se encendían hogueras en lo alto de los cerros (para los celtas esto tenía mucha importancia: era muy fuerte la unión que se sentían por la naturaleza, y desde lo alto, se podía observar toda la grandeza de nuestra madre Tierra), y se apagaban éstas al día siguiente. El Lughnasa (o Lugnasad o Lamas): se celebraba a mediados del mes de junio y se dedicaba a Lug en Irlanda, Lugus en las Galias y Lleu en escocia. Aunque esta divinidad se conoce por diversos nombres, era el dios de la luz. Esta fiesta era la que más carácter agraria tenía, celebrándose una acción de gracias por la fertilidad de los animales y por la abundancia de las reservas alimenticias.

El SAMAIN: la última y más importante fiesta celta tenía lugar el 1 de noviembre. Este día significaba el día de año nuevo (siendo la víspera, el 31 de diciembre, "nochevieja"), y a su vez indicaba que comenzaba una etapa: el invierno. El año celta se divide en dos grandes periodos: el periodo de verano, que va desde el Beltane (1 mayo) hasta el Samain (1 de noviembre), y el invierno (desde el Samain hasta el Beltane siguiente). Durante la noche del 31 de octubre los druidas (la casta sacerdotal de los celtas) recogían las bayas del muérdago de los troncos de encinas y robles, con una hoz de oro. ¿Y por qué una hoz de oro? Muy sencillo. Los celtas consideraban a este metal como un metal puro, y era por tanto el único que se podía utilizar para estos quehaceres.

Una vez subidos al tronco de un roble o encina, los druidas cortaban baya por baya de muérdago mientras recitaban unos mantras, que seguramente eran para atribuir más poder al muérdago. Por desgracia, los druidas no dejaron restos escritos pues así, como dijo Julio César "evitaban que su sistema de adiestramiento cayese en manos del vulgo y, segundo, que los estudiantes descuidaran el ejercicio de su memoria por confiar en la palabra escrita". Durante esos días antes del año nuevo, tenían lugar innumerables sacrificios animales. Además de tener un carácter religioso, tenemos que tener en cuenta una cosa: la fecha. Se acerca el invierno y hay que empezar a almacenar para hacer frente a los duros meses que vienen por delante. Esta creencia estaba muy arraigada en el pueblo celta. Ellos creían que esa noche, una "puerta" se abría, y la dimensión de los vivos quedaba en comunicación con la dimensión del mundo de los muertos, al menos por unas horas.

Durante este periodo no se podía salir de la comunidad, pues en esta noche, la comunidad no se ponía en contacto con otras comunidades sino que se ponían en contacto con sus propios antepasados. Durante esas horas, se podía tocar, palpar e incluso se podía traspasar al mundo de los muertos. Por eso en todo el pueblo había hogueras. No se encendían con la intención de espantar a los malos espíritus ni nada de eso, sino que se encendían para poder guiar a los muertos en la oscuridad de la noche, para que encontrara a sus parientes y hogares, y se pudieran calentar con el calor del fuego del hogar. Los celtas, esa noche amontonaban las calaveras de sus muertos (y también de sus enemigos) y las pintaban. El significado de esta tradición en este pueblo no lo sé, pero que tuvo repercusiones en otras culturas como la galaica. Esta cultura tenía en las encrucijadas amontonamientos de piedras (llamados milladouros) y se tenía la costumbre de depositar una piedra y pedir un deseo.

Existe un milladouro en el camino de Santiago, que es famoso (además de estar cerca de Santiago de Compostela), porque posee una gran cruz de hierro. El hecho de depositar una piedra allí es signo de que no tendrás mala fortuna durante lo que queda de viaje, por eso los peregrinos suelen llevar una piedra desde su lugar de origen, o bien la llevan antes de llegar al milladouro. Desde Italia, tomando los dominios celtas, llegaron los romanos. Éstos ya tenían ocupados los últimos días de octubre y principios de noviembre con festividades que llamaban "LAS FIESTAS DE POMONA", dedicadas a la diosa de los árboles frutales (era algo así como la vendimia o celebración de la cosecha), por lo que se mezclaron frutas con malos espíritus para celebrar este día. Las manzanas eran muy populares y pronto fueron parte de las celebraciones.

La Iglesia decidió convertir la festividad al catolicismo. Ya de por sí traían un gran problema con el calendario, que les había sido insuficiente para darle un día a todos los santos. Así que dedicaron un solo día a todos los santos menores. Se instituyó el 1 de noviembre como el Día de Todos los Santos, que en Inglaterra (donde existía el problema) se denominó (traduciendo literalmente) como "ALL HALLOWS' DAY", y a la noche anterior se le llamó "ALL HALLOWS' EVE". Con las ya conocidas contracciones tan acostumbradas en el inglés, esto pasó a ser "ALL HALLOWS' EVE" y finalmente "HALLOWEEN". Es así como las costumbres paganas llegaron a pertenecer a las tradiciones eclesiásticas. En la Edad Media algunos bandoleros se disfrazaban de espíritus para cometer sus fechorías. De ahí viene la costumbre de disfrazarse. Algunos años después esta festividad llega a Estados Unidos, traída por los pioneros, y es aceptada como una tradición, integrando todos los detalles antes mencionados. Era una fiesta católica de pequeños grupos de fieles, que se popularizó enormemente con la llegada de los irlandeses alrededor de 1840.

Otra fecha que puede utilizarse para la celebración, es cuando el Sol ha alcanzado los 15° grados de latitud en el cielo, y se posesiona en la Constelación del Escorpión, un punto astrológico de poder simbolizado por el Águila y que suele caer alrededor del día 7 de Noviembre. Lo primero que a la mayoría de la gente se le viene a la cabeza cuando oye o lee la expresión "HALLOWEEN". Están asociados en la historia reciente de la fiesta de forma indisoluble. Su uso tiene origen en una leyenda:

"Hace muchos, muchos años, un tacaño y pendenciero irlandés, llamado Jack, tuvo la mala fortuna de encontrarse con el diablo en una taberna, en la Noche de Brujas. Jack, conocido borracho, había bebido mucho pero pudo engañar al diablo ofreciéndole su alma a cambio de un último trago. El diablo se transformó en una moneda para pagarle al camarero, pero Jack rápidamente lo tomó y lo puso en su monedero. Como Jack tenía una cruz en su monedero, el diablo no pudo volver a su forma original. Jack no dejaría ir al diablo hasta que le prometiera no pedirle su alma en 10 años. El diablo no tuvo más remedio que concederle a Jack su reclamación.

Diez años más tarde, Jack se reunió con el diablo en el campo. El diablo iba preparado para llevarse el alma de Jack, pero Jack pensó muy rápido y dijo: "Aquí estoy, te entrego mi alma e iré al Infierno, pero antes de hacerlo, ¿me traerías la manzana que está en ese árbol por favor?". El diablo pensó que no tenía nada qué perder, y de un salto llegó a la copa del árbol, pero antes que el diablo se diese cuenta, Jack ya había tallado rápidamente una cruz en el tronco del árbol. Entonces el diablo no pudo bajar. Jack le obligó al diablo a prometer que jamás le pediría su alma nuevamente. Al diablo no le quedó más remedio que aceptar.

Jack murió unos años más tarde, pero no pudo entrar al cielo, pues durante su vida había sido un borracho, un estafador y un hombre con una vida lujuriosa. Pero cuando intentó entrar, por lo menos, en el espantoso infierno, el diablo tuvo que enviarlo de vuelta, pues no podía tomar su alma (lo había prometido). "¿Adónde iré ahora?", preguntó Jack, y el diablo le contestó: "Vuelve por donde viniste". El camino de regreso era oscuro y el terrible viento no le dejaba ver nada.. El diablo le lanzó a Jack un carbón encendido directamente del infierno, para que se guiara en la oscuridad, y Jack lo puso en un nabo que iba comiendo, para que no se apagara con el viento. Así Jack esta condenado a vagar en las tinieblas eternamente…

Día de Todos Los Santos

En los países de tradición católica, se celebra el 1 de noviembre; mientras que en la Iglesia Ortodoxa se celebra el primer domingo después de Pentecostés; aunque también la celebran las Iglesias Anglicana y Luterana. En ella se venera a todos los santos que no tienen una fiesta propia en el calendario litúrgico. Por tradición es un día festivo, no laborable.

La Iglesia Primitiva acostumbraba celebrar el aniversario de la muerte de un mártir en el lugar del martirio. Frecuentemente los grupos de mártires morían el mismo día, lo cual condujo naturalmente a una celebración común. En la persecución de Diocleciano el número de mártires llego a ser tan grande que no se podía separar un día para asignársela. Pero la Iglesia, sintiendo que cada mártir debería ser venerado, señalo un día en común para todos. La primera muestra de ello se remonta a Antioquia en el domingo antes de Pentecostés.

También se menciona lo de un día en común en un sermón de San Efrén el Sirio en 373. En un principio solo los mártires y San Juan Bautista eran honrados por un día especial. Otros santos se fueran asignando gradualmente, y se incrementó cuando el proceso regular de canonización fue establecido; aún, a principios de 411 había en el Calendario Caldean una “Commemoratio Confessorum” para el viernes de los cristianos orientales. En la Iglesia de Occidente el papa Bonifacio IV, entre el 609 y 610, consagro el Panteón en Roma a la Santísima Virgen y a todos los mártires, dándole un aniversario.

Gregorio III (731-741) consagró una capilla en la Basílica de San Pedro a todos los Santos y arregló el aniversario para el 1 de noviembre. La basílica de los Apóstoles que ya existía en Roma, ahora su dedicación seria recordada anualmente el 1 de mayo. Gregorio IV extendió la celebración del 1 de noviembre a toda la Iglesia, a mediados del siglo IX.

La práctica religiosa hacia los difuntos es sumamente antigua. El profeta Jeremías en el Antiguo Testamento dice: "Así habla el Señor acerca de ti: Tú no morirás por la espada sino que morirás en paz. Y así como se quemaron perfumes por tus padres, los reyes antiguos que te han precedido, así se quemarán perfumes por ti, y se entonará por ti la lamentación: "¡Ay Señor!". Esta es la palabra que yo te he dicho -oráculo del Señor-." (Jeremías 34-4,5) a su vez en el libro 2° de los Macabeos esta escrito: "Y después de haber recolectado entre sus hombres unas dos mil dracmas, las envió a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado. El realizó este hermoso y noble gesto con el pensamiento puesto en la resurrección, porque si no hubiera esperado que los caídos en la batalla fueran a resucitar, habría sido inútil y superfluo orar por los difuntos. Además, él tenía presente la magnífica recompensa que está reservada a los que mueren piadosamente, y este es un pensamiento santo y piadoso. Por eso, mandó ofrecer el sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran librados de sus pecados." (2 Mac. 12- 44-46); y siguiendo esta tradición, en los primeros días de la Cristiandad se escribían los nombres de los hermanos que habían partido en la díptica, que es un conjunto formado por dos tablas plegables, con forma de libro, en las que la Iglesia primitiva acostumbraba a anotar en dos listas pareadas los nombres de los vivos y los muertos por quienes se había de orar.

En el siglo VI los benedictinos tenían la costumbre de orar por los difuntos al día siguiente de Pentecostés. En tiempos de san Isidoro († 636) en España había una celebración parecida el sábado anterior al sexagésimo día antes del Domingo de Pascua (Domingo segundo de los tres que se contaban antes de la primera de Cuaresma) o antes de Pentecostés.

En Alemania cerca del año 980, según el testimonio de Widukind, abad de la Corvey, hubo una ceremonia consagrada a la oración de los difuntos el día 1 de noviembre, fecha aceptada y bendecida por la Iglesia.

San Odilón u Odilo en el 980, abad del Monasterio de Cluny, en el sur de Francia, añadió la celebración del 2 de noviembre como fiesta para orar por las almas de los fieles que habían fallecido, por lo que fue llamada "Conmemoración de los Fieles Difuntos". De allí se extendió a otras congregaciones de benedictinos y entre los cartujos; la Diócesis de Lieja la adoptó cerca del año 1000, en Milán se adoptó el siglo XII, hasta ser aceptado el 2 de noviembre, como fecha en que la Iglesia celebraría esta fiesta.

Tradiciones del Día de los Fieles Difuntos

La tradición de asistir al cementerio para rezar por las almas de quienes ya abandonaron este mundo, está acompañada de un profundo sentimiento de devoción, donde se tiene la convicción de que el ser querido que se marchó y pasará a una mejor vida, sin ningún tipo de dolencia, como sucede con los seres terrenales.

En México y en América Latina esta celebración se combinó con elementos indígenas y del sincretismo resultó una original celebración en el Día de Muertos, distinta de las otras naciones católicas. Esta fiesta incluye por tradición un Altar de muertos que consiste en una serie de adornos florales acompañados de la comida favorita del difunto; además de fotografías y otros detalles.

En las zonas andinas de Sudamérica, especialmente en Ecuador, Perú y Bolivia, la costumbre es preparar e intercambiar entre familiares y amigos las guaguas de pan para consumir con la chicha morada que en algunas áreas rurales son también ofrendas principales en los cementerios.

El origen del Halloween

Conocido como Noche de Brujas, es una fiesta de origen celta que se celebra internacionalmente en la noche del 31 de octubre, sobre todo en países anglosajones como Canadá, Estados Unidos, Irlanda o Reino Unido, y, en menor medida, en Argentina, Chile, Colombia, España, México, Perú o el conjunto de Centroamérica. El Halloween tiene su origen en una festividad céltica conocida como SAMHAIN, que deriva de irlandés antiguo y significa fin del verano. Los antiguos britanos tenían una festividad similar conocida como CALAN GAEAF.

En el SAMHAIN festividad de origen celta más importante del periodo pagano que dominó Europa hasta su conversión al cristianismo, en la que la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre servía como celebración del final de la temporada de cosechas en la cultura celta y era considerada como el «Año Nuevo Celta», que comenzaba con la estación oscura. Es tanto una fiesta de transición (el paso de un año a otro) como de apertura al otro mundo. Su etimología es gaélica y significa 'fin del verano'. Ha sido practicada desde hace más de tres mil años por los pueblos celtas que han poblado toda Europa. En la actualidad del SAMHAIN continúa celebrándose por los seguidores de movimientos religiosos neopaganos, como la WICCA y el DRUIDISMO.

Los antiguos celtas creían que la línea que une a este mundo con el otro Mundo se estrechaba con la llegada del SAMHAIN, permitiendo a los espíritus (tanto benévolos como malévolos) pasar a través de él. Los ancestros familiares eran invitados y homenajeados mientras que los espíritus dañinos eran alejados. Se cree que el uso de trajes y máscaras se debe a la necesidad de ahuyentar a los espíritus malignos. Su propósito era adoptar la apariencia de un espíritu maligno para evitar ser dañado. En Escocia los espíritus fueron suplantados por hombres jóvenes vestidos de blanco con máscaras o la cara pintada de negro.

El SAMHAIN también era un momento para hacer balance de los suministros de alimentos y el ganado para prepararse para el invierno. Las hogueras también desempeñaron un papel importante en las festividades. Todos los otros fuegos se apagaban y en cada hogar se encendía una hoguera en la chimenea. Los huesos de los animales sacrificados se lanzaban a la hoguera. Otra práctica común era la adivinación, que a menudo implicaba el consumo de alimentos y bebidas, e incluso en Asturias se celebraban banquetes en las tumbas de antepasados.

En una época en la que predominaban las festividades «paganas», los Papas Gregorio III (731–741) y Gregorio IV (827–844) intentaron suplantarla por una festividad cristiana (Día de Todos los Santos) que fue trasladada del 13 de mayo al 1 de noviembre. En 1840 esta festividad llega a Estados Unidos y Canadá, donde queda fuertemente arraigada. Los inmigrantes irlandeses transmitieron versiones de la tradición durante la Gran hambruna irlandesa. Fueron ellos quienes difundieron la costumbre de tallar los JACK-O'-LANTERN (calabaza gigante hueca con una vela dentro), inspirada en la leyenda de «Jack el Tacaño». Sin embargo, la fiesta no comenzó a celebrarse masivamente hasta 1921. Ese año se celebró el primer desfile de Halloween en Minnesota y luego le siguieron otros estados. La fiesta adquirió una progresiva popularidad en las siguientes décadas.

La internacionalización de Halloween se produjo a finales de los años 70 y principios de los 80 gracias al cine y a las series de televisión. En 1978, se estrenaba en Estados Unidos y en el mundo entero “Noche de Brujas”, de John Carpenter; una película ambientada en la víspera de Todos los Santos que supuso una referencia para el cine de terror de serie B; con innumerables secuelas e imitaciones. El hecho de que esta fiesta haya llegado hasta nuestros días es, en cierta medida, gracias al enorme despliegue comercial y la publicidad engendrada en el cine estadounidense. La imagen de niños norteamericanos correteando por las oscuras calles disfrazados de duendes, fantasmas y demonios, pidiendo dulces y golosinas a los habitantes de un oscuro y tranquilo barrio, ha quedado grabada en la mente de muchas personas.

En esa noche los espíritus visitaban las casas de sus familiares, y para que los espíritus no les perturbasen los aldeanos debían poner una vela en la ventana de su casa por cada difunto que hubiese en la familia. Si había una vela en recuerdo de cada difunto los espíritus no molestaban a sus familiares, si no era así los espíritus les perturbaban por la noche y les hacían caer entre terribles pesadillas. ¿Cómo entraron estas fiestas a la tradición cristiana? Cuando Constantino se convirtió en emperador de Roma, dictó una ley que declaraba el Cristianismo como la religión oficial del estado, exigió como emperador que cada uno se hiciese Cristiano o enfrentara la pena de muerte.

Alrededor del año 609 se transforma el Pantheon de templo pagano, dedicado a todos los dioses, a la iglesia cristiana, dedicada a la Virgen y a los mártires cristianos. La tradición celta entró con mayor fuerza en el siglo VIII, cuando la iglesia romana estableció el 1 de noviembre como el Día de Todos los Santos, en inglés “All Saints Day” y anteriormente “All Hallows Day”, de donde deriva posteriormente la palabra Halloween, que proviene de “All Hallows Eve” que significa precisamente, “Noche de Todos los Santos”. Desde el siglo IV la Iglesia de Siria consagraba un día a festejar a «Todos los Mártires». Tres siglos más tarde, el Papa Bonifacio IV (615) transformó un templo romano dedicado a todos los dioses (panteón) en un templo cristiano dedicándolo a «Todos los Santos», a todos aquellos que nos habían precedido en la fe.

La fiesta en honor de Todos los Santos, inicialmente se celebraba el 13 de mayo; fue cambaiada por el Papa Gregorio III (741) al 1 de noviembre, día de la «Dedicación» de la Capilla de Todos los Santos en la Basílica de San Pedro en Roma. Más tarde, en el año 840, el Papa Gregorio IV ordenó que la fiesta de «Todos los Santos» se celebrara universalmente. Como fiesta mayor tuvo su «vigilia» solemne (31 de octubre). Esta vigilia fue llamada por los ingleses «All Hallow\’s Even» (Vigilia de Todos los Santos). Aquí encuentra su origen el término «Halloween».

Por otro lado ya desde el año 998, san Odilón, abad del monasterio de Cluny (en el sur de Francia) había añadido la celebración del 2 de noviembre, como una fiesta para orar por las almas de los fieles que habían fallecido, por lo que fue llamada fiesta de los «Fieles Difuntos» la cual se difundió en Francia y luego en toda Europa. Las iglesias fueron inundadas con los paganos no convertidos, eran forzados a integrarse a la iglesia católica o perder sus vidas por desafiar al emperador. Los recién agregados traían todas sus prácticas e ideas paganas a la iglesia incluyendo “el festival de SAMHAIN” y exigieron que este festival siguiera siendo parte de sus vidas. Puesto que la iglesia había fracasado en eliminar las prácticas paganas de la gente, decidió usar “a su modo” algunas de ellas, especialmente este ritual del 31 de octubre.

En el siglo IX, el Papa instituyó un nuevo día para ser celebrado por la iglesia el 1 de noviembre, llamándolo “Día de todos los Santos” (All Hallows Day). Este día celebra a todos los mártires y santos de la iglesia católica y el 31 de octubre se convirtió en su víspera. Ahora la gente podría tener su festival el 31 de octubre, porque el 1 de noviembre era un día “santo”. Pero nada cambió. La observancia pagana continuó el 31 de octubre, y el día de fiesta “cristiano” fue observado el 1 de noviembre. La gente no celebró sus ritos y adoración paganos a los demonios para esta “nueva víspera” establecida por la iglesia.

Estado de los Demonios - Primera Parte

¿En qué piensa un demonio?
Todo ángel caído conserva la inteligencia de su naturaleza angélica. Y con ella sigue conociendo. Conoce e indaga con su mente el mundo material y el espiritual, el mundo real y el conceptual. Como ser espiritual, eminentemente intelectual, no hay duda de que esta profundamente interesado por las cuestiones conceptuales. El sabe muy bien que la Filosofía es la más elevada de las ciencias. Incluso sabe que la Teología está por encima de la Filosofía; pero odia a Dios. En el conocer encuentra placer, pero también sufrimiento. Sufre cada vez que ese conocimiento le lleva a considerar a Dios. Y el demonio percibe continuamente el orden y la gloria del Creador en todas las cosas. Hasta en las cosas aparentemente más neutras, él encuentra el reflejo y el recuerdo de los atributos divinos.

Pero el demonio no está siempre en cada instante sufriendo. Muchas veces simplemente piensa. Sólo sufre en ciertos momentos, cuando se acuerda de Dios, cuando se vuelve a hacer consciente de su miserable estado, de su separación de Dios, cuando le remuerde la conciencia. Unas veces sufre más, otras menos, su sufrimiento no es uniforme. Aunque estas variaciones se dan según la intensidad que marca la deformidad moral propia de cada demonio. Sería bastante horrible pensar en los demonios como seres permanentemente en sufrimiento, cada instante, cada momento. La separación de Dios produce sufrimiento por toda la eternidad, pero es el sufrimiento del alejamiento, no es el sufrimiento de una máquina de tormento en acción constante. El demonio ni está tentando siempre, ni está retorcido de dolores espirituales siempre.

¿Cuál es el lenguaje de los demonios?
El lenguaje de los demonios es exactamente el mismo que el de los ángeles. Los ángeles no necesitan ninguna lengua, ningún idioma para comunicarse entre ellos, pues se comunican entre sí con especies inteligibles. Las especies inteligibles son los pensamientos que se transmiten entre ellos. Nosotros nos transmitimos palabras, ellos se transmiten directamente pensamiento en estado puro, sin necesidad de mediaciones sensibles o de signos. Las especies inteligibles pueden ser comunicación de razonamientos, de imágenes, de sentimientos, etc. La transmisión de estas especies inteligibles es telepática. Se produce a voluntad. Y puede dar lugar a diálogos como los que tenemos los hombres. Las inteligencias humanas nos comunicamos nuestros razonamientos a través de palabras que son signos. Los espíritus angélicos pueden comunicar entre sí pensamiento en estado puro.

¿Dónde están los demonios?
Tanto las almas de los condenados como los demonios no pueden ubicarse en las coordenadas del espacio. Tampoco se puede decir que están en otra dimensión. ¿Qué significa estar o no estar en una dimensión para un espíritu? Simplemente no están en ningún lugar. Existen, pero no están ni aquí, ni allí. Se dice que un demonio está en un sitio cuando actúa en un sitio. Si un demonio está tentando a alguien aquí, se dice que está aquí. Si un demonio posee un cuerpo allí, se dice que está allí. Si un demonio mueve una silla en un fenómeno poltergeist, se dice que está en ese sitio concreto. Pero en realidad no está allí, simplemente está actuando allí.

El infierno, el cielo y el purgatorio son un estado. Después de la resurrección los cuerpos de los condenados sí que estarán en un sitio concreto, y por eso el infierno será un lugar. Los cuerpos de los bienaventurados también ocuparán lugar. Por eso en la Biblia se dice: “…y vi un cielo nuevo y una tierra nueva”, Ap. 21, 1. De ahí que los bienaventurados habitarán en la tierra restaurada de nuevo tras la destrucción que se narra en el Apocalipsis. Puesto que los bienaventurados habitarán corporalmente en esta tierra ¿dónde estarán los hombres condenados? Nada se puede afirmar con seguridad. Algunos piensan que su lugar estará en el centro de este mismo mundo.

¿Puede un demonio hacer algún acto bueno?
El demonio no está siempre haciendo el mal, muchas veces simplemente piensa. Y en ello no obra mal alguno, es un mero acto de su naturaleza. Sin embargo, el demonio no puede hacer actos morales sobrenaturales. Es decir, no puede hacer un acto de caridad, de arrepentimiento sobrenatural, de glorificación sincera de Dios, etc. Pues para realizarlos se necesita una gracia sobrenatural. Puede glorificar a Dios, pero a la fuerza, no porque quiera hacerlo. Puede arrepentirse de haberse alejado de Dios, pero sin pedir perdón, reprochándose tan solo el mal que le ha sobrevenido de esa acción, pero sin dolor de haber ofendido a Dios. Y así puede hacer otros muchos actos naturales con su inteligencia y su voluntad. Pero el demonio nunca mostrará la más mínima compasión, ni el más pequeño acto de amor hacia nadie. Su corazón sólo odia, es insensible al sufrimiento de los demás.

Extracto del libro
“Tratado de Demonología y Manual de Exorcistas”
Del P. José Antonio Fortea

Nuestra Señora de Schoenstatt


María es venerada en Schoenstatt bajo esa advocación y el nombre “Madre tres veces Admirable” (en latín Mater ter Admirabilis, y abreviado MTA), proviene de Ingolstadt, al sur de Alemania. En el siglo XVI, época de la reforma protestante, los miembros de la Congregación Mariana de Ingolstadt habían actuado activamente y con gran fecundidad en la defensa y propagación de la fe católica.

En esa Congregación veneraban a María como “Mater ter Admirabilis”. En la época de la fundación de Schoenstatt, los jóvenes que habían sellado la Alianza de Amor, querían ser para su tiempo lo que aquellos congregantes marianos de Ingolstadt habían sido para el suyo, por eso quisieron tomar el nombre de su advocación y venerar a María como “Madre tres veces Admirable de Schoenstatt”.

En un sentido más amplio, podemos afirmar que la expresión “tres veces Admirable” significa: muy admirable o admirable por múltiples motivos. Por ejemplo, como Madre de Dios, Madre del Redentor y Madre de los redimidos. O como Madre de la fe, de la esperanza y de la caridad, etc.

Más tarde, en 1939, se añadió al nombre oficial de la Virgen de Schoenstatt la palabra: "Reina". Schoenstatt era perseguido por la dictadura nazi. El Padre Kentenich comparó esta lucha, en su momento, al enfrentamiento del pequeño David con el gigante Goliat. Surgió entonces en las filas de Schoenstatt una corriente de coronación: reconocer que María, en la Alianza de Amor, no sólo es Madre, sino que también tiene poder de Reina y, como tal, puede contar –más allá de nuestro desvalimiento humano– con nuestra fidelidad de aliados e instrumentos suyos, también en las circunstancias más difíciles.

El título de "Victoriosa" surgió hacia el final de la vida del Padre José Kentenich, en 1966. Después de 14 años de haber sido separado de su Obra por la Iglesia, el Papa Pablo VI declaró su rehabilitación al final del Concilio Vaticano II, y así el Padre Kentenich pudo regresar a Schoenstatt. En medio de todas las oscuridades que debieron atravesar el Padre Kentenich y su Obra en los años anteriores, siempre lo movió una total confianza en la victoria final de la Santísima Virgen. Por eso, en reconocimiento al poder vencedor de María en la historia de la Obra de Schoenstatt, quiso que, en adelante, al título de Madre y Reina de Schoenstatt se añadiese el de "Victoriosa".

María, como nuestra Reina, a quien nos entregamos como aliados e instrumentos, se manifiesta en nuestra vida como la gran victoriosa que vence todos los poderes del mal y nos intercede las gracias que necesitamos para llegar a la plenitud de hijos de Dios. De allí surge la advocación completa: Madre, Reina y Victoriosa tres veces Admirable de Schoenstatt.

martes, 21 de octubre de 2014

Finalidades al rezar el Santo Rosario - Segunda Parte

El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio. En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor.

Misterios Luminosos, que se rezan los jueves

Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera especial “misterios de luz”. En realidad, todo el misterio de Cristo es luz. Él es «la luz del mundo» (Juan 8, 12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino. Cada uno de estos misterios revela el Reino ya presente en la persona misma de Jesús. Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace “pecado” por nosotros (cf. 2Corintios 5, 21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf. Mateo 3, 17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera. Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Juan 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente.

Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Marcos 1, 15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Marcos 2, 3-13; Lucas 7, 47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo “escuchen” (cf. Lucas 9, 35) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo. Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad «hasta el extremo» (Juan 13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.

Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el trasfondo. Los Evangelios apenas insinúan su eventual presencia en algún que otro momento de la predicación de Jesús (cf. Marcos 3, 31-35; Juan 2, 12) y nada dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento de la institución de la Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido que desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: «Hagan lo que él es diga» (Juan 2, 5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los “misterios de luz”.

Misterios Dolorosos, que se rezan los días martes y viernes

Los Evangelios dan gran relieve a los “misterios del dolor” de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Vía Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22, 42). En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor «hasta la muerte y muerte de cruz» (Filipenses 2, 8). Los misterios de dolor llevan el creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora.

Misterios Gloriosos, que se rezan los días miércoles y domingos

El Rosario ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión. Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las razones de la propia fe (cf. 1Corintios 15, 14), y revive la alegría no solamente de aquellos a los que Cristo se manifestó – los Apóstoles, la Magdalena, los discípulos de Emaús -, sino también el gozo de María, que experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado. A esta gloria, que con la Ascensión pone a Cristo a la derecha del Padre, sería elevada Ella misma con la Asunción, anticipando así, por especialísimo privilegio, el destino reservado a todos los justos con la resurrección de la carne. Al fin, coronada de gloria -como aparece en el último misterio glorioso-, María resplandece como Reina de los Ángeles y los Santos, anticipación y culmen de la condición escatológica del Iglesia.

En el centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora. La contemplación de éste, como de los otros misterios gloriosos, ha de llevar a los creyentes a tomar conciencia cada vez más viva de su nueva vida en Cristo, en el seno de la Iglesia; una vida cuyo gran “icono” es la escena de Pentecostés. De este modo, los misterios gloriosos alimentan en los creyentes la esperanza en la meta escatológica, hacia la cual se encaminan como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia. Esto les impulsará necesariamente a dar un testimonio valiente de aquel “gozoso anuncio” que da sentido a toda su vida.

Una monja es la primera mujer en obtener un doctorado en ciencias de la computación

Corría la década de los 60, cuando el Dartmouth College suavizó sus reglas y consintió que las mujeres pudieran estudiar en su centro de ciencias computacionales. Y fue así como la hermana Mary Kenneth Keller comenzó a desarrollar un lenguaje de programación que fue llamado «BASIC». El programa fue toda una novedad en aquella época pues hasta el nacimiento de «BASIC» sólo matemáticos y científicos podían desarrollar software a medida. A partir de la invención de la hermana Keller más personas pudieron acceder a este tipo de lenguaje de programación.

Pero el aspecto aplicativo era una mera manifestación práctica de conocimientos teóricos profundamente arraigados. Tras haber estudiado en varias universidades, la hermana Keller presentó su tesis doctoral titulada «La inferencia inductiva de los patrones generados en la computadora». Corría el año 1965 en la Universidad de Wisconsin-Madison. La hermana Mary Kenneth Keller se convertía así en la primera mujer –y en la primera monja– en obtener un doctorado en ciencias de la computación.

Aunque se discute la fecha exacta de su nacimiento, Mary Kenneth Keller nació en Ohio hacia 1914. En 1932 ingresó en la congregación de las hermanas de la caridad y en 1940 emitió sus votos perpetuos. Al poco tiempo inició estudios de bachillerato en ciencias y un master de ciencias en matemáticas y física por la Universidad de DePaul. Fue autora de cuatro libros sobre computación e informática. Murió en 1985.

Tras haber obtenido su doctorado, fundó y dirigió (por más de 20 años) el departamento de ciencias computacionales en Clarke University, en el estado de Iowa. La universidad bautizó el departamento con el nombre de la hermana Keller años más tarde: «Centro Keller de Computación y Servicios de la Información». También en su honor se instituyó el curso de «Ciencias de la Computación Mary Kenneth Keller». De ese periodo son las palabras que dio en una entrevista y que bien se pueden considerar una auténtica profecía tecnológica al constatar que sus palabras son una realidad hoy en día: «Por primera vez podemos simular mecánicamente el proceso cognitivo. Podemos hacer estudios sobre la inteligencia artificial. Además de eso, este mecanismo [el ordenador] se puede utilizar para ayudar a los seres humanos en el aprendizaje. Como vamos a tener estudiantes más maduros en mayor número con el tiempo, este tipo de enseñanza, probablemente será cada vez más importante».

En 1975 Pablo VI había alabado el ingenio de los religiosos en la exhortación «Evangelii Nuntiandi» que bien se pueden aplicar a la hermana Keller y a tantos hombres y mujeres consagrados a Dios que son pioneros en tantas áreas del saber humano: «Ellos son emprendedores y su apostolado está frecuentemente marcado por una originalidad y una imaginación que suscitan admiración. Son generosos: se les encuentra no raras veces en la vanguardia de la misión y afrontando los más grandes riesgos para su salud y su propia vida. Sí, en verdad, la Iglesia les debe muchísimo».

¿Cuántos milagros hizo Jesús? - Segunda Parte

Cuando Jesús realizaba sus “signos”, quería decir a la gente que no se quedara con el milagro, que éste no era importante, que fuera más allá, que viera lo que había detrás de estos prodigios. En síntesis: le pedía que descubrieran al enviado de Dios, que realizaba todas estas cosas. Sus milagros eran señales de la persona de Jesús. En cuarto lugar, así se entiende otra característica de los milagros del Evangelio de Juan, y es que suelen ir acompañados de discursos explicativos. En los otros Evangelios, el milagro es lo que es: una fuerza, un poder del Reino de Dios, y no necesita explicación. En cambio en Juan el milagro no apunta al hecho que acaba de ocurrir frente a sus ojos, sino apunta al que lo hizo; apunta hacia Jesús. Por eso, ante el peligro de que la gente se quede con el prodigio, Jesús debe ponerse a explicar cada milagro.

Así, cuando un sábado cura al paralítico de la piscina de Bezatá, Jesús explica que no lo hace principalmente por beneficiar a un enfermo; había allí muchos otros enfermos al lado del paralítico que también esperaban sanarse, y sin embargo los ignoró. Su objetivo, más que dar la salud al paralítico, era revelar que Él era igual a Dios, porque sólo Dios podía trabajar y curar en sábado (5,17-18). De igual modo, cuando multiplica los panes, explica a la multitud que su intención no fue la de calmarles el hambre, sino revelarles que Él era el Pan de Vida que había bajado del cielo, y al que había que buscar. Cuando devuelve la vista al ciego de nacimiento, aclara que lo hace para enseñar que Él es la luz del mundo, y que quien lo acepta tiene la luz verdadera (9,5.39-41). Y cuando resucita a Lázaro, enseña que su objetivo no era sólo devolver la vida a un muerto; aunque Lázaro resucitó ese día, iba a tener que morir de nuevo, y sus hermanas iban a volver a llorarlo y a ponerlo por segunda vez en una tumba; de modo que resucitarlo aquella mañana sólo para concederle una propina de vida de unos cuantos años más, no tenía mayor sentido.

Lo impresionante del milagro fue la revelación de que Jesús puede transmitir la vida eterna a quien cree en Él, porque Él es la Resurrección y la Vida (11,25). Finalmente, así se entiende por qué Jesús en el Evangelio de Juan nunca dice a sus discípulos que ellos harán “signos” como Él. Los otros Evangelios cuentan que, durante su vida, Jesús dio a los apóstoles el poder de curar a los enfermos (Lc 9,1), cosa que efectivamente ellos realizan (Lc 9,6). Y después de su resurrección Jesús amplía la facultad de los apóstoles no sólo a la curación de enfermos sino a todo tipo de milagros (Mc 16,17-18). En cambio en Juan, el único que realiza “signos” es Jesús; los discípulos no pueden realizarlos. Lo cual es lógico, porque si los “signos” son los medios de los que se vale Jesús para revelar su ser divino, su persona, su intimidad, nadie puede hacer signos más que Él, porque sólo Él revela a Dios. Incluso se afirma que ni siquiera Juan Bautista realizó signos (10,41). Los signos, en el Cuarto Evangelio, forman parte exclusivamente de la auto revelación de Jesús.

Si en el Cuarto Evangelio los milagros pretenden revelar algún aspecto de la interioridad divina de Jesús, ¿cuál es el aspecto que revela cada uno de los 7 milagros que cuenta? El primero, la conversión de 600 litros de agua en vino, revela que Él es el Mesías esperado. Porque según la creencia popular judía, cuando viniera el Mesías iba a hacer una fiesta con abundancia de vino. El segundo, la curación del hijo de un funcionario real, revela que Él es la “vida” de los que llevan una existencia menguada y disminuida. Él hace que uno viva con plenitud y abundancia (Jn 4,50). El tercero, la curación del paralítico de Bezatá, revela que Jesús es igual a Dios. Por eso puede trabajar y curar con todo derecho en sábado (Jn 5,17-18). El cuarto, la multiplicación de los panes, revela que Él es el Pan que ha bajado del cielo, y que puede saciar el hambre de felicidad, de sentido de vida, de búsqueda y de ilusión de las personas. El quinto, caminar sobre las aguas, revela que Jesús es el que acompaña a la Iglesia (la barca) en su marcha a través de los problemas del mundo (el lago encrespado) hasta hacerla llegar a salvo a la otra orilla. El sexto, la curación del ciego de nacimiento, revela que Él es la Luz del mundo, y que quien crea en él no andará nunca en tinieblas. Y el séptimo, el más extraordinario de todos, la resurrección de Lázaro, revela que Él es la resurrección de los muertos, y que todo el que haya muerto volverá un día a vivir.

En Juan, el significado de los milagros no es el mismo que en los Evangelios sinópticos. El acento teológico es diferente. En los sinópticos, son una muestra de la compasión de Jesús por la gente; en Juan, revelan la interioridad de Jesús. En los sinópticos son un anuncio del Reino; en Juan son un anuncio de Jesús. En los sinópticos indican que Dios se ha hecho presente en el mundo; en Juan indican que Dios se ha hecho presente en Jesús. En los sinópticos apuntan hacia afuera de su persona; en Juan apuntan hacia adentro de su ser. Por eso, al leer los milagros del Cuarto Evangelio, debemos tener cuidado de no leerlos de la misma manera que en los sinópticos. No hay que poner el acento en su poder, ni en su amor y misericordia por los enfermos, como hacen los sinópticos, sino entenderlos como signos que revelan algún aspecto de su interioridad. Son, en definitiva, respuestas a la gran pregunta: ¿quién es Jesús?

Según el Evangelio de Juan, frente a los signos que Jesús realizaba se dieron diferentes respuestas. Algunos, como el Sumo Sacerdote Caifás, vieron los signos, pero se negaron a creer, y aconsejaron a los fariseos matar a Jesús (11,47); son los que están ciegos, y permanecen en la oscuridad para siempre (3,19-20). Otros como Nicodemo (3,2-3), los hermanos de Jesús (7,3-7), o la multitud (6,26), han visto los signos pero se quedan en ellos; no van más allá ni descubren a Jesús; sólo buscan los milagros y hechos prodigiosos; son los que tienen una fe imperfecta e incompleta. Y otros, como el funcionario real (4,53) o el ciego de nacimiento (9,38), entienden el verdadero significado de los signos y por ello creen en Jesús, saben quién es Él, y han llegado a una fe adecuada.

Pero hay aún una cuarta respuesta posible: la de los que creen en Jesús sin haber visto nunca signos. Y ésta es la fe alabada por Jesús, cuando dijo: “Felices los que creen sin haber visto” (20,29). Es la fe de los que creen simplemente por la palabra de los que estuvieron con Jesús. Es la fe que debemos tener nosotros. Actualmente son muchas las denominaciones y nuevos movimientos cristianos que basan su fe en los milagros, las curaciones y los signos prodigiosos, manteniendo así a sus fieles en una fe imperfecta e infantil. Sólo quien no cae en esa tentación, y cree a pesar de no ver nada, ha entendido realmente el sentido de los milagros de Jesús.

Ariel Álvarez Valdez
Biblista

martes, 14 de octubre de 2014

¿Cuántos milagros hizo Jesús? - Primera Parte

Una gran parte de su vida y de su tiempo, Jesús la dedicó a hacer milagros. Los Evangelios consagran un amplio espacio a ellos. En Marcos, por ejemplo, de los 489 versículos que cuentan su vida pública, casi la mitad son narraciones de milagros. Pero si quisiéramos enumerarlos a todos, nos resultaría muy difícil. En una primera lectura, podemos descubrir que en Marcos hay 18 milagros, en Mateo 20 y en Lucas 20. Pero ésta es sólo una observación aparente, porque si leemos con más cuidado descubrimos que en varios lugares del Evangelio hay pequeños resúmenes de su actividad milagrosa, que dicen por ejemplo: “Le trajeron todos los enfermos y endemoniados (de Cafarnaúm)... y Jesús sanó a muchos enfermos y expulsó a muchos demonios” (Mc 1,32-34). Y no sólo curaba en Cafarnaúm, sino que “recorría toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios” (Mc 1,39). Hasta venían enfermos del extranjero, porque “su fama llegó a toda Siria, y le traían todos los pacientes aquejados de enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó” (Mt 4,24).

Sin embargo, el Evangelio de Juan no parece pensar lo mismo. En él, la actividad milagrosa de Jesús aparece muy reducida. Juan narra únicamente 7 milagros de Jesús. Debido a que este Evangelio es altamente simbólico, no parece ser casualidad que el autor emplee esa cifra, puesto que en la Biblia el número 7 significa “perfección”, “excelencia”. Pero el autor del Evangelio no sólo narra 7 milagros sino que quiere que nos demos cuenta de ello. Por eso al final del primero dice: “Éste es el primero de sus signos (o milagros), y lo hizo Jesús en Caná de Galilea (2,11). Después del segundo dice: “Éste fue el segundo signo (o milagro) que realizó Jesús” (4,54). O sea, es como si nos invitara a ir enumerándolos a medida que los va narrando, para que descubramos que son 7.

Estos 7 milagros, seleccionados cuidadosamente por Juan, son: 1) Las bodas de Caná (2,1-11), 2) La curación del hijo de un funcionario real (4,43-54), 3) La curación del enfermo de la piscina de Bezatá (5,1-18), 4) La multiplicación de los panes (6,1-15), 5) La caminata sobre las aguas (6,16-21), 6) La curación del ciego de nacimiento (9,1-7), y 7) La resurrección de Lázaro (11,1-44). Es cierto que existe un octavo milagro: la “segunda pesca milagrosa” (21,1-6). Pero hoy los exégetas sostienen que el capítulo 21 no pertenece al autor del Evangelio de Juan, sino que se trata de un apéndice añadido posteriormente por otra mano. Por eso los biblistas no lo cuentan entre los milagros del autor original, que deben seguir considerándose 7. No es que Juan creyera realmente que Jesús había hecho sólo 7 milagros. Al final de su Evangelio él mismo aclara: “Jesús realizó muchos otros signos, que no están escritos en este libro” (20,30). Sin embargo, quiso relatar únicamente 7. Y ni siquiera quiso incluir esos pequeños resúmenes de curaciones que traían los otros tres Evangelios, para no salirse del marco de ese número.

¿Por qué entonces, si Juan sabía que Jesús había hecho muchos milagros, sólo cuenta 7? La respuesta, y la clave de todo, está en el diferente concepto de milagro que tiene Juan. En los otros tres Evangelios, llamados sinópticos, Jesús hace milagros por compasión a la gente. Por eso dicen que Jesús “sintiendo lástima” curó al leproso (Mc 1,41); “sintiendo pena” multiplicó los panes a la gente hambrienta (Mt 15,32); “movido por la compasión” curó a los enfermos (Mt 14,14); “mirando la fe” de sus amigos sanó al paralítico (Lc 5,20). Obrando de esta manera, Jesús revelaba que estaba cerca el Reino de Dios. Un Reino donde ya no habría afligidos, ni hambrientos, ni desfavorecidos, porque había surgido una nueva comunidad cristiana que tenía a Dios por Rey. Los milagros, por lo tanto, eran la señal del nuevo mundo que estaba surgiendo, de la nueva situación que Jesús inauguraba en favor de los más pobres, y en la que todos los creyentes hoy debemos embarcarnos y comprometernos.

Jesús hacía milagros para mostrar su gran poder, y aclarar así que nada ni nadie podrá oponerse a su proyecto de instaurar el Reino de Dios en la tierra. Por eso, estos tres Evangelios para decir “milagro” emplean el término griego dynamis, que significa “hecho de poder”, “acto poderoso”, porque lo que Jesús hacía, con sus milagros, era mostrar el gran poder que había aparecido con él, y que estaba cambiando al mundo. En cambio en el Cuarto Evangelio, Jesús no hace milagros por compasión. No es el sufrimiento y el dolor de la gente lo que lo mueven a realizar sus actos prodigiosos. No busca tampoco mostrar su poder, ni anunciar la llegada del Reino de Dios. ¿Entonces qué busca Jesús con sus milagros en el Evangelio de Juan? Busca predicarse a sí mismo, contar quién es Él. Cada milagro que hace es para revelar algún aspecto o faceta de su persona, de su intimidad. Los milagros son las piezas de un rompecabezas que los oyentes de Jesús tienen que reconstruir, y cuyo resultado es la figura completa de Jesús.

Este diferente significado explica algunas características propias que tienen los milagros en el Cuarto Evangelio. En primer lugar, el hecho de que sólo sean 7. Porque al tratarse de representaciones de la persona misma de Jesús, tenían que ser 7 para representarlo de manera perfecta. En segundo lugar, así se explica el que los milagros de Jesús en Juan siempre incluyan algún detalle extraordinario, algún “plus”, algún rasgo que muestre lo excepcional del hecho. Quizás esto responda a que, en el sermón de la última cena, Jesús había afirmado haber hecho “obras que ningún otro ha hecho” (Jn 15,24). Así, en las bodas de Caná, los litros de agua que Jesús convierte en vino son 600, una cantidad desorbitada para la fiesta de un pueblito.

En la curación del hijo del funcionario real, se subraya la gran distancia a la que Jesús lo cura; en los otros Evangelios Jesús también había curado a la distancia, como a la hijita de la cananea (Mc 7,24-30), o al criado del centurión (Mt 8,5-13); pero eran curaciones realizadas a metros de distancia; en cambio en Juan el milagro ocurre a 35 kilómetros de donde está Jesús. En la curación del paralítico de Bezatá, se resalta la gran cantidad de tiempo que el hombre llevaba enfermo: 38 años. En los sinópticos, la persona que cura Jesús con más años de enfermedad es una mujer encorvada, que llevaba 18 años enferma (Lc 13,10-13). En la multiplicación de los panes, Juan es el único que dice que Jesús pregunta a sus discípulos cómo dar de comer a la multitud, pero sólo para probarlos “porque él sabía lo que iba a hacer”, recalcando así que Jesús lo sabe todo, porque es de condición divina.

En el milagro en el que camina sobre las aguas, Juan añade el detalle de que, aunque la barca con los discípulos se hallaba azotada por el viento en medio del lago, apenas Jesús llegó hasta ellos sobre las aguas, la barca tocó tierra en el lugar exacto a donde se dirigían. En la curación del ciego, se agrega la particularidad de que era un ciego de nacimiento, único caso en todos los Evangelios. Finalmente, en la resurrección de Lázaro, el muerto llevaba cuatro días enterrado, mientras que en las resurrecciones que cuentan los otros evangelistas se trata de personas que hacía algunas horas que habían muerto. En tercer lugar, así se explica el hecho de que Juan nunca los llame “milagros”, como los hacen los otros Evangelios, sino “signos” (en griego, seméia). Porque mientras los otros Evangelios pretendían mostrar que Jesús realizaba “hechos poderosos” (o sea, milagros), capaces de erradicar el mal, la enfermedad y el sufrimiento del mundo, Juan quiere mostrar que Jesús realizaba hechos “reveladores”. Sus milagros no eran tanto para ayudar a la gente, como para mostrar su interior. No los hacía para salvar, sino para catequizar. No revelaban su poder, sino su persona. Por eso, a la hora de elegir un nombre, Juan prefirió llamarlos “signos”. Porque un signo es algo que no tiene valor por sí mismo sino por lo que representa, es una señal de algo que está más allá.

Ariel Álvarez Valdez
Biblista

Finalidad del rezar el Santo Rosario - Primera Parte

a) Es un ACTO DE AMOR: 
Una manera de decirle a María, tu Madre del cielo, que le amas, le respetas, le agradeces que sea tu madre. Piensa que cada vez que rezas el Rosario le entregas a la Virgen un ramo de rosas.

b) Es un ACTO DE REPARACIÓN:
Es decir, un modo de reparar las ofensas que tú y los otros hombres han hecho a Dios. Es como cuando ofendes a alguien que quieres mucho y después le envías una flor, un chocolate o un mensaje para hacerle sentir que te dolió ofenderle y que lo quieres mucho.

c) Es un MEDIO DE APOSTOLADO:
Esto significa que a través de la oración tú puedes pedir a la Virgen que interceda a Dios por muchas cosas: por la Iglesia, los sacerdotes, el Papa, los enfermos, los que sufren; por la conversión de los pecadores, la unidad familiar, las guerras. Por todo aquello que quisieras ayudar a que fuera mejor.

El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio. En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor. Durante el rezo del Rosario se trata de recordar a Cristo con María… comprender a Cristo desde María… configurarse a Cristo con María… rogar a Cristo con María… anunciar a Cristo con María… A la contemplación del rostro de Cristo sólo se llega escuchando, en el Espíritu, la voz del Padre, pues «nadie conoce bien al Hijo sino el Padre» (Mateo 11, 27).

Misterios Gozosos
(Lunes y sábados)

El primer ciclo, el de los “misterios gozosos”, se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: «Alégrate, María». A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas, el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el “Fiat” con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.

El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen «saltar de alegría» a Juan (cf. Lucas 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como «una gran alegría» (Lucas 2, 10). Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría, anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en el templo, a la vez que expresa la dicha de la consagración, contiene también la profecía de que el Niño será «señal de contradicción» para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre (cf. Lucas 2, 34-35). Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús de 12 años en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y ejerciendo sustancialmente el papel de quien “enseña”.

La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, «no comprendieron» sus palabras (Lucas 2, 50). De este modo, meditar los “misterios gozosos” significa en profundizar en los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo. Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y sobre el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico. María nos ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el cristianismo es ante todo evangelio, “buena noticia”, que tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo.

Los libros secretos

La palabra «GRIMORIO» del francés grimoire, esto se debe en parte a que, en la Edad Media, las «gramáticas» latinas (libros sobre dicción y sintaxis del latín) eran fundamentales para la educación escolar y universitaria, mientras que la mayoría iletrada sospechaba que los libros no eclesiásticos eran mágicos. De esta forma, «gramática» también denotaba, tanto para letrados como para iletrados, un libro de enseñanza básica. No debe ser confundido con el breviario, libro de oraciones.

Otra versión sobre el origen de la palabra, mucho más aceptada actualmente por los propios practicantes de magia, sostiene que la palabra «GRIMORIO» proviene del italiano rimario que significa "composición de versos". Con el paso del tiempo la palabra habría cambiado a grimario y posteriormente a la actual «GRIMORIO». Los magos medievales italianos sabían que la composición en versos favorecía a que las operaciones mágicas fueran más poderosas. Por esta razón, las llamaban "incantesimo" (encantación) porque para su desarrollo empleaban la poesía y el canto.

Seguramente el «GRIMORIO» más influyente en todas las obras teúrgicas posteriores es el de LOS MISTERIOS EGIPCIOS DE JÁMBLICO DE CALCIS. Escrito hacia finales del siglo III d. C. cuando todavía no se les daba ese nombre a tal género de libros. También se les conoció, ya en la Edad Media, como LIBROS NEGROS.

Otros «GRIMORIOS» históricos de interés incluyen:

La Gallina Negra, 740 d.C.
El Grimorio de San Cipriano o Ciprianillo, 1001 d.C.
El Libro del Papa Honorio III. Según Eliphas Levi el verdadero autor habría sido el antipapa Honorio II en el año 1065.
El Heptamerón, Pietro d'Abano, 1290
El Libro de la Magia Sagrada de Abra-Melin el Mago, 1458
El Grimorio Secreto de Turiel, 1518.
El Gran Grimorio, Escrito por el italiano Antonio Venitiana del Rabina en Venecia en 1522. En 1612, en Italia, se realiza su primera edición.
Galdrabók, grimorio islandés, compendio del siglo XVI
El Lemegeton o La Llave Menor de Salomón, 1600
La Clave Mayor de Salomón, 1641

Desde el siglo XVIII ha existido un pequeño sector económico dedicado a la venta de «GRIMORIOS» falsos o mal traducidos (la mayoría de los textos originales están en francés o latín, y son muy raros). No obstante, existen traducciones fieles de la mayoría de los libros indicados. A finales del siglo XIX algunos de estos textos fueron reivindicados por organizaciones mágicas para-masónicas como la Orden Hermética del Amanecer DoradoLa Ordo Templi Orientis (Orden del Templo del Este, u Orden de los Templarios Orientales), organización internacional de carácter fraternal y religioso, fundada al comienzo del siglo XX. El escritor y ocultista inglés Aleister Crowley fue el miembro más prominente de esta Orden, que impulso, basándose en ellos diversos movimientos modernos como la Wicca, el neo-satanismo, y la magia del Caos.

El “ENCHIRIDIÓN”, es el nombre de una obra que escribió el Papa León III. Se trata de un ritual oculto que encierra oraciones contra encantamientos, maleficios, sortilegios, brujerías, ilusiones y todo cuanto pueda causar daño tanto a hombres como a animales domésticos. León III cedió el libro a Carlomagno, como el regalo más caro y más preciado del momento; cita prohibiendo en nombre de Dios, atormentar a las almas santas que viven a la sombra de la Iglesia Católica y además, recopila Salmos bíblicos. Se cuenta, se rumorea, que la entrega de este libro a Carlomagno se le otorgó con la idea de iluminar el reinado de éste y también, de convencer de que la magia no fuera considerada como una ciencia oculta, sino que por el contrario, una ciencia indiscutible con la que se pudiera alejar a las herejías tanto de la ciencia como de la política.

Otro libro secreto fue El Libro del Papa Honorio III, considerado el más “diabólico” entre todos los Libros Negros, probablemente porque, a diferencia de otros «GRIMORIOS» más limitados a la magia cabalística (judía) en esta obra se muestran importantes influencias cristianas, que a juicio de las autoridades eclesiásticas, agravan aún más el carácter blasfemo de la obra. Publicado por primera vez en latín, en Roma, en los años 1629, es conocido especialmente a partir de una traducción francesa de 1670, y atribuido al papa Honorio III el Grande, sucesor de Inocencio III, que reinó entre el 1216 y el 1227.

Según la cita evangélica, Jesús dijo al primer Papa: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y la puertas del infierno no prevalecerán contra ella y te daré las llaves del Reino de los Cielos y cualquier cosa que atares en la tierra será atada en el Cielo” (Mateo 16, 18). En esta cita, en la que se sustenta en buena medida la autoridad del Magisterio de la Iglesia Católica, se pretende justificar el supuesto poder del Papa para dominar a los demonios, y para decidir en la tierra cuestiones que afectan también al mas allá.

Pablo VI

Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini nació en 1897 en Concesio, una población cercana a Brescia, Lombardía, Italia. Inicia sus estudios teológicos en el seminario diocesano de Brescia en 1916 y recibe su ordenación sacerdotal en la catedral de Brescia el 29 de mayo de 1920. Se graduó en la Pontificia Universidad Gregoriana, la Pontificia Academia Eclesiástica y la Universidad Estatal La Sapienza de Roma.

Con un destino en la nunciatura en Varsovia (Polonia), en 1923, inició en seguida una carrera en la diplomacia vaticana (tanto en el exterior como en la curia) que habría de durar más de treinta años. En 1937 el papa Pío XI lo nombró sustituto de la Secretaría de Estado, llegando a ser la máxima autoridad en este dicasterio cuando el papa siguiente, Pío XII, reservó para sí la titularidad del mismo. Estrecho colaborador de Pío XII, éste acabó alejándolo de la Curia romana al nombrarlo arzobispo de Milán el 1 de noviembre de 1954. Pero Juan XXIII lo recuperó el 15 de diciembre de 1958 e incorporándolo a la preparación del Concilio Vaticano II a partir del 11 de octubre de 1962.

La temprana muerte del beato Juan XXIII dejó a su sucesor la difícil tarea de llevar adelante el Concilio y aplicar sus innovaciones a la vida de la Iglesia. A los dieciocho días de la muerte del papa, Montini resultó elegido para esa tarea. Tomó el nombre de Pablo VI y fue coronado papa el 30 de junio de 1963. El nombre que eligió Montini fue Paulus (en latín) pero en castellano siempre se ha traducido como Paulo (al igual que Benedictus como Benedicto y no Benito). Pero con los nuevos cambios del Concilio Vaticano II en especial los periodistas quisieron cambiar la traducción para asemejarse a las transformaciones que sufría la Iglesia, y llevó a un cambio de nombre: Pablo

A él correspondió presidir la segunda sesión del Concilio Vaticano II, abierta el 29 de septiembre de 1963, las siguientes sesiones y el inicio de la aplicación de sus decretos a partir del 7 de diciembre de 1965, en que concluyó la IV y última sesión conciliar. Su pontificado, por tanto, estuvo marcado por la concreción del espíritu del Concilio en la renovación y modernización de la Iglesia católica y de sus enseñanzas. Reestructuró las instituciones vaticanas, internacionalizó el Sacro Colegio Cardenalicio y redujo el predominio abrumador de los italianos, descentralizó el poder papal para impulsar una mayor colaboración de los fieles en la vida de la Iglesia, viajó por todo el mundo para redoblar la presencia pública de la Iglesia y dio un nuevo impulso al diálogo ecuménico con las restantes confesiones cristianas.

Las encíclicas de Pablo VI mostraron la preocupación de la Iglesia por problemas del mundo moderno como el subdesarrollo (Populorum progressio, 1967) o el control de la natalidad (Humanae vitae, 1968). Pero demostraron también moderación ante las presiones que algunos sectores impulsaron tras el Concilio Vaticano II: en contraste con el impulso progresista de los sectores más radicalizados de la Iglesia, Pablo VI se mostró más conciliador, pragmático y conservador. Así, por ejemplo, Pablo VI se negó a alterar el sistema tradicional de elección de los papas para evitar que el cónclave se convirtiera en una especie de Parlamento democrático (1975).

Este aparente conservadurismo no impidió que existieran enfrentamientos con grupos tradicionalistas que se negaban a aplicar las reformas del Vaticano II, en temas como el Ecumenismo, el uso de lenguas vernáculas en la Liturgia, así como la modificación del Ordinario de la Misa, la declaración sobre la libertad religiosa, como fue el caso del movimiento encabezado por el obispo Lefebvre.

Durante su pontificado presidió la apertura de la puerta santa en la Basílica de San Pedro desde el 24 de diciembre de 1974 dando inicio al año santo o jubileo, el cual fue seguido por aproximadamente mil millones de personas en todo el mundo. En abril de 1978, Pablo VI se manifiesta ante las Brigadas Rojas por el secuestro del político italiano demócrata-cristiano y amigo de juventud Aldo Moro, de quien se conoce la noticia de su asesinato el 9 de mayo y preside su funeral en la basílica de Letrán, mostrándose visiblemente conmovido y siendo posiblemente esta una de las razones por las cuales se deterioró su salud, la cual se agrava el 5 de agosto y fallece el día 6 a las 21.40 horas por un ataque cardíaco.

miércoles, 8 de octubre de 2014

¿Qué es el Santo Rosario?

Hasta ahora se ha considerado como la mejor definición del Rosario, la que dio el Papa Pío V en su "Bula" de 1569: "El Rosario o salterio de la Santísima Virgen, es un modo piadosísimo de oración, al alcance de todos, que consiste en ir repitiendo el saludo que el ángel le dio a María; interponiendo un Padrenuestro entre cada diez Avemarías y tratando de ir meditando mientras tanto en la Vida de Nuestro Señor". El Rosario constaba de 15 Padrenuestros y 150 Avemarías, en recuerdo de los 150 Salmos. Ahora son 20 Padrenuestros y 200 Avemarías, al incluir los misterios de la luz.

La palabra Rosario significa "Corona de Rosas". Nuestra Señora ha revelado a varias personas que cada vez que dicen el Ave María le están dando a Ella una hermosa rosa y que cada Rosario completo le hace una corona de rosas. La rosa es la reina de las flores, y así el Rosario es la rosa de todas las devociones, y por ello la más importante de todas.

El Rosario esta compuesto de dos elementos: oración mental y oración verbal.

La oración mental: no es otra cosa que la meditación sobre los principales misterios o hechos de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de su Santísima Madre. Estos veinte misterios se han dividido en cuatro grupos: Gozosos, Luminosos, Dolorosos y Gloriosos.

La oración verbal: consiste en recitar quince decenas (Rosario completo) o cinco decenas del Ave María, cada decena encabezada por un Padre Nuestro, mientras meditamos sobre los misterios del Rosario.

Siendo un sacramental, el Rosario contiene los principales misterios de nuestra fe, que la nutre y sostiene, eleva la mente hasta las verdades divinamente reveladas, acrecienta la piedad de los fieles, promueve las virtudes y las robustece. El Rosario es alto en dignidad y eficacia, podría decirse que es la oración mas fácil para los sencillos y humildes de corazón, es la oración mas especial que dirigimos a nuestra Madre para que interceda por nosotros ante su Hijo y el ante su Padre.

El Rosario prolonga la vida litúrgica de la Iglesia pero no la sustituye, al contrario enriquece y da vigor a la misma. Es por ello, que el Rosario se enmarca como una plegaria dentro de la religiosidad popular que contiene un gran tesoro de valores que responde con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la existencia.

El pueblo latinoamericano es profundamente Mariano, reconoce con una gran sabiduría popular católica, que llegamos a Jesús Salvador a través de María su Madre y desde los mismos tiempos de la llegada del europeo al Nuevo Mundo, se genero una gran devoción hacia Ella, nuestros pueblos siempre han mirado el rostro maternal de quien nos trajo la salvación y con la primera manifestación explicita de la Reina del Cielo en tierra americana, con rostro y figura de mujer mestiza, en México, se acrecentó aun mayor el amor y la devoción a la Virgen en todos los países hispano parlantes, reconociéndola como nuestra propia Madre, llena de amor, de misericordia y de piedad para con sus hijos.