miércoles, 15 de mayo de 2013

Santa Laura Montoya


Laura Montoya, "La Madre Laura" nació en Jericó, Estado Soberano de Antioquia, Estados Unidos de Colombia, el 26 de mayo de 1874. Fue bautizada el mismo día de su nacimiento con el nombre de María Laura de Jesús. Hija de Juan de la Cruz Montoya y María Dolores Upegui, tuvo dos hermanos: Carmelina, que era mayor y Juan de la Cruz, su hermano menor. Debido a la precaria situación económica de su madre, Laura fue dejada en un hogar de huérfanos en Robledo, el cual era dirigido por su tía María de Jesús Upegui, religiosa fundadora de la Comunidad de Siervas del Santísimo y de la Caridad. Sin haber recibido instrucción previa, su tía la inscribió a los 11 años de edad como externa en el Colegio del Espíritu Santo, una institución educativa frecuentada por niñas de clase alta de la ciudad. No obstante, en razón de las adversidades que vivieron al habitar un hogar de huérfanos, sin dinero para comprar libros mientras estudiaba en un colegio de clase alta, se sintió marginada y al finalizar el año se retiró de la institución.

Cuando Laura tenía 16 años, la familia decidió que ella debía hacerse maestra para ayudar económicamente a su madre y hermanos. De esta manera, se presentó a la Escuela Normal de Institutoras de Medellín y obtuvo una beca del gobierno. Para su sustento al inicio de sus estudios, su tía María de Jesús le dio alojamiento, ofreciéndole a cambio dirigir el manicomio. Al poco tiempo se presentó una vacante en el internado y pasó a habitar en la misma Escuela, obteniendo excelentes resultados en sus estudios.


En agosto de 1895 fue nombrada maestra en la Escuela Superior Femenina de Fredonia. La apertura de otro Colegio de señoritas en Fredonia por parte del cura del pueblo propició un reto para Laura que no llegó a afectar su buen desempeño en la Escuela Superior Femenina, pues terminó siendo preferida por la población. El 23 de febrero de 1897 fue trasladada a Santo Domingo. Allí decidió dar catolicismo a los niños en el campo. Mientras desarrollaba su carrera pedagógica, cultivó la mística profunda y la oración contemplativa. Debido a su experiencia docente, su prima Leonor Echavarría le ofreció colaborar en la dirección del recién inaugurado Colegio de la Inmaculada en Medellín.

Practicó la literatura, escribió más de 30 libros en los cuales narró sus experiencias místicas con un estilo comprensible y atractivo. Su autobiografía se titula "Historia de la Misericordia de Dios en un alma". Pasó sus últimos 9 años de vida en silla de ruedas. Falleció en Medellín el 21 de octubre de 1949, tras una larga y penosa agonía. La congregación de misioneras contaba con 90 casas en el momento de su muerte y estaba conformada por 467 religiosas que trabajaban en tres países.

La causa para la beatificación de la Madre Laura fue introducida el 4 de julio de 1963 por la Arquidiócesis de Medellín. El 11 de julio de 1968 la congregación religiosa de misioneras fundada por ella recibió la aprobación pontificia. Fue declarada Sierva de Dios en 1973 por el papa Pablo VI y posteriormente declarada venerable el 22 de enero de 1991 por el papa Juan Pablo II. El propio Juan Pablo II la beatificó el día 25 de abril de 2004 en una ceremonia religiosa realizada en la Plaza de San Pedro en Roma en presencia de 30.000 fieles. El arzobispo de Medellín Alberto Giraldo Jaramillo erigió por medio del Decreto 73 de 2004 el Santuario en donde reposan las reliquias de la Madre Laura. Posteriormente el Congreso de Colombia aprobó la ley 959 del 27 de junio de 2005 por la cual se le rinde homenaje a la Madre Laura y reconocimiento a su obra evangelizadora. Su fiesta se celebra el 21 de octubre.

El día 20 de diciembre del año 2012 en Ciudad del Vaticano, el cardenal Ángelo Amato dio a conocer que el Papa Benedicto XVI dio la autorización para la canonización de la beata, siendo la primera persona de nacionalidad colombiana quien sería reconocida como santa en la Iglesia Católica. La fecha final para la celebración del rito de canonización se anunció el 11 de febrero de 2013. Su canonización se realizó el 12 de mayo de 2013. A esta ceremonia a la que asistieron aproximadamente 80 mil personas y que se realizó en la Plaza de San Pedro de El Vaticano, asistió también una importante delegación de colombianos encabezada por el presidente de Colombia Juan Manuel Santos como también el médico Carlos Eduardo Restrepo en compañía de su familia y los médicos que dieron testimonio de este milagro. Durante la ceremonia, el Papa Francisco dijo:

“Esta primera santa nacida en la hermosa tierra colombiana nos enseña a ser generosos con Dios, a no vivir la fe solitariamente – como si fuera posible vivir la fe aisladamente -, sino a comunicarla, a irradia la alegría del Evangelio con la palabra y el testimonio de vida allá donde nos encontremos. Nos enseña a ver el rostro de Jesús reflejado en el otro, a vencer la indiferencia y el individualismo, que corroe las comunidades cristianas y corroe nuestro propio corazón, acogiendo a todos sin prejuicios ni reticencias, con auténtico amor, dándoles lo mejor de nosotros mismos y, sobre todo, compartiendo con ellos lo más valioso que tenemos, que son, no son nuestras obras o nuestras organizaciones: Cristo y su Evangelio”.

Santa Madre María Guadalupe García Zavala


Religiosa mexicana, cofundadora de la Congregación de las Siervas de Santa Margarita María y de los Pobres. Nació en Zapopan Jalisco, México, el 27 de abril de 1878. Sus padres fueron Fortino García Venegas y Refugio Zavala Orozco de García. Recibió el sacramento del bautismo en la parroquia de San Pedro Apóstol en Zapopan. Recibió la primera comunión el 8 de septiembre de 1887, en la basílica de Zapopan. A los 20 años de edad comenzó a participar en la Conferencia de la Beata Margarita, filial a la conferencia de San Vicente de Paúl. Esta Conferencia se dedicaba exclusivamente a obras de caridad.

Tuvo un noviazgo con Gustavo Arreola, y estando prometida en matrimonio a los 23 años, sintió la llamada del Señor Jesús para consagrarse a la vida religiosa y especialmente dedicarse a los enfermos y a los pobres. Lupita le contó sus inquietudes a su director espiritual el padre Cipriano Iñiguez Martín del Campo, quién apoyó a la madre Lupita a fundar una Congregación Religiosa para atender a los enfermos del Hospital, así juntos el 31 de octubre de 1901, funda la Congregación Religiosa de "Siervas de Santa Margarita María y de los Pobres". Juntos procuraron atender a los enfermos, en aquel entonces con muchas carencias materiales y buscando siempre apoyarlos espiritualmente. Durante las épocas de crisis la orden se vio obligada a mendigar por las calles para obtener fondos.

A partir de 1911 la vida religiosa se vio crudamente perseguida por diferentes revolucionarios como lo fue bajo Venustiano Carranza, Álvaro Obregón y sobre todo bajo la persecución religiosa a cargo de Plutarco Elías Calles bajo la llamada Ley Calles. Este fue un periodo sangriento de persecución que no terminó antes de 1936. En ese tiempo el ser religioso o sacerdote significaba un peligro de muerte. Las hermanas de la madre Lupita durante este periodo arriesgando su vida ocultaron en el hospital al entonces Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez y a otros sacerdotes.

En la vida de la madre Lupita se abrieron 11 congregaciones por en México y actualmente cuentan con 22 fundaciones de las Siervas de Santa Margarita María y de los Pobres en este país además de Perú (Misión en Camporredondo, Asilo de Ancianos y Noviciado en Chachapoyas, ambos en el Depto. de Amazonas), Estados Unidos, Islandia, Grecia e Italia. La Madre Lupita murió, el 24 de junio de 1963 en Guadalajara, Jalisco, México a la edad de 85 años.

Beatificada el 25 de abril de 2003 bajo aprobación de la Congregación para las Causas de los Santos la cual reconoció a finales de diciembre de 2003 un milagro atribuido a la madre Lupita. Fue canonizada el 12 de mayo de 2013 en Roma por el Papa Francisco siendo esta su primera ceremonia de canonización junto a otros santos.

¿Qué es una canonización?



La canonización es el acto mediante el cual la Iglesia católica, en ambos ritos (Oriental y Occidental), declara como santo a una persona fallecida. Este proceso comprende la inclusión de dicha persona en el canon, o lista de santos reconocidos. Anteriormente, los individuos eran reconocidos como santos sin requerimientos o procesos formales. La canonización, sea formal o informal, no santifica a ninguna persona. Se trata de una declaración de que ella fue santa al momento de su muerte, con anterioridad al mismo proceso de canonización.

La Iglesia católica, en ambos ritos, posee un mecanismo formal continuo para llevar a cabo el proceso de canonización de una persona. Asimismo la Iglesia ortodoxa también tiene sus formas y mecanismos de Canonización. Actualmente las canonizaciones se efectúan después de un proceso judicial, llamado Proceso de Beatificación y Canonización, o simplemente proceso de canonización. Se puede definir como el proceso que dilucida la duda acerca de la santidad de una persona. Existen dos vías para llegar a la declaración de canonización:

La vía de virtudes heroicas
La vía de martirio

En el proceso de canonización se establece la duda procesal de si el candidato a santo (o siervo de Dios) ha vivido las virtudes cristianas en grado heroico, o si ha sufrido martirio por causa de la fe. Además, para llegar a la canonización se requiere de la realización confirmada de uno o dos milagros. La canonización se lleva a cabo mediante una solemne declaración papal de que una persona está, con toda certeza, contemplando la visión de Dios. El creyente puede rezar confiadamente al santo en cuestión para que interceda en su favor ante Dios.

El nombre de la persona se inscribe en la lista de los santos de la Iglesia y a la persona en cuestión se la "eleva a los altares", es decir, se le asigna un día de fiesta para la veneración litúrgica por parte de la Iglesia católica. El tiempo transcurrido entre la muerte y la canonización de los santos ha sido sumamente variable: desde siglos —tal el caso de san Pedro Damián, canonizado 756 años tras su muerte—, hasta menos de un año. Entre estos últimos casos, pueden citarse los ejemplos de san Antonio de Padua, canonizado 352 días después de su deceso, y de san Pedro de Verona, cuyo proceso de canonización tuvo una duración de tan solo 337 días.

En el año 1588 el Papa Sixto V puso el proceso en manos de la Congregación para las Causas de los Santos y del Santo Padre, que se encarga de estudiar, comprobar y verificar todo el proceso. Hay cinco pasos en el proceso oficial de la causa de los santos transcurridos cinco años desde la muerte del candidato o candidata:

Etapa Inicial:

- se postula la Causa
- la persona es declarada "Siervo de Dios"
- la persona es declarada "Venerable"
- beatificación, la persona es declarada "Beato" (requiere de un milagro atribuido al candidato)
- canonización, la persona es declarada "Santa" (requiere de la autenticación de otro milagro)

Con el título de Venerable se reconoce que un fallecido vivió virtudes heroicas. Esta declaración la hace el Cardenal correspondiente a la zona geográfica donde vivió esa persona, en la catedral, basílica más importante de esa zona.

Se reconoce por el proceso llamado de beatificación. Además de los atributos personales de caridad y virtudes heroicas, se requiere un milagro obtenido a través de la intercesión del Siervo de Dios y verificado después de su muerte. El milagro no es requerido si la persona ha sido reconocida mártir. La beatificación la hace el Papa o un Cardenal en nombre del Papa, generalmente en la Basílica de San Pedro o en la Plaza de San Pedro del Vaticano. En algunos casos, puede que la Ceremonia de Beatificación, se efectúe en el lugar de nacimiento de la persona a beatificar.

Con la canonización, al beato le corresponde el título de santo. Para la canonización hace falta otro milagro (en total dos milagros o un milagro más haber muerto como mártir) atribuido a la intercesión del beato y ocurrido después de su beatificación. Al igual que ocurre en el proceso de beatificación, el martirio no requiere habitualmente un milagro. Esta canonización la hace el Papa en la Basílica de San Pedro o en la Plaza de San Pedro del Vaticano. En la actualidad, se efectúa en algunos casos en el País de Origen del Beato a canonizar. Mediante la canonización se concede el culto público en la Iglesia católica. Se le asigna un día de fiesta y se le pueden dedicar iglesias y santuarios. No existe un cómputo preciso de quiénes han sido proclamados santos desde los primeros siglos.

Una mesa para todos - Jesús y la doble multiplicación de los panes - (Segunda Parte)



Cuando los primeros cristianos, poco después de morir Jesús, empezaron a predicar el Evangelio a los paganos, sintieron la necesidad de dejar en claro que también ellos estaban llamados a participar de la Eucaristía y a recibir el cuerpo de Jesús; que Jesús no había venido a salvar únicamente a los judíos sino también a los paganos. Y la forma que encontraron de hacerlo fue mediante la creación de un relato paralelo de la multiplicación de los panes, muy parecido al anterior, pero en vez de estar ubicado en la orilla occidental del lago de Galilea, situara a Jesús en la margen oriental (Mc 7,31), ya que el lado oriental del lago no era territorio judío sino pagano.

Así se explica porqué actualmente existen en los evangelios dos relatos de la multiplicación de los panes. Y así también se entiende porqué, cuando los comparamos, los dos relatos tienen detalles muy diferentes. Si ahora comparamos los dos relatos desde esta perspectiva, podremos entender mejor el sentido de las divergencias que hay entre uno y otro:

- En el primer relato, la gente se reunió en grupos de 100 y de 50 personas para comer (Mc 6,40); porque el pueblo de Israel, durante su marcha por el desierto con Moisés, estaba organizado en grupos de 100 y de 50 (Ex 18,25; Dt 1,15). En el segundo relato, la gente se organizó espontáneamente para comer, lo que muestra la libertad de las naciones gentiles frente a las estructuras judías.

- En el primer milagro, los apóstoles toman la iniciativa y se afligen por el hambre de la gente (Mc 6,35-36), lo cual muestra la preocupación de los primeros cristianos por transmitir el Evangelio a los judíos. En el segundo milagro, la gente esperó tres días sin comer y los apóstoles no reaccionaron, hasta que Jesús les hizo advertir el hambre de ellos (Mc 8,1-3), señalando así el recelo y la demora de los primeros cristianos en predicar el Evangelio a los paganos.

- En el primer milagro, Jesús siente lástima de la gente “porque estaban como ovejas sin pastor” (Mc 6,34). Se cita, así, una profecía de Ezequiel (Ez 34,5-6), que anunciaba que Dios se iba a ocupar del hambre de su pueblo (Ez 34,13). En cambio en el segundo milagro, Jesús siente lástima de la gente “porque llevan tres días sin comer” (Mc 8,2). Indica que también los paganos, aunque no entraban en la profecía, son amados por Dios, y por eso él se ocupa de su hambre.

- En el primer milagro, la gente se recuesta “en la hierba verde” (Mc 6,39). Es una alusión al Salmo 22, muy conocido por los judíos, donde se dice: “Dios es mi pastor, nada me falta; en hierbas verdes me hace recostar” (Sal 22, 1.2). En cambio en el segundo milagro la gente se sienta “sobre la tierra” (Mc 8,6), que simboliza la universalidad, la totalidad del mundo, de donde venían los paganos.

- En la comida con los judíos, las sobras de pan se recogieron en doce “canastas” (Mc 6,43); la palabra griega usada (kófinos) indica los recipientes pequeños, tejidos de caña y mimbre, comúnmente usados por los judíos. En cambio en la comida con los paganos, las sobras se recogieron en siete “cestas” (Mc 8,8); aquí el término griego (spyrís) alude a los recipientes grandes de cuerda, empleados por los paganos para sus provisiones; el gran tamaño de estas cestas, a diferencia de las primeras, indica la multitud de los pueblos paganos invitados a la Eucaristía.

- En el primer milagro, Jesús tomó los panes y “pronunció la bendición” (Mc 6,41). En cambio en el segundo Jesús tomó los panes y “dio gracias” (Mc 8,6). Las dos palabras significan lo mismo, y se refieren al acto de bendecir a Dios por los alimentos antes de comer. Pero “pronunciar la bendición” (euloguéin, en griego) es la expresión típica que empleaban los judíos en su círculo familiar, mientras que “dar gracias” (eujaristéin, en griego) es la fórmula que se empleaba en los ambientes griegos, es decir, paganos, y por lo tanto más correcta para la bendición de Jesús en el segundo grupo de gente.

Estos detalles son simbólicos y están referidos a esos dos ámbitos lo confirma una escena posterior del Evangelio. Cuando Jesús, poco después del segundo reparto de panes, nota la intranquilidad de los discípulos que se sentían descontentos por tener que ir a misionar al extranjero, les dice: “¿Aún no entienden? ¿Es que tienen la mente embotada? ¿No se acuerdan cuando repartí los 5 panes a los 5.000? ¿Cuántos canastos de sobras recogieron?” Los discípulos le dijeron: “Doce”. “Y cuando repartí los 7 entre los 4.000, ¿cuántas cestas de trozos recogieron?” Le dijeron: “Siete”. “¿Y todavía no entienden?” (Mc 8,14-21). Este diálogo de Jesús y sus discípulos muestra la importancia que tenían los números simbólicos de la multiplicación de panes. Querían significar que tanto el pueblo judío (los 5.000) como el pueblo pagano (los 4.000) estaban llamados a formar un solo pueblo, cada uno con sus particularidades, características y rasgos propios, pero unidos bajo la autoridad y el amor del Señor, y compartiendo el mismo pan.

Qué grande debió de haber sido la sensibilidad de los primeros cristianos, que ante la preocupación de que los paganos se sintieran excluidos y se quedaran lejos de la Eucaristía, dejaron expresamente aclarado que el Maestro de Nazaret era maestro de todos y había venido para todos. Los cristianos modernos no tienen esa misma sensibilidad. Al contrario, muchos consideran la comunión dominical como un premio exclusivo para algunos, un reconocimiento para los que han sido buenos, una recompensa por la santidad personal, un homenaje a las obras meritorias que hicieron durante la semana.

Pero la comunión es el alimento de los débiles, de los que no encuentran el rumbo y acuden a Jesucristo para que los levante de sus miserias y ponga un poco de luz en sus vidas. Y en vez de criticar a quienes van a comulgar, debería dolernos descubrir cómo cada vez más gente está alejada de la comunión, o incluso indiferente; y por ello, alejada de nuestra asamblea, de nuestro servicio, de nuestra atención. Quienes crearon el segundo relato de la multiplicación de los panes imaginaron una escena que históricamente no existió, pero que reflejaba perfectamente la voluntad de Jesús: que nadie quedara lejos de su pan, de su amor, de su amistad. Hoy sigue siendo el sueño de nuestra Iglesia: que millones de hermanos, que están confundidos, alejados y desorientados, vuelvan a acercarse a la comunidad cristiana y se sientan cómodos en ella, sin ser marginados ni rechazados, para que Jesús pueda repartirles su pan. Un pan que la Iglesia tarda demasiado en hacerles llegar.

Fuente:
Revista Vida Pastoral
Editorial san Pablo
(Argentina)

martes, 14 de mayo de 2013

Los 800 mártires de Otranto


El 29 de julio de 1480, a primeras horas de la mañana, desde las murallas de Otranto se hizo visible en el horizonte una flota de 90 galeras, 15 mahonas y 48 galeotas, con 18 mil soldados a bordo. La armada era guiada por el Bajá Gedik Ahmed, que estaba a las órdenes de Mahoma II, llamado Fatih, el Conquistador, o sea el sultán que en 1451, apenas a los 21 años, había ascendido a jefe de la tribu de los otomanos.

En 1453, guiando un ejército de 260 mil turcos, Mahoma II conquistó Bizancio, la "segunda Roma", y desde entonces abrigaba el proyecto de llegar a la Roma verdadera y transformar la Basílica de San Pedro en establo para sus caballos. En junio de 1480 juzgó maduro el tiempo para completar la obra: quitó el asedio a Rodi, defendida con coraje por sus caballeros, y dirigió su flota hacia el mar Adriático. Otranto era –y es– la ciudad más oriental de Italia. La importancia de su puerto le había hecho asumir el papel de puente entre oriente y occidente.

Circundado por el asedio, el castillo, dentro de cuyas murallas se habían refugiado todos los habitantes del barrio, estaba defendida por solo 400 soldados que no tardaron en abandonar la ciudad, quedando en ella solo sus habitantes. Los turcos se acercaron a la ciudad de Otranto, con unas 150 naves y más de 15.000 hombres. La ciudad tenía 6.000 habitantes y había sido abandonada por las milicias aragonesas, empeñadas en Toscana. Apenas comenzado el asedio, que duró unos 15 días, se les intimó la rendición como renuncia a la fe en Cristo y conversión al Islam. Al ser rechazada, bombardearon la ciudad, que cayó en manos de los invasores el 12 de agosto. El ejército enardecido masacró sin piedad a quien se ponía a golpe de cimitarra.

Después de quince días de asedio, al amanecer del 12 de agosto, los otomanos concentran el fuego contra uno de los puntos más débiles de las murallas, abren una brecha, irrumpen en las calles, masacran a quien se le ponía a tiro y llegan a la catedral donde se había refugiado buena parte de los habitantes. Llegando a la catedral, donde se habían refugiado una buena parte de los habitantes, los otomanos derribaron la puerta y cercaron al arzobispo Stefano Pendinelli, que estaba celebrando la Santa Misa y distribuyendo la Eucaristía a los presentes. Monseñor Pendinelli fue horriblemente despedazado en el acto. Junto al prelado, mataron a los canónigos, religiosos y demás fieles que se encontraban en el templo.

Entre aquellos héroes hubo uno de nombre Antonio Primaldo, sastre de profesión, avanzado de edad, quien, en nombre de todos, afirmó: "Todos creemos en Jesucristo, Hijo de Dios, y estamos dispuestos a morir mil veces por Él". El Bajá Gedik Ahmed decreta la condena a muerte de todos los 800 prisioneros. A la mañana siguiente estos son conducidos con sogas al cuello y con las manos atadas a la espalda a la colina de la Minerva, pocos cientos de metros fuera de la ciudad. Repitieron toda la profesión de fe y la generosa respuesta dada antes; por lo que el tirano ordenó que se procediese a la decapitación y, antes que a los otros, fuese cortada la cabeza al viejo Antonio Primaldo.

Dobló la frente, se le cortó la cabeza, pero el cuerpo se puso de pie: y a pesar de los esfuerzos de los asesinos, permaneció erguido inmóvil, hasta que todos fueron decapitados. El prodigio evidentemente estrepitoso habría sido una lección para la salvación de los musulmanes. Un solo verdugo de nombre Berlabei, valerosamente creyó en el milagro y, declarándose en alta voz cristiano, fue condenado a la pena del palo.

Los cuerpos inertes quedaron a la intemperie durante un año en el lugar del suplicio, donde fueron encontrados incorruptos por las tropas enviadas para liberar Otranto. En junio de 1481, los restos fueron llevados a la iglesia cercana “a la fuente de la Minerva” y trasladados el 13 de octubre siguiente a la Catedral. A comienzos de 1500 se erigió una capilla dentro de la Catedral para acoger definitivamente las reliquias, meta constante de peregrinaciones. Antonio Primaldo y sus compañeros fueron de inmediato reconocidos mártires por la población y cada año la Iglesia local, el 14 de agosto, celebra devotamente su memoria. El 14 de diciembre de 1771 fue emanado el decreto de confirmación del culto ab immemorabili tributado a los mártires.

En 1988 fue nombrada por el entonces arzobispo de Otranto, monseñor Vincenzo Franco, la comisión histórica. En los años 1991-1993 se realizó la investigación diocesana, reconocida válida por la Congregación para las Causas de los Santos el 27 de mayo de 1994. El 6 de julio de 2007, Benedicto XVI aprobó el decreto con el que se reconocía que los Beatos Antonio Primaldo y compañeros habían sido asesinados por su fidelidad a Cristo. "Nuestra diócesis esperaba este momento desde hace tiempo --escribe el arzobispo de Otranto, monseñor Donato Negro-- en una época de crisis profunda, la inminente canonización de nuestros mártires es una fuerte invitación a vivir hasta el fondo el martirio cotidiano, hecho de fidelidad a Cristo y a su Iglesia”. El milagro reconocido, necesario para el citado decreto, se refiere a la curación de un cáncer de Sor Francesca Levote, religiosa profesa de las Hermanas Pobres de Santa Clara"

Benedicto XVI fijó la fecha de canonización en el Consistorio Ordinario Público del pasado 11 de febrero. El domingo 12 de mayo de 2013, el papa Francisco canonizo a los 800 mártires de Otranto y dijo durante la ceremonia:

Hoy la Iglesia propone a nuestra veneración una multitud de mártires, que juntos fueron llamados al supremo testimonio del Evangelio, en 1480”.

“Casi 800 personas, supervivientes del asedio y de la invasión de Otranto, fueron decapitadas en las afueras de la ciudad. No quisieron renegar de la propia fe y murieron confesando a Cristo resucitado. ¿Dónde encontraron la fuerza para permanecer fieles? Precisamente en la fe, que nos hace ver más allá de los límites de nuestra mirada humana, más allá de la vida terrena, hace que contemplemos ‘los cielos abiertos’ – como dice san Esteban – y a Cristo vivo a la derecha del Padre”.

“Dios no dejará que nos falten las fuerzas ni la serenidad. Mientras veneramos a los Mártires de Otranto, pidamos a Dios que sostenga a tantos cristianos que, precisamente en estos tiempos y en tantas partes del mundo, ahora, todavía sufren violencia, y les dé el valor para ser fieles y para responder al mal con el bien”

lunes, 13 de mayo de 2013

Nuestra Señora de Fátima

Es una advocación mariana que se venera en la localidad de Fátima (Localidad que le debe su nombre a la antigua ocupación de los Árabes en ese territorio), población que pertenece al Distrito de Beja, región del Alentejo y subregión del Baixo Alentejo (Portugal), por aquellos que creen que la Virgen se apareció a tres pastores en Fátima, Portugal el día 13 de seis meses consecutivos, comenzando el 13 de mayo de 1917.

Ese día tres niños, Lucía dos Santos, Francisco Marto y su hermana Jacinta primos de la anterior, que realizaban labores de pastoreo, afirmaron ver a María cerca del lugar conocido como Cova do Iría (Cueva de Irene, antigua santa local) junto a Fátima. Los hechos acaecieron desde el 13 de mayo hasta el 13 de octubre del mismo año. Lucía de 10 años y sus primos, Jacinta y Francisco de 9 y 6 años respectivamente, relatan que sintieron como el reflejo de luz que se aproximaba y vieron a una Señora vestida de blanco.

Los niños aseguraron que se trataba de la Virgen, la cual les pidió que regresaran al mismo lugar el día 13 de cada mes. En posteriores regresos los niños fueron seguidos por miles de personas que se concentraban en el lugar para ser testigos de las apariciones. Entre las recomendaciones, según los testimonios de los niños, la Virgen hizo hincapié en la importancia del rezo del rosario para la conversión de los pecadores y del mundo entero.

María apareció otras cinco veces a lo largo del año 1917. En el tiempo que sucedieron las apariciones, según testimonio de los videntes, realizó varias profecías, recomendaciones y entregó tres mensajes conocidos como los tres misterios de Fátima. Se afirma que tres mensajes fueron entregados por la Virgen a Lucía, la mayor del grupo. El primer misterio mostraba una visión del infierno mientras que el segundo hablaba de cómo reconvertir el mundo a la cristiandad.

Cronología de eventos en Fátima

La cronología de los hechos que han acaecido teniendo como base los sucesos de Fátima son los siguientes:

13 de mayo de 1917, primera aparición de la Virgen a los tres pastorcitos en Fátima.

13 de octubre de 1917, última aparición de la Virgen a los tres pastorcitos y milagro del sol.

31 de octubre de 1942, Pío XII, hablando en portugués por la radio, consagra el mundo al Inmaculado Corazón de María, haciendo mención velada de Rusia, según pedido por Nuestra Señora.

13 de mayo de 1946, la imagen de Nuestra Señora de Fátima ubicada en la capilla es coronada por el Cardenal Marsella, Legado Pontificio. La corona fue ofrecida por las mujeres portuguesas en agradecimiento por haber librado a Portugal de la Segunda Guerra Mundial.

13 de mayo de 1967, Pablo VI viaja a Fátima en el cincuentenario de la primera aparición para pedir la paz del mundo y la unidad de la Iglesia.

12 y 13 de mayo de 1982, Juan Pablo II viaja a Fátima como peregrino para agradecer el haber salido bien del atentado sufrido exactamente un año antes en la plaza de San Pedro y consagra la Iglesia, los hombres y los pueblos, al Inmaculado Corazón de María, haciendo veladamente mención de Rusia.

25 de marzo de 1984, Juan Pablo II consagra una vez más, el mundo al Inmaculado Corazón de María, en unión con todos los obispos del mundo que previamente habían sido notificados para que se uniesen con Su Santidad en esta consagración, en la plaza de San Pedro, delante de la Imagen de la Virgen. Más tarde Lucía asegura que esta consagración satisface la petición hecha por la Virgen.

Los días 12 y 13 de mayo de 1991 Juan Pablo II vuelve a Fátima por segunda vez como peregrino, en el décimo aniversario de su atentado. El 13 de mayo de 2000, Juan Pablo II, en su tercera visita a Fátima y ante una multitud de peregrinos, beatifica a Francisco y Jacinta y revela la tercera parte del secreto de Fátima. El Papa insiste en la importancia de los mensajes y en la santidad de los niños. Los presenta como ejemplo de oración, amor y penitencia.

miércoles, 8 de mayo de 2013

María ícono de la fe obediente


El saludo del ángel a María es una invitación a la alegría, a una alegría profunda, anuncia el fin de la tristeza que hay en el mundo frente al final de la vida, al sufrimiento, a la muerte, al mal, a la oscuridad del mal que parece oscurecer la luz de la bondad divina. Es un saludo que marca el comienzo del Evangelio, la Buena Nueva.

¿Pero por qué María es invitada a alegrarse de esta manera? La respuesta está en la segunda parte del saludo: "El Señor está contigo". También aquí, con el fin de comprender bien el significado de la expresión debemos recurrir al Antiguo Testamento. En el libro de Sofonías encontramos esta expresión: "¡Grita de alegría, hija de Sión!... El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti... ¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso!" (3,14-17). En estas palabras hay una doble promesa hecha a Israel, a la hija de Sión: Dios vendrá como un salvador y habitará en medio de su pueblo, en el vientre de la hija de Sión. En el diálogo entre el ángel y María se realiza exactamente esta promesa: María se identifica con el pueblo desposado con Dios, es en realidad la hija de Sión en persona; en ella se cumple la espera de la venida definitiva de Dios, en ella habita el Dios vivo.

En el saludo del ángel, María es llamada "llena de gracia"; en griego el término "gracia", charis, tiene la misma raíz lingüística de la palabra "alegría". Incluso en esta expresión se aclara aún más la fuente de la alegría de María: la alegría proviene de la gracia, que viene de la comunión con Dios, de tener una relación tan vital con Él, de ser morada del Espíritu Santo, totalmente modelada por la acción de Dios. María es la criatura que de una manera única ha abierto la puerta a su Creador, se ha puesto en sus manos, sin límites. Ella vive totalmente de la y en la relación con el Señor; es una actitud de escucha, atenta a reconocer los signos de Dios en el camino de su pueblo; se inserta en una historia de fe y de esperanza en las promesas de Dios, que constituye el tejido de su existencia. Y se somete libremente a la palabra recibida, a la voluntad divina en la obediencia de la fe.

Lucas narra la historia de María a través de un buen paralelismo con la historia de Abraham. Así como el gran patriarca fue el padre de los creyentes, que ha respondido al llamado de Dios a salir de la tierra en la que vivía, de su seguridad, para iniciar el viaje hacia una tierra desconocida y poseída solo por la promesa divina, así María confía plenamente en la palabra que le anuncia el mensajero de Dios y se convierte en un modelo y madre de todos los creyentes.

La apertura del alma a Dios y a su acción en la fe, también incluye el elemento de la oscuridad. La relación del ser humano con Dios no anula la distancia entre el Creador y la criatura, no elimina lo que el apóstol Pablo dijo ante la profundidad de la sabiduría de Dios, "¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!" (Rm. 11, 33). Pero así aquel –que como María--, está abierto de modo total a Dios, llega a aceptar la voluntad de Dios, aún si es misteriosa, a pesar de que a menudo no corresponde a la propia voluntad y es una espada que atraviesa el alma, como proféticamente lo dirá el viejo Simeón a María, en el momento en que Jesús es presentado en el Templo (cf. Lc. 2,35).

El camino de fe de Abraham incluye el momento de la alegría por el don de su hijo Isaac, pero también un momento de oscuridad, cuando tiene que subir al monte Moria para cumplir con un gesto paradójico: Dios le pidió que sacrificara al hijo que le acababa de dar. En el monte el ángel le dice: "No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu único hijo" (Gen. 22,12); la plena confianza de Abraham en el Dios fiel a su promesa existe incluso cuando su palabra es misteriosa y difícil, casi imposible de aceptar. Lo mismo sucede con María, su fe vive la alegría de la Anunciación, pero también pasa a través de la oscuridad de la crucifixión del Hijo, a fin de llegar hasta la luz de la Resurrección.

No es diferente para el camino de fe de cada uno de nosotros: encontramos momentos de luz, pero también encontramos pasajes en los que Dios parece ausente, su silencio pesa sobre nuestro corazón y su voluntad no se corresponde con la nuestra, con aquello que nos gustaría. Pero cuanto más nos abrimos a Dios, recibimos el don de la fe, ponemos nuestra confianza en Él por completo --como Abraham y como María--, tanto más Él nos hace capaces, con su presencia, de vivir cada situación de la vida en paz y garantía de su lealtad y de su amor. Pero esto significa salir de sí mismos y de los propios proyectos, porque la Palabra de Dios es lámpara que guía nuestros pensamientos y nuestras acciones.

María y José traen a su hijo a Jerusalén, al Templo, para presentarlo y consagrarlo al Señor como es requerido por la ley de Moisés: "Todo varón primogénito será consagrado al Señor" (Lc. 2, 22-24). Este gesto de la Sagrada Familia adquiere un sentido más profundo si lo leemos a la luz de la ciencia evangélica del Jesús de doce años que, después de tres días de búsqueda, se le encuentra en el templo discutiendo entre los maestros. A las palabras llenas de preocupación de María y José: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando", corresponde la misteriosa respuesta de Jesús: "¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?" (Lc. 2,48-49). Es decir, en la propiedad del Padre, en la casa del Padre, como lo está un hijo. María debe renovar la fe profunda con la que dijo "sí" en la Anunciación; debe aceptar que la precedencia la tiene el verdadero Padre de Jesús; debe ser capaz de dejar libre a ese Hijo que ha concebido para que siga con su misión. Y el "sí" de María a la voluntad de Dios, en la obediencia de la fe, se repite a lo largo de toda su vida, hasta el momento más difícil, el de la Cruz.

Frente a todo esto, podemos preguntarnos: ¿cómo ha podido vivir de esta manera María junto a su Hijo, con una fe tan fuerte, incluso en la oscuridad, sin perder la confianza plena en la acción de Dios? Hay una actitud de fondo que María asume frente a lo que le está sucediendo en su vida. En la Anunciación, ella se siente turbada al oír las palabras del ángel -es el temor que siente el hombre cuando es tocado por la cercanía de Dios-, pero no es la actitud de quien tiene temor ante lo que Dios puede pedir. María reflexiona, se interroga sobre el significado de tal saludo (cf. Lc. 1,29). La palabra griega que se usa en el Evangelio para definir este "reflexionar", "dielogizeto", se refiere a la raíz de la palabra "diálogo".

Esto significa que María entra en un diálogo íntimo con la Palabra de Dios que le ha sido anunciada, no la tiene por superficial, sino la profundiza, la deja penetrar en su mente y en su corazón para entender lo que el Señor quiere de ella, el sentido del anuncio. Otra referencia sobre la actitud interior de María frente a la acción de Dios la encontramos, siempre en el evangelio de san Lucas, en el momento del nacimiento de Jesús, después de la adoración de los pastores. Se dice que María "guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón" (Lc, 2,19); el término griego es symballon, podríamos decir que Ella "unía", "juntaba" en su corazón todos los eventos que le iban sucediendo; ponía cada elemento, cada palabra, cada hecho dentro del todo y lo comparaba, los conservaba, reconociendo que todo proviene de la voluntad de Dios.

María no se detiene en una primera comprensión superficial de lo que sucede en su vida, sino que sabe mirar en lo profundo, se deja interrogar por los acontecimientos, los procesa, los discierne, y adquiere aquella comprensión que solo la fe puede garantizarle. Y la humildad profunda de la fe obediente de María, que acoge dentro de sí misma incluso aquello que no comprende de la acción de Dios, dejando que sea Dios quien abra su mente y su corazón. "Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor" (Lc. 1,45), exclama la pariente Isabel. Es por su fe que todas las generaciones la llamarán bienaventurada.

Cuál es la diferencia entre la Ascensión de Jesús y la Asunción de María

Hay una diferencia entre lo que la Iglesia enseña de la Ascensión de Jesús y la Asunción de María. La mayor diferencia es que Jesús ascendió por sí mismo. La Asunción de María fue llevada a cabo por Jesús. Jesús levantó a María. Jesús fue su Salvador personal. La doctrina de la Asunción de María afirma que María:

"...habiendo completado el curso de su vida terrenal fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial". Papa Pío XII, 1950 . Esto muestra claramente que María no ascendió por sí misma. Sí, ella necesitó de un Salvador. El fundador de la reforma, Martín Lutero dijo: "No cabe duda que la Virgen María está en el Cielo. Como ocurrió no lo sabemos" (Martín Luther's Works, vol 10, pg 268)

En la sección sobre María y la Iglesia Primitiva hay citas de los primeros Padres de la Iglesia. Los católicos no tienen problema en creer que María está en el Cielo y que su Hijo Jesús es quien la llevó hasta allí. Piensan que Jesús es por demás capaz para haber conducido a María al Cielo. Esta creencia se remonta al siglo 6 y existen también fiestas en memoria de María en Antioquia tan temprano como en el 380 D.C.

En el 451 cuando los obispos se reunieron en Constantinopla, el Emperador Marciano pidió al Patriarca de Jerusalén que llevara consigo las reliquias (los huesos) de María a Constantinopla desde Jerusalén. El patriarca le explicó que no había reliquias de María, que "María murió en presencia de los apóstoles, pero su tumba cuando fue abierta posteriormente...se halló vacía... los apóstoles concluyeron que su cuerpo había sido llevado al cielo". St. Juan Damasceno,PG(96:1) (747-751D.C.)

La doctrina de la Asunción se apoya en la doctrina de la Inmaculada Concepción. Si María fue preservada del pecado, desde el instante de su concepción tiene que haber sido consecuentemente preservada de los efectos del pecado como el deterioro del cuerpo después de la muerte; tal vez al instante de su muerte. Los católicos creen que Jesús es quien hizo esto por ella. La Asunción tuvo lugar en el sepulcro de María. En el mismo sitio donde Jesús fue apresado antes de su Pasión y Muerte; es decir, en el Huerto de Getsemaní.

En el momento mismo en que el alma santísima de María se separó del cuerpo -que en esto consiste la muerte- entró inmediatamente en el Cielo y quedó, por decirlo así, el alma incandescente de gloria, en grado incomparable, como correspondía a la Madre de Dios y a la elevación de su gracia. Su cuerpo santísimo, mientras tanto, fue llevado al sepulcro por los discípulos del Señor. La descomposición del cuerpo es consecuencia del pecado, y como María, careció de todo pecado, entonces Ella estaba libre de la ley universal de la corrupción, pudiendo entonces, entrar prontamente, en cuerpo y alma, en la gloria del cielo.

Poco tiempo después de haber sido sepultado, el cuerpo de la Santísima Virgen resucitó. La resurrección se realizó sencillamente volviendo el alma al cuerpo, del que se había separado por la muerte. Pero como el alma de María, al entrar de nuevo a su cuerpo virginal, no venía en el mismo estado en que salió de él, sino incandescente de gloria, comunicó al cuerpo su propia glorificación, poniéndolo también al nivel de una gloria incomparable.

"La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia si mismo, del modo que él solo conoce." Y desde ese momento comenzó a estar en cuerpo y alma en el cielo, con ella irían todos los Ángeles, aclamándola como su Reina y Señora.

La diferencia entre la Ascensión de Cristo y la Asunción de María radica en que Cristo hubiera podido ascender al Cielo por su propio poder, aun antes de su muerte y gloriosa resurrección, mientras que su Madre no hubiera podido hacerlo antes de que hubiera tenido lugar su propia resurrección. La Asunción de María, mujer de nuestra raza, ser humano como nosotros, quien se halla en cuerpo y alma ya glorificada en el Cielo como se nos ha prometido a aquellos que hagamos la voluntad de Dios, es una anticipación de nuestra propia resurrección. Es señal de esperanza para los creyentes en Cristo que en ella ven la certeza del paraíso. La glorificación de la cual María ya goza, es la promesa de la gloria que nos espera cuando en el fin del mundo nuestros cuerpos resuciten y sean reunidos con nuestras almas para estar en cuerpo y alma en el cielo.

La muerte de María fue un acontecimiento de amor que la llevó a reunirse con su Hijo Divino, para compartir con El la vida inmortal. "María murió sin dolor, porque vivió sin placer; sin temor, porque vivió sin pecado; sin sentimiento, porque vivió sin apego terrenal". Su muerte fue semejante al declinar de una hermosa tarde, como un sueño dulce y apacible; era menos el fin de una vida que la aurora de una existencia mejor. Para designarla la Iglesia encontró una palabra encantadora: la llama sueño o dormición de la Virgen.

Nuestra Señora de la Misericordia


El santuario dedicado a Nuestra Señora de la Misericordia, cuya cripta envuelve el lugar de las apariciones y donde, sobre la misma piedra desde la que habló Nuestra Señora, se encuentra una bella imagen de mármol blanco

El 18 de marzo de 1536 el humilde labrador Antonio Botta se dirigía a trabajar al valle de San Bernardo, provincia de Savona, cuando al cruzar un pequeño arroyo afluente del Letimbro, se detuvo a beber. Antonio había nacido en 1470, estaba casado con Catalina Cavaza y era padre de dos hijos, Masino, muerto a poco de nacer y Catalina.

El labriego se lavaba las manos a la vera del arroyo cuando de repente escuchó una suave y dulce voz que lo llamaba por su nombre. Al alzar la vista, vio descender del cielo, envuelta en radiante luz, a la mismísima Virgen Santísima.

El buen Antonio cayó de rodillas preguntando a la Santa Madre que era lo que quería y aquella, con suavidad, le respondió que debía encaminarse a la iglesia de San Bernardo para decirle a su párroco y confesor, fray Daniele Porro, que a partir del siguiente sábado debería organizar tres procesiones diarias en honor de Dios y de su Santa Madre. Antonio prometió hacer lo que se le ordenaba, finalizando la Virgen que al cuarto sábado volviese al mismo lugar.

Cumplido el pedido regresó Antonio el día indicado, 8 de abril, para encontrar a la Madre del Cielo de pie en el mismo lugar, vistiendo una túnica blanca y sonriéndole dulcemente. Y una vez más volvió a hablarle empleando aquella voz suave con la que lo había cautivado para decirle la célebre frase “Misericordia quiero y no justicia”, en alusión a las sangrientas guerras entre España y Francia que tenían a Italia por campo de batalla.

El suceso no tardó en ser conocido por los habitantes del valle y tanto corrió la voz que, en poco tiempo, acudieron peregrinos de todo el norte de Italia e incluso de la misma Francia, a visitar el lugar de la aparición donde, al poco tiempo, se erigió una pequeña capilla. Por ese motivo, en julio del mismo año, el Gran Consejo de Savona encargó al célebre arquitecto Antonio Sormano la edificación de un santuario dedicado a Nuestra Señora de la Misericordia, recomendándole especialmente que la cripta envolviese el lugar para colocar en ella, sobre la misma piedra desde la que habló Nuestra Señora, una bella imagen de mármol blanco.

Con las obras de edificación comenzaron, en forma paralela, las del contiguo hospicio de los peregrinos, verdadero palacio destinado a dar alojamiento a quienes acudían de tierras lejanas a venerar a la Virgen. Y a partir de entonces, los 18 de marzo los fieles saldrían en peregrinación desde Savona, cumpliendo el pedido que Nuestra Señora hiciera a Antonio Botta, recorriendo el trayecto que desde esa hermosa ciudad conduce al santuario, junto al río Letimbro, pasando muy cerca de la casa del labriego que aún se conserva intacta.

A ese santuario llegaron a orar personalidades de gran importancia, entre ellas, S. S. el Papa Pío VII, deseoso de cumplir su promesa de agradecer a la Santa Madre, a quien se había encomendado, su liberación luego de tres años de duro cautiverio en Savona y dos en Fontanieblau, en poder de Napoleón. El mismo Pontífice coronó solemnemente a la Virgen el 10 de mayo de 1815, en una emotiva y multitudinaria ceremonia.

Nuestra Señora de la Misericordia es patrona de las ciudades de Savona (Liguria), Ajaccio (Córcega), y desde el 8 de septiembre de 2002, del barrio de Caballito, en Buenos Aires. Finalmente, conviene advertir que no debe confundirse a esta advocación con la homónima española, patrona de Burriana, que data del siglo XIV, cuyo manto protector extiende sobre los fieles.

martes, 7 de mayo de 2013

Pido a todos que se esfuercen por crear puestos de trabajo y dar esperanza a los trabajadores


En la fiesta de san José obrero e inicio del mes dedicado a la Virgen María, en la habitual catequesis de los miércoles en la plaza del santuario de san Pedro, el Obispo de Roma expresó que Jesús en el evangelio, es conocido como el “hijo del carpintero”, que compartió con José el cansancio y la satisfacción. Dijo que “el trabajo forma parte del plan del amor de Dios y otorga dignidad a la persona”

Pidió a todos que “en la medida de sus responsabilidades, se esfuercen por crear puestos de trabajo y dar esperanza a los trabajadores”. Y rogó que “san José que vivió momentos difíciles y puso su confianza en Dios, que no abandona, interceda por todos los trabajadores del mundo”.

En una segunda idea el Papa se refirió a la actitud de María y José, que acompañan y protegen con ternura el crecimiento del Hijo de Dios. Dijo que para esto es necesario escuchar al Señor y “sacar tiempo para la oración”. “En este mes de mayo –manifestó-, recuerdo la importancia y la belleza de la oración del Rosario”.
En el saludo a los peregrinos de lengua española invitó: “Pidamos a san José y a la Virgen María que nos enseñen a ser fieles en nuestro trabajo cotidiano y a afrontar con fe las vicisitudes de cada día”.

“Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, primero de mayo, fiesta de san José obrero e inicio del mes dedicado a la Virgen María, deseo reflexionar sobre dos ideas. La primera sobre el trabajo. En el evangelio, Jesús es conocido como «el hijo del carpintero». En el taller de Nazaret, comparte con san José el esfuerzo, el cansancio, los problemas de cada día, así como también la satisfacción. El trabajo forma parte del plan del amor de Dios y otorga dignidad a la persona. No dejo de pensar en las dificultades que tienen no pocos países en el ámbito laboral. Pido a todos que, en la medida de sus responsabilidades, se esfuercen por crear puestos de trabajo y dar esperanza a los trabajadores. San José, que vivió momentos difíciles y puso su confianza en Dios, que no abandona, interceda por todos los trabajadores del mundo.

Deseo referirme también a la actitud de María y José ante Jesús. Ellos acompañan y protegen con ternura el crecimiento del Hijo de Dios, sabiendo conservar y meditar en su corazón todas las cosas. Para escuchar al Señor, es necesario contemplarlo, percibir su presencia, dialogar con Él, sacar tiempo para la oración. En este mes de mayo, recuerdo la importancia y la belleza de la oración del Rosario. Con su recitación, meditamos los momentos centrales de la vida de Jesucristo, tratando de que Él sea el centro de nuestros pensamientos, atenciones y acciones.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, Argentina, Costa Rica, Perú, Chile, México y los demás países latinoamericanos. Pidamos a san José y a la Virgen María que nos enseñen a ser fieles en nuestro trabajo cotidiano y a afrontar con fe las vicisitudes de cada día. Muchas gracias”.

Una mesa para todos - Jesús y la doble multiplicación de los panes (Primera Parte)


No es común que los evangelios cuenten milagros repetidos de Jesús. Al contrario, prefieren narrar hechos más bien diversos del Maestro, para mostrar la amplia variedad de poderes que tenía. Sin embargo hay un milagro extrañamente repetido en el evangelio de Marcos: el de la multiplicación de los panes. Dos veces cuenta el mismo hecho, y casi con los mismos detalles. En efecto, dos veces dice Marcos que: a) Jesús estaba a orillas del lago de Galilea; b) se reunió una gran multitud a su alrededor; c) después de un rato la gente sintió hambre; d) Jesús preguntó a sus discípulos dónde buscar comida; e) éstos dijeron que era imposible conseguirla; f) alguien ofreció unos panes y peces; g) Jesús hizo sentar a la gente en el suelo; h) tomó los panes, los bendijo y los repartió a la multitud; i) todos comieran hasta saciarse; j) sobraron varias canastas de pan (Mc 6,34-44 y 8,1-9). También Mateo cuenta las dos multiplicaciones. En cambio Lucas y Juan pensaron que era demasiado repetir dos veces lo mismo y prefirieron contar una sola, la primera.

Pero ¿Jesús multiplicó dos veces los panes? ¿Por qué lo hizo? ¿O los evangelios pretenden enseñarnos algo más con este milagro? Lo primero que hay que decir es que Jesús habría realizado una sola multiplicación de los panes, y no dos como cuentan los evangelios. Esto se ve en el hecho de que las dos narraciones son tan similares en el contenido, la forma y los detalles, que por momentos resultan prácticamente idénticas. Habría sido una casualidad increíble que durante el breve lapso de la vida pública de Jesús se hubieran producido dos circunstancias tan semejantes, y además con idénticos protagonistas. Pero hay otra razón que lleva a dudar de que hubo dos milagros. Y es que, en la segunda multiplicación de los panes, cuando Jesús invita a sus discípulos a dar de comer a la gente, ellos le dicen: “¿Cómo podría alguien dar suficiente pan a éstos, aquí en el desierto?” (Mc 8,4).

Si los discípulos ya habían presenciado la primera multiplicación, ¿cómo pueden hacer ese comentario? ¿Acaso no recordaban que Jesús había hecho un milagro semejante con anterioridad? Esta pregunta sin sentido demuestra que la segunda multiplicación de los panes fue escrita sin tener en cuenta que ya existía la primera. Por lo tanto, históricamente debió de haber existido un solo milagro de los panes, que posteriormente la comunidad cristiana desdobló en dos versiones, como si hubieran sido dos sucesos diferentes. ¿Por qué de un único acontecimiento los cristianos formaron dos? La respuesta a este enigma se encuentra en la gran importancia que este milagro adquirió en los primeros tiempos. Las comunidades cristianas lo empezaron a considerar quizás el más significativo de todos los milagros de Jesús, como se ve en el hecho de que es el único que aparece contado en los cuatro evangelios. Y esta importancia no se debía al hecho en sí (había otros más impresionantes, como la resurrección de Lázaro), sino a lo que el milagro simbolizaba: la Eucaristía.

En efecto, los primeros cristianos pronto vieron que la multiplicación de los panes era un anuncio de la futura Eucaristía que Jesús iba a celebrar al final de su vida, en la última cena. Al repartir aquel día en el desierto los panes, Jesús estaba invitando a todos los hombres a asistir a la otra mesa, la de la Eucaristía, donde Él iba a entregar otro pan: el pan de su propio cuerpo. Que el milagro de los panes era interpretado en ese tiempo como un anuncio de la Eucaristía se ve en el Cuarto evangelio, donde se dice que Jesús después de la multiplicación pide a la gente que no se quede con ese pan material, sino que busquen el otro pan, el que da la vida eterna (Jn 6,52-58). O sea que el relato de la multiplicación de los panes era un excelente medio para catequizar a la gente sobre la importancia de la Eucaristía. Pero el milagro tenía un inconveniente: Jesús lo había realizado en la orilla occidental del lago de Galilea, es decir, en territorio judío, y los destinatarios habían sido sólo judíos (Mc 6,32). De modo que parecía como si la invitación a participar de la Eucaristía fuera exclusiva para los judíos, y no para los demás pueblos.

Por eso cuando los primeros cristianos, poco después de morir Jesús, empezaron a predicar el Evangelio a los paganos, sintieron la necesidad de dejar en claro que también ellos estaban llamados a participar de la Eucaristía y a recibir el cuerpo de Jesús; que Jesús no había venido a salvar únicamente a los judíos sino también a los paganos. Y la forma que encontraron de hacerlo fue mediante la creación de un relato paralelo de la multiplicación de los panes, muy parecido al anterior, pero en vez de estar ubicado en la orilla occidental del lago de Galilea, situara a Jesús en la margen oriental (Mc 7,31), ya que el lado oriental del lago no era territorio judío sino pagano. De este modo, Jesús aparecía multiplicando los panes también a los extranjeros, e invitándolos a la Eucaristía.

Así se explica porqué actualmente existen en los evangelios dos relatos de la multiplicación de los panes. Y así también se entiende porqué, cuando los comparamos, los dos relatos tienen detalles muy diferentes. En efecto, si bien los que compusieron el segundo relato procuraron hacerlo muy parecido al original, añadieron también ciertas diferencias para que ambos pudieran transmitir su propio mensaje. Si ahora comparamos los dos relatos desde esta perspectiva, podremos entender mejor el sentido de las divergencias que hay entre uno y otro:

- La primera multiplicación, dirigida a los judíos, se hizo con 5 panes (Mc 6,38). Porque para los judíos el 5 era un número simbólico importante: representaba el Pentateuco (es decir, los cinco primeros libros de la Biblia), que contenían la Ley de Moisés, y que eran el alimento de su alma. Jesús, con los 5 panes, les dice que Él es el nuevo alimento que reemplaza la antigua Ley. La segunda multiplicación, dirigida a los paganos, se hace con 7 panes (Mc 8,5); porque según la creencia popular, existían en el mundo 70 paganas; su lista incluso aparece en la Biblia (Génesis 10). Por eso el 7 era el número más adecuado para representarlos.

- En la primera multiplicación comieron 5.000 personas (Mc 6,44). Es decir, 5 (número sagrado judío) por 1.000 (que significa “multitud”). O sea, la multitud del pueblo judío. En cambio en la segunda multiplicación comieron 4.000 personas (Mc 8,9). Es decir, 4 (número que representa los cuatro puntos cardinales de la tierra) por 1.000. O sea, la multitud de los pueblos de toda la tierra.

- En la primera multiplicación sobraron 12 canastas (Mc 6,43). Porque el número 12 aludía a las 12 tribus de Israel. En cambio en la segunda multiplicación sobraron 7 cestas (Mc 8,8). Porque el 7 aludía a las naciones paganas.

- El primer relato dice que la gente vino de las ciudades vecinas (Mc 6,33), porque representa al pueblo judío cercano a Jesús. El segundo relato dice que la gente vino “de lejos” (Mc 8,3), porque representa a las naciones paganas, alejadas del judaísmo.
- En el primer relato la gente sólo esperó un día para la multiplicación de los panes (Mc 6,35); esto indica la prontitud con la que el pueblo judío se benefició de la Eucaristía. En el segundo relato, la gente esperó tres días sin comer (Mc 8,2); se refiere al tercer día de la resurrección, después de la cual pudo llegar el Evangelio hasta los pueblos paganos.

En síntesis, Jesús realizó una sola multiplicación de los panes, a orillas del lago de Galilea, una tarde después de compartir la jornada de enseñanzas con los judíos de las regiones vecinas. Con el paso del tiempo, cuando los cristianos tomaron conciencia de que Jesús era el Mesías esperado, aquel milagro adquirió una enorme importancia, pues se convirtió en un anticipo de la celebración de la Eucaristía, y pasó a ser el anuncio de la “comida de salvación”, a la que asistían los creyentes para encontrarse con Jesús y adelantar la llegada del Reino de Dios. Cuando poco a poco el Evangelio empezó a predicarse a los paganos, se sintió la necesidad de invitarlos también a ellos a la Eucaristía. Entonces surgió la tradición de un segundo enfoque del milagro hecho por Jesús, esta vez en territorio pagano y dirigido a los paganos. Así se formaron dos relatos, casi idénticos en su forma y estructura, pero con detalles propios: uno dirigido al pueblo judío y otro al mundo pagano.

Fuente:
Revista Vida Pastoral
Editorial san Pablo
(Argentina)

miércoles, 1 de mayo de 2013

La Bendición: símbolo y catolicismo popular - Segunda parte



Podemos decir, en breve e inicial síntesis, que quien pide una bendición, está anhelando situarse en una mayor inmediatez personal con Dios que la que antes tenía. Tal inmediatez diferencial, ciertamente, ofrecería un mayor estado de amparo y protección. Veamos ahora qué es lo que a las personas se le “da” cuando se las bendice.

Más allá de las expresiones particulares que utilice el ministro, lo que en todos los casos está haciendo, es invocando la protección de Dios para la persona o conjunto de personas a las que bendice. “Toda bendición es alabanza de Dios y oración para obtener sus dones…” (Catecismo de la Iglesia católica, 1671). Tenemos en claro, por tanto, que el ministro no confiere ningún don especial a la persona u objeto por él bendecida. No es portador de ningún poder particular que pueda ser transferido mediante el acto propio de la bendición. Así, lo que efectivamente se le da a la persona que se bendice, no es ninguna cosa que se la añada a su ser desde el exterior, nada que –objetivamente– se le agregue o modifique. Otra cosa es que, desde la subjetividad de la persona, ésta pase a experimentarse más cerca y cuidada por Dios que antes de ser bendecida.

Ocurre lo mismo con los objetos religiosos o de otro tipo (viviendas, automóviles…). Nada se les incorpora ni se metamorfosean. Siguen siendo idénticos a lo que eran antes de ser bendecidos. Lo que sí puede modificarse es el tipo de relación de las personas con esos objetos. Hasta aquí no hice más que sintetizar, y de modo muy escueto, algunas consideraciones genéricas sobre las bendiciones. Me interesa ahora avanzar sobre otras de tipo pastoral. Como ya dijimos, y como bien sabemos, en el universo del catolicismo popular existe un enorme afecto por las bendiciones. Tal afecto, ha conducido a que en la pastoral popular en general (peregrinaciones, celebraciones…), y en la de los santuarios en particular, las liturgias bendicionales se hayan convertido poco menos que en su centro.

Esta centralidad de las bendiciones resulta más que razonable: es lo que la gente va a buscar y es lo que se les ofrece. Ponerse en línea con el sentir popular es lo primordial en una pastoral destinada a ese sector. Sin embargo, anida la sospecha que esta misma voluntad por sintonizar con el deseo de la gente, puede estar promoviendo una concepción desajustada sobre los “efectos” de las bendiciones y, por tanto, sobre la asistencia divina. Lo propio del talante popular es el lenguaje simbólico. Sin expresarlo en conceptos, los más sencillos (los de fe sencilla) saben que la bendición es un símbolo. En la bendición, o en las cosas benditas, descubren de modo peculiar la presencia del Dios con el que conviven. No esperan que la bendición los haga más buenos, ni más felices, ni más ricos, ni más sanos, ni más prolíficos. Es un dato vivido de la realidad, que el pobre bendecido sigue siendo pobre por más agua bendita que reciba. Si el estado de injusticia en el que viven las tres cuartas partes de la humanidad dependiese de que esas personas reciban bendición alguna, dos cosas quedarían muy claras: primero que la solución de la pobreza la tenemos en la mano, y segundo, que el Dios en el que creemos no es tan bueno como decimos.

Vale decir entonces, que en la generalidad del catolicismo popular (aunque hay casos y casos), no se espera que la bendición aporte un plus exógeno de realidad, un don divino que trastoque el curso de su historia personal haciéndolo más bueno, con más vitalidad o más rico, aunque se sueñe con ello. Se sabe, con sabiduría existencial, que la bendición es una manifestación externa y ocasional del querer eterno de Dios para todos sus hijos: que sean prósperos, felices, sanos y fecundos. La hipótesis de que la humanidad se encuentra en un cambio de época, parece instalada definitivamente. A estas alturas, ya se ha convertido poco menos que en “lugar común” no sólo entre investigadores sociales sino en los mismos documentos de la Iglesia (véase, por ejemplo, Aparecida, 44 y siguiente). El que se hable tanto de ello, sin embargo, no ha implicado hasta el momento la producción de significativas pautas pastorales específicas que tengan este dato en consideración. En lo que sí se suele hacer hincapié, es en la necesidad de contrastar con discursos y acciones misionales-evangelizadoras, los elementos que se describen como negativos de la cultura emergente. En especial, a todo lo que involucra el denominado relativismo ético y/o religioso.

Los símbolos, en cuanto a objetos, gestos o relatos, no desaparecen por completo, pero tienden a perder su carácter específico, el simbólico. Se produce una especial distorsión en su dimensión pragmática, es decir, en el uso y la actitud del sujeto (personal o colectivo) con relación a ellos. Cuando esta actitud no es de apertura, cuando no permite trascender al objeto-símbolo en cuanto tal, se lo cierra sobre sí mismo y se lo absolutiza: pasa de símbolo a cosa. Llegados a este punto, o se lo rechaza por absurdo al identificarlo como un fetiche o, por reacción y celo religioso (crítica al relativismo), se le otorga un valor desmesurado más o menos próximo al fetiche que se pretende criticar. Y esto no se produce sólo en el ámbito eclesiástico-institucional, sino también en el eclesial-popular. Nada de esto es nuevo. Ha ocurrido en todas las épocas y lugares. Sin embargo, parece que en los tiempos llamados axiales, tiempos de transformaciones culturales profundas en los que emergen paradigmas alternativos para suplir a los que se agotan, esta distorsión del universo simbólico se produce de un modo mucho más intenso.

Pero volviendo a las bendiciones: ellas explicitan, hacen patente, ponen de manifiesto de modo sensible y en momentos extraordinarios (que pueden ser muchísimos y de lo más variados), la presencia ordinaria, habitual y creadora de Dios. Es esa explicitación simbólica la que favorece el recuerdo (entendido como un volver a lo que ya está en el corazón) de aquella presencia creadora que recién mencionamos, y es eso lo que fortalece, lo que anima, lo que provoca la experiencia subjetiva de una particular protección de Dios. Es como el abrazo que le da el hijo pequeño a su madre; manifestación sensible de un amor que trasciende a ese abrazo y que, aunque no haga más grande al amor que ya existe, lo fortalece en la experiencia existencial del niño. El cómo hacerlas, dependerá de cada lugar y contexto; pero en todos los casos habrá que velar por su no-cosificación, que este símbolo –tan apreciado por las personas de fe sencilla– pueda seguir siendo un símbolo.

Fuente:
Revista Vida Pastoral
Editorial San Pablo (Argentina)

Historia del Cementerio de la Recoleta


Antiguamente, los muertos eran inhumados en los llamados "camposanto", en la parte posterior de las iglesias y las personalidades importantes en el interior de las mismas. En 1820, aquí en la Argentina, durante el gobierno de Martín Rodríguez y su ministro, Bernardino Rivadavia, fueron expropiados los terrenos ocupados por el huerto de la Congregación Franciscana, siendo destinados a la construcción del Cementerio del Norte (el primer cementerio público en la ciudad de Buenos Aires).

Antes del cristianismo al lugar donde enterraban a los muertos se le llamaba "necrópolis" (ciudad de los muertos, en español). La palabra cementerio viene del griego (koimeterion) y en español significa "dormitorio". Esta palabra fue introducida por los cristianos, con la esperanza cristiana en la resurrección. De ahí que decimos que los muertos están "descansando en paz" a la espera de la resurrección.

En el actual Cementerio de la Recoleta, en la Ciudad de Buenos Aires, en un principio se llamó “Cementerio del Norte”, que en principio era solo para católicos, siendo inaugurado en el año 1822. Los primeros en recibir sepultura fueron una joven uruguaya llamada Dolores Maciel y un joven llamado Juan Benito. En 1863 el presidente Mitre firmó un decreto que permitía que fuesen enterrados los practicantes de otras religiones. Con el tiempo, el cementerio del Norte llegó a un estado de abandono hasta que en 1880, el primer Intendente de la ciudad de Buenos Aires, Torcuato de Alvear, encomienda al Arq. Buschiazzo, su remodelación. Se pavimentaron sus calles, se rodeó con un muro de ladrillos y se embelleció con un pórtico de entrada con doble hilera de columnas de fuste acanalado de orden dórico. En el friso se destacan 13 alegorías, símbolos de la vida y de la muerte.

Al ingresar al peristilo se observan en el piso tres fechas: 1822 (año de creación del cementerio),1881 (fecha de su primera remodelación ) y 2003 (tercera remodelación). A la derecha se encuentra una capilla dedicada a la religión católica, en cuyo altar se observa un Cristo realizado en mármol de Carrara blanco de una sola pieza por el escultor italiano Giulio Monteverde (quien fue maestro de Lola Mora). Debajo, en el altar realizado en granito, se lee la siguiente frase: "Ego sum resurrectio et vita" (Yo soy la resurrección y la vida). En el peristilo, frente a la capilla, se halla un púlpito utilizado para ceremonias practicadas por otros cultos.

Al ingresar al cementerio, encontraremos los primeros símbolos de la vida y de la muerte, representados en once alegorías:

El huso y las tijeras: simboliza el hilo de la vida que se puede cortar en cualquier momento.

La cruz y la letra P: la paz de Cristo en los cementerios.

La corona: voto de recuerdo permanente.

La esfera y alas: el proceso de la vida y de la muerte que gira incesantemente como la esfera.

Cruz y corona: muerte y recuerdo.

Abeja: símbolo de laboriosidad.

La Serpiente mordiéndose la cola: el principio y el fin.

Manto sobre urna: abandono y muerte.

Antorchas con llamas hacia abajo: la muerte.

Búho: vigila atentamente y según algunas creencias, anuncia la muerte.

Reloj de agua o Clepsidra: el transcurrir del tiempo, el paso de la vida.

También suelen utilizarse las letras del alfabeto griego "alfa y omega" (primera y última), simbolizando el principio y el fin.

Los ángeles son los intermediarios entre lo terrenal y lo celestial.

Antorchas con llamas apagadas: la vida que se extingue.

Espada con el filo hacia abajo: una espada que ya no luchará.

La palma: simboliza el martirio.

El olivo: simboliza la paz.

El roble: simboliza el valor militar.

Los laureles: simbolizan la gloria.

En relación a los símbolos del Cementerio de la Recoleta, encontramos mucha simbología masónica, la intuición está presente en varios símbolos y alegorías. Las cinco puntas de la estrella representan, entre otras cosas, los cinco sentidos y es el símbolo, desde la escuela pitagórica, del hombre.

La Masonería llegó al Río de la Plata a fines del siglo XVIII influida por la masonería española. Cuando San Martín (miembro de la Logia Lautaro), Alvear y otros patriotas llegaron a Buenos Aires en 1812, la Orden ya estaba implantada.

La numerología está íntimamente ligada a la geometría que por fuerza de la profesión de los antiguos Francmasones (albañiles-libres) era utilizada en la construcción de catedrales, palacios y otros predios. En la base de la numerología esotérica están los números 3 y 5 como puntos de partida, para una construcción de figuras geométricas como el triángulo y el pentágono. Hacemos mención de algunos:

El triángulo es una figura geométrica que da origen a la pirámide y ambos son parte de la simbología masónica.

El triángulo es símbolo de la luz. Como también el vértice de su cima representa el fuego y la virilidad, con el vértice para abajo se representa el agua o el sexo femenino.

El triángulo equilátero es usado como símbolo de la divinidad masónica y representa los tres atributos divinos: Fuerza, Belleza y Sabiduría, y también los tres reinos: Mineral, Vegetal y Animal.

El triángulo con un ojo en el centro representa la omnipotencia, la omniciencia y la omnipresencia.

La pirámide es un sólido derivado del triángulo y simboliza el hombre en busca de la divinidad y de las energías cósmicas que supuestamente son captadas por el ápice e irradiadas al área de la base. La pirámide es el símbolo de la jerarquía espiritual de la nueva era, y es en su ápice es donde se encuentra "el ojo del dios".

La calavera y las tibias cruzadas son el símbolo de la fugacidad de lo material. Símbolo también de la muerte.

Águila bicéfala, poder temporal y espiritual.

La escuadra, el compás, el triángulo, la plomada (elementos utilizados para la construcción).

La Plomada simboliza el equilibrio, medida y rectitud.

En los techos de algunas bóvedas también puede apreciarse un pequeño angelito de rodillas e implorando al cielo: simboliza la obediencia a la ley.

El Cementerio de la Recoleta ocupa actualmente cinco manzanas y media y cuenta con alrededor de 4870 sepulcros a perpetuidad. Más de 70 bóvedas fueron declaradas Monumento Histórico Nacional y el Cementerio en sí es considerado Museo Histórico Nacional desde el año 1946, por los personajes ilustres que aquí descansan, por la calidad arquitectónica y por sus magníficas esculturas. Es uno de los más importantes del mundo junto con el de Génova y el de París.