martes, 3 de marzo de 2015

¿Fue Jesús discípulo de Juan el Bautista? - Primera Parte

Solemos pensar que Jesús desde su infancia tenía plena conciencia de que era el Hijo de Dios, de que había venido a este mundo para predicar el Reino, de que debía morir en la cruz, y de que así salvaría a toda la humanidad. Y creemos que, por esa conciencia tan clara de sí mismo que Él tenía, en determinado momento de su vida (que ya estaba prefijado, y que Él conocía de antemano por ser Dios) abandonó la carpintería de Nazaret donde se ganaba la vida trabajando, y salió a anunciar por los caminos la llegada del Reino de Dios, tal como su Padre del cielo le había encomendado. Pero las cosas no parecen haber sido tan simples.

Porque así como Jesús necesitó (como hombre que era) de ciertos factores humanos que le ayudaran a cumplir su tarea en este mundo, así también no nos debe sorprender que haya necesitado de alguien que le ayudara a descubrir, de algún modo, lo que su Padre del cielo requería de Él. Y en esta tarea, quien desarrolló un papel fundamental fue Juan el Bautista. Todos sabemos, por los evangelios, que este famoso predicador judío bautizó a Jesús. Pero ¿eso fue todo lo que Juan hizo por Jesús? Si leemos con cuidado los evangelios, más bien parece que no.

Hacia el siglo I de la era cristiana, la religión judía había caído en un profundo letargo. La situación política oprimente que reinaba en el país, el cansancio moral por la espera de un Salvador que no llegaba nunca, la vida escandalosa de la clase gobernante (supuesta representante de Dios), y la degradación de los mismos sacerdotes del Templo (más preocupados por sus propios intereses que por animar la fe del pueblo), habían ido poco a poco enfriando la devoción de la gente y desanimando la práctica religiosa.

Frente a este panorama, apareció de pronto un hombre que buscó inyectar nuevas fuerzas al judaísmo decadente y sacudirlo de su modorra. Era Juan, el hijo único de un sacerdote del Templo, llamado Zacarías. Su voz estalló como un trueno en el sereno horizonte de Palestina. Con un lenguaje implacable, y una dureza inusual para un predicador, empezó a incitar a la gente a que cambiara de vida y abandonara su indiferencia religiosa. Decía que el juicio de Dios era inminente, y que en muy poco tiempo Dios iba a castigar con fuego a todos los que no se arrepintieran de sus pecados y se convirtieran (Mt 3,7-12).

Juan vivía en medio del desierto, llevando en él una vida austera. Se vestía con una piel de camello y un cinturón de cuero, al estilo de los viejos profetas, y se alimentaba de langostas y miel silvestre (Mc 1,6). La gente que le escuchaba hablar quedaba magnetizada por sus encendidos discursos y su talla moral. Y acudían de todos los rincones del país para oírle hablar y pedirle consejos. A cuantos aceptaban sus enseñanzas y buscaban un cambio de vida, el profeta les pedía que, como señal de su arrepentimiento, se sometieran a un pequeño baño exterior: el bautismo, que él personalmente administraba en el río (Mc 1,4-5).

Juan desarrollaba su ministerio junto al río Jordán, pues esto le permitía practicar sus ceremonias acuáticas. Pero no tenía en él un lugar fijo. A veces se instalaba en un tranquilo brazo del río cerca de Betania, en la provincia de Perea (Jn 1,28). Otras veces, más al norte, “en Ainón cerca de Salim” (Jn 3,22), en la provincia de Samaria. De hecho, Lucas afirma que Juan iba “por toda la región del Jordán” (3,3) en busca de oyentes a quienes proclamar su mensaje y bautizar. El éxito de este fogoso predicador fue extraordinario. No era posible permanecer indiferentes a su palabra y su actitud. Y muchos jóvenes que se habían alejado de la fe volvieron otra vez a encontrarse con Dios, se comprometieron a romper con su pasado, y aceptaron el lavado simbólico del bautismo que él les ofrecía.

Pero Juan no exigía a nadie que se quedara con él. A todos los que bautizaba los enviaba de vuelta a su vida anterior. Solo les pedía que cambiaran el corazón y que estuvieran dispuestos a realizar buenas obras, cada uno en su ambiente (Lc 3,8-14). Sin embargo, poco a poco se fue formando alrededor del Bautista un pequeño grupo de discípulos que lo acompañaba en sus recorridos bautismales (Jn 1,28.35-37), lo ayudaba en sus predicaciones (Jn 3,23), recibía de él enseñanzas más profundas (Jn 3,26-30), y compartía su espiritualidad ascética del ayuno (Mc 2,18), de la oración (Lc 11,1), y quizás, al menos temporalmente, también del celibato.

A principios del año 27 d.C, un joven galileo llamado Jesús, seguramente en compañía de otros amigos, viajó desde Nazaret hasta el valle del Jordán para ver a Juan. La fama del Bautista había llegado hasta su pueblo, y Jesús quería conocer la renovación espiritual que aquel proponía. Y allí, entre las áridas colinas y los desolados valles del desierto de Judá, Jesús pudo escuchar el mensaje escatológico de Juan, que puede resumirse en tres ideas: a) el fin de la historia está a punto de llegar; b) el pueblo de Israel se ha descarriado, y se halla en peligro de ser consumido por el fuego inminente del juicio de Dios; c) es necesario cambiar de vida y sellar ese compromiso haciéndose bautizar. Podemos imaginar la honda impresión que habrá causado en el alma del joven de Nazaret, el mensaje del asceta predicador. Y es posible pensar que fue esto lo que despertó en Él su vocación religiosa posterior.

La invitación al cambio radical de vida, que Juan dirigía a cada israelita que se hacía bautizar, debió de haber tocado su interior de tal manera, que lo llevó a abandonar para siempre la vida silenciosa que hasta entonces llevaba en Nazaret. En efecto, sabemos que Jesús aceptó el mensaje de Juan, al igual que muchos otros israelitas, puesto que se hizo bautizar por él como lo relatan los evangelios sinópticos (Mt 3,13-17; Mc 1,9-11; Lc 3,21-22). ¿Pero cómo fueron los hechos? ¿Qué pasó después del bautismo? Según los tres evangelios sinópticos, en ese momento bajó el Espíritu Santo sobre Jesús proclamándolo públicamente Hijo de Dios, y luego Jesús se alejó del lado del Bautista para hacer 40 días de ayuno en el desierto y empezar a dedicarse de lleno a su propia misión de predicar el Reino.

El cuarto evangelio parece ofrecer una versión distinta. Si lo leemos atentamente, podemos encontrar ciertos indicios que muestran que Jesús no se alejó inmediatamente de Juan, sino que se quedó algún tiempo integrando el círculo más íntimo de sus discípulos. El primer indicio lo tenemos en Jn 1,28-30. Aquí, el evangelista dice que Juan estaba bautizando en la localidad de Betania, al este del río Jordán, y añade: Al día siguiente (Juan el Bautista) vio a Jesús venir hacia él, y dijo: «¡Miren!, este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. A Él me refería yo cuando dije: -después de mí viene un hombre que es más importante que yo, porque existía antes que yo.

Para el cuarto evangelio, el bautismo de Jesús no existió, porque no lo cuenta. Ahora bien, ¿qué hacía Jesús aquel día en Betania, en medio del desierto, si no había ido a hacerse bautizar? ¿Por qué andaba entre los discípulos de Juan cuando este lo señaló como el Cordero de Dios? El cuarto evangelio calla. No da ninguna explicación. Pero el sentido natural del relato parece sugerir que Jesús se encontraba allí porque formaba parte de los discípulos del Bautista.

Ariel Álvarez Valdés
Biblista

¿Que son los Chakras?

Según el hinduismo y algunas culturas de Asia, los chakras son centros de energía inmensurable (no medible de ninguna manera) situados en el cuerpo humano. Según las doctrinas hinduistas son seis, pero según la teosofía y el gnosticismo son siete. En sánscrito “chakra” significa rueda que gira en un vórtice. Hoy en día se los define como rueda de luz. Se cree que la función de los chakras es revitalizar el cuerpo físico y ayudar en el desarrollo del espíritu. Estos se encuentran en partes específicas del cuerpo y cumplen un propósito determinado. Algunos dicen que los chakras se parecen a la flor de loto. Hay quienes los retratan como ruedas que giran dentro de otras ruedas y otros los describen como las paletas de un ventilador o molino en movimiento.

En dos antiguos Upanishad (designa a cada uno de los más de 200 libros sagrados hinduistas escritos en idioma sánscrito entre el siglo VII a. C. y principios del siglo XX d. C.) hinduistas, se menciona fugazmente a los chakras. También en la creencia vashraiana del budismo tibetano (aproximadamente de la misma época) también se los menciona. Con otros nombres, hay otros centros de energía corporal en otras tradiciones, incluyendo la medicina china, la cábala judía y el sufismo islámico.

Se estima que hay más de cien chakras, menores o secundarios, en el cuerpo humano. Estos son los centros que se activan en acupuntura y están íntimamente relacionados con las funciones físicas del cuerpo, mientras que los siete chakras mayores están vinculados a las emociones y la espiritualidad. Las áreas donde se encuentran, se ven directamente afectadas por sus propiedades, tanto cuando estos vórtices de energía giran saludablemente o cuando se encuentran bloqueados. (Esta energía se mueve en forma circular en dirección a las agujas del reloj cuando están en su funcionamiento óptimo).

A fines del siglo XIX, la teosofía ―en su acercamiento al hinduismo― mostró un creciente interés por los Chakras. Hay una extensa literatura acerca de estos temas, sin ningún fundamento científico. En la creencia teosófica tántrica tiene importancia un libro muy detallado, escrito por el británico Sir John George Woodroffe, también conocido por su seudónimo de Arthur Avalon, fue un orientalista británico cuyo trabajo ayudó a desatar en Occidente un interés profundo y amplio en la filosofía hindú y la práctica del Yoga. Arthur Avalon, en su libro titulado El poder de la serpiente, dice ser la traducción de dos textos sánscritos desconocidos: el Sat-chakrá-nirupana (‘apariencia de los seis chakras’) y el Padaka-panchaka.

Sir John George Woodroffe nunca presentó pruebas de la existencia de esos textos en sánscrito. A fines del siglo XIX, este orientalista británico ―pese a sus posturas preternaturalistas― suponía que los chakras se correspondían en gran medida con los plexos nerviosos. Otros han supuesto una relación con algunas glándulas endocrinas, por lo que atribuyen a la ejercitación de estos “vórtices” la generación de algunas hormonas. Muchos creen en la existencia real (aunque «espiritual») de estos elementos. Mircea Eliade filósofo, historiador de las religiones y novelista rumano, los llama «fisiología sutil». Otros opinan que son meras alegorías para practicar una especie de autohipnosis yóguica, a fin de lograr el samadhi (la ‘absorción completa’, conocido también como «enstasis», según Mircea Eliade.

Estas ideas y teorías fueron desarrolladas por el esoterista Charles Webster Leadbeater, influyente miembro de la Sociedad Teosófica, autor de libros de ocultismo y cofundador junto a James Ingall Wedgwood de la Iglesia Católica Liberal. Originalmente un clérigo de la Iglesia de Inglaterra, su interés por el espiritualismo provocó que se desafiliara de la Iglesia en favor de la Sociedad Teosófica. En su libro Los chakras, que se refiere a sus propias reflexiones acerca del tema. Después, muchos escritores contemporáneos han escrito su opinión acerca de los chakras con grandes detalles (que generan una impresión de verosimilitud), incluyendo su apariencia y sus variadas funciones. 

Los chakras se encuentran en los cuerpos sutiles del ser humano, llamados kama-rupa (‘forma del deseo’) o linga sharira (‘cuerpo simbólico’). En la India se creía que el aire aspirado (prana) recorría el cuerpo, dándole fuerza. La función de los chakras era la de recibir, acumular y distribuir esos aires. En Occidente no se considera que el prana sea aire sino una forma de energía invisible e inmensurable. Alineados desde la base de la columna vertebral, o, más exactamente en un nadi central a lo largo del raquis y hasta la mollera o vértex, llamada abadhuti. En el chakra muladhara (en el ano) yacería dormida la serpiente Kundalini (invisible e inmensurable). El propósito del yoga tántrico es elevar esta serpiente invisible a través del canal central pasando por los chakras, hasta lograr que se una con Brahman (el dios abstracto) en el chakra superior. Los chakras son parte de una «doctrina emanacionista», como la cábala en Occidente.

Los “especialistas en esta materia” declaran que cada chakra posee características y atributos únicos, tienen un color, una nota musical y una vibración específica, además de su propio símbolo, piedras, etc. Los chakras tienen los colores del arco iris y su disposición en el cuerpo es la misma que encontramos en el  arco iris (de abajo hacia arriba) rojo, naranja, amarillo, verde/rosa, azul, índigo, violeta/blanco. Casi todas las dolencias físicas empiezan en el campo emocional. La salud y sus problemas están directamente relacionados con estos puntos energéticos. Ellos controlan el balance de nuestras emociones. Cuando no estamos en armonía en el campo emocional e ignoramos las señales que nuestros miedos, tristezas, estrés, angustias, etc. nos dan, los signos de este desbalance se verán manifestados en el cuerpo físico a través de una enfermedad.

Funcionan como bombas o válvulas y regulan el flujo de energía a través del sistema energético de la persona. Son más densos que las auras, pero no tanto como el cuerpo físico. Interaccionan con el cuerpo físico a través de dos vehículos principales: el sistema endocrino y el sistema nervioso. Cada uno de los siete chakras esta asociado a una de las siete glándulas endocrinas, y a su vez con un grupo de nervios llamado plexo. De este modo, cada chakra puede asociarse a partes y funciones concretas del cuerpo controladas por el plexo o por la glándula endocrina asociada a dicho chakra.

San Francisco Solano

Llamado "el Taumaturgo del nuevo mundo", por la cantidad de prodigios y milagros que obtuvo en Sudamérica, nació en 1549, en Montilla, Andalucía, España. Estudió con los Jesuitas, pero entró a la comunidad Franciscana porque le atraían mucho la pobreza y la vida tan sacrificada de los religiosos de San Francisco. Cuando llegó a Andalucía la peste del tifo negro, San Buenaventura se contagió y murió luego se contagió también Francisco y creyó que ya le había llegado la hora de partir para la eternidad, pero luego, de la manera más inesperada, quedó curado. Con eso se dio cuenta de que Dios lo tenía para obras apostólicas todavía más difíciles. 

Pidió a sus superiores que lo enviaran de misionero al Africa, pero no fue aceptada su petición. Poco después, el rey Felipe II pidió a los franciscanos que enviaran misioneros a Sudamérica. Finalmente y para alegría suya, Francisco fue el elegido para la misión de extender la religión en estas tierras. Fray Francisco Solano recorrió el continente americano durante 20 años predicando, especialmente a los indios. Pero su viaje más largo fue el que tuvo que hacer a pie, con incontables peligros y sufrimientos, desde Lima hasta Tucumán (Argentina) y hasta las pampas y el Chaco Paraguayo. Más de 3,000 kilómetros y sin ninguna comodidad. Sólo confiando en Dios y movido por el deseo de salvar almas. 

Fray Francisco llegaba a las tribus más guerreras e indómitas y aunque al principio lo recibían al son de batalla, después de predicarles por unos minutos con un crucifijo en la mano, conseguía que todos empezaran a escucharle con un corazón dócil y que se hicieran bautizar por centenares y miles. 

Estando el santo predicando en La Rioja (Argentina) llegó la voz de que se acercaban millares de indios salvajes a atacar la población. El peligro era sumamente grande, todos se dispusieron a la defensa, pero Fray Francisco salió con su crucifijo en la mano y se colocó frente a los guerreros atacantes y de tal manera les habló (logrando que lo entendieran muy bien en su propio idioma) que los indígenas desistieron del ataque y poco después aceptaron ser evangelizados y bautizados en la religión católica.

El Padre Solano tenía una hermosa voz y sabía tocar muy bien el violín y la guitarra. Y en los sitios que visitaba divertía muy alegremente a sus oyentes con sus alegres canciones. Un día llegó a un convento donde los religiosos eran demasiado serios y recordando el espíritu de San Francisco de Asís que era vivir siempre interior y exteriormente alegres, se puso a cantarles y hasta a danzar tan jocosamente que aquellos frailes terminaron todos cantando, riendo y hasta bailando en honor del Señor Dios.

San Francisco Solano misionó por más de 14 años por el Chaco Paraguayo, por Uruguay, el Río de la Plata, Santa Fe y Córdoba de Argentina, siempre a pie, convirtiendo innumerables indígenas y también muchísimos colonos españoles. Su paso por cada ciudad o campo, era un renacer del fervor religioso. Un día en el pueblo llamado San Miguel, estaban en un toreo, y el toro feroz se salió del corral y empezó a cornear sin compasión por las calles. Llamaron al santo y éste se le enfrentó calmadamente al terrible animal. Y la gente vio con admiración que el bravísimo toro se le acercaba a Fray Francisco y le lamía las manos y se dejaba llevar por él otra vez al corral. 

Por orden de sus superiores, Fray Francisco pasó sus últimos días en la ciudad de Lima predicando y convirtiendo pecadores. Murió en su habitación el 14 de julio de 1610. Se dice que durante toda esa noche, la gente pudo ver una rara iluminación brotar de la habitación.

El Cementerio de la Chacarita

En 1871 azotó la ciudad una epidemia de fiebre amarilla, por lo que fue necesaria la construcción de cementerios ya que los existentes no daban abasto y el Cementerio del Norte (actualmente Cementerio de la Recoleta) había prohibido que se inhumen allí a quienes habían muerto por la epidemia. El nombre del barrio, que da nombre al cementerio, nace del diminutivo de Chácara o Chacra, voz quechua que significa "granja", "quinta" o "fundo". En este caso, se trataba de la Chacra del Colegio que la Compañía de Jesús tenía en las afueras de la ciudad de Buenos Aires hacia mediados del siglo XVIII. Por ello se la conocía como "la chacrita" o "chacarita de los colegiales".

Se creó el Tranvía Fúnebre, que fue utilizado para llegar al cementerio, y se inauguró la llamada Estación Fúnebre en la intersección de las calles Bermejo y Av. Corrientes, donde se recibían los ataúdes. El cementerio contaba con condiciones de higiene mínimas y sumado a la gran cantidad de víctimas que causó la epidemia, se llegaron a cremar 564 cadáveres en un día y según testimonios en un día murieron 14 empleados. Pero los olores y la falta de salubridad molestaban a los vecinos del barrio. Por esta razón el cementerio fue clausurado en 1875, pero siguió funcionando hasta el 9 de diciembre de 1886, cuando se lo clausuró definitivamente.

A partir de 1887 las inhumaciones comenzaron a realizarse en el cementerio Chacarita la Nueva, por lo que los cadáveres fueron exhumados del viejo cementerio y llevados al osario general del nuevo. El 30 de diciembre de 1896 se denomina a este cementerio como Cementerio del Oeste, pero como todavía era conocido como Cementerio de la Chacarita, una ordenanza del 5 de marzo de 1949 lo renombra de esa forma. Desde el 13 de noviembre de 1903 funciona en el cementerio el Crematorio de la Ciudad de Buenos Aires. 
Por sus callecitas, que en algunos lugares se transforman en anchas "avenidas", el simbolismo del culto a la muerte y al honor de los difuntos va tomando diferentes formas. Lo que tal vez genera más curiosidad es la zona de las bóvedas, donde la variedad de materiales, estilos arquitectónicos y símbolos recuerda épocas y costumbres hoy casi desaparecidas.

"Hasta los años 60, era una costumbre que los familiares vinieran a pasar el día visitando a sus difuntos. Se sentaban en el interior de las bóvedas, alrededor del cajón, tomaban mate, limpiaban el lugar, conversaban, cambiaban las flores", cuenta Hernán Santiago Vizzari, investigador histórico y autor de Cementerio de Chacarita, un sitio en Internet que recorre la historia del lugar. Hoy el panorama es muy diferente. Muchas de las bóvedas están abandonadas y la mayoría de las personas opta por cremar a sus difuntos o enterrarlos.

Dentro de este lugar histórico descansan los restos de personajes reconocidos de la historia de la Argentina, entre ellos, muchos protagonistas del tango. Su construcción generó de alguna manera una renovación del barrio y la apertura de nuevos negocios. Desde florerías hasta bares, sin dejar de contar las herrerías que realizaban los trabajos en las bóvedas. Para quienes pertenecen a generaciones y tradiciones familiares en las que la muerte es casi un tema tabú, observar algunas esculturas y símbolos que cubren las paredes y techos de las bóvedas puede generar desconcierto e incluso temor.

Uno de estos ejemplos es el panteón de la Policía Federal, que en su entrada tiene unas oscuras estatuas de mujeres vestidas de negro, con un velo que cubre parte de su frente casi impidiendo la visión de sus ojos. También en algunos rincones pueden observarse imágenes de medusas, ese personaje mitológico que convertía en piedra a quienes la miraban a los ojos. Este tipo de imágenes buscaba de alguna manera poner un límite, una advertencia, un espacio de respeto para quienes quisieran acercarse a las tumbas con motivos distintos que el de ofrecer un voto de respeto al difunto.

Otros símbolos son tal vez más esperanzadores y menos amenazantes, como las antorchas. Estas representan el fuego de la vida más allá de la muerte, la esperanza de una luz encendida que traspasa la vida terrenal. También suele encontrarse la Clepsidra, que es el reloj de agua. Tiene un valor simbólico, porque representa el fluir constante del tiempo.
En varios rincones del cementerio pueden encontrarse los restos de diferentes personalidades de la historia argentina. Entre ellas está la tumba de José Amalfitani, el reconocido dirgente de Vélez. También yacen aquí los restos de Aníbal Troilo, Adolfo Pedernera, Benito Quinquela Martin, Luis Sandrini, entre tantos otros. Además están Federico Moura y Norberto Napolitano (Pappo).

Quizás uno de los rincones que atrae a más visitantes es la esquina de Carlos Gardel. Allí, una estatua del "zorzal criollo" lo representa de pie, vestido con su trajecito, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo un llavero. A su lado, arrodillada y mirando el suelo, la mujer con la lira rota en sus manos, simbolizando el luto de la música por la pérdida del gran cantor. El lugar está repleto de placas y flores y mensajes al ídolo del tango.

martes, 24 de febrero de 2015

¿Cómo hacía Jesús sus milagros?


Que Jesús hacía milagros nadie lo duda. Ellos ocupan un lugar importante de su vida pública. El problema es: ¿en qué consistían los milagros de Jesús? Los evangelistas relatan diversos tipos de milagros. Algunos verdaderamente espectaculares, como la resurrección de Lázaro después de haber estado cuatro días muerto. Otros, más curiosos, como el hacer aparecer una moneda en la boca de un pez, o pegarle la oreja cortada a un soldado. O más enigmáticos, como maldecir una higuera porque no tenía frutos y secarla instantáneamente.

Son 35 los milagros realizados por Jesús que aparecen descritos en los evangelios, y pueden clasificarse en tres categorías: milagros sobre las personas, milagros sobre la naturaleza, y resurrecciones. Se llaman “milagros sobre las personas” a las sanaciones que Jesús obraba sobre los enfermos. Como la curación de los diez leprosos, o de la mujer encorvada, o del endemoniado de los sepulcros. Son en total 23. Los “milagros sobre la naturaleza”, como su nombre lo indica, son los prodigios que Jesús realizó sobre los distintos elementos naturales. En los evangelios hay 9, y son: la conversión del agua en vino, la tempestad calmada, Jesús caminando sobre las aguas, la multiplicación de 5.000 panes, la multiplicación de 4.000 panes, la primera pesca milagrosa, la moneda en la boca de un pez, la higuera seca y la segunda pesca milagrosa.

Finalmente tenemos 3 resurrecciones hechas por Jesús: a la hija de Jairo (Mt 9,18), al hijo de la viuda de Naím (Lc 7,11) y a Lázaro (Jn 11). Desde antiguo se intentó dar una definición de los milagros. Y el hecho de que éstos interrumpan el curso natural de los acontecimientos (así, el agua debe seguir siendo agua, no cambiarse en vino; un muerto debe seguir muerto, no abrir los ojos y levantarse), ha llevado a muchos teólogos a formular una definición que hoy es casi oficial del milagro: sería “todo hecho en el que se suspenden las leyes de la naturaleza”. Esto quiere decir que cuando se está ante un fenómeno extraordinario, como por ejemplo la curación de una enfermedad, se debe analizar el hecho según todas las posibilidades científicas y técnicas que existen. Y si después de un exhaustivo estudio se concluye que tal sanación es inexplicable y que va contra todas las leyes de la naturaleza, estamos entonces ante la presencia de un milagro. Por que las leyes de la naturaleza, que deberían haberse comportado de cierta manera, aparecen “suspendidas”, “interrumpidas” por una fuerza superior, en este caso de Dios, que produjo el milagro.

Pero esta definición de milagro ofrece muchos problemas. En primer lugar, porque en la época de Jesús no se sabía que existían ciertas “leyes” en la naturaleza. Y por lo tanto los apóstoles no podían saber si Jesús, cuando por ejemplo hacía levantar a un paralítico de su camilla (Mc 2,1) o curaba a un sordomudo poniéndole saliva en la lengua (Mc 7,31), estaba transgrediendo tales leyes naturales. Simplemente se maravillaban. En segundo lugar, porque ni siquiera hoy se dominan todas las leyes de la naturaleza. Periódicamente se des cubren otras nuevas, que modifican, corrigen o completan los conocimientos que teníamos, y hacen que lo que antes resultaba inexplicable y antinatural, hoy tenga explicación. Así, por ejemplo, mientras antigua mente se consideraba un “milagro” (es decir, una interrupción de las leyes naturales) al hecho de que ciertos santos se elevaran en el aire mientras celebraban misa, tuvieran impresas las llagas de la pasión de Cristo, emitieran luz, o permanecieran incorruptos durante siglos después de muertos, hoy estos fenómenos pueden ser explicados por causas naturales gracias al avance de los conocimientos científicos.

Por lo tanto frente a un hecho in comprensible nadie puede afirmar, con certeza absoluta, que todas las leyes naturales posibles quedaron interrumpidas. A lo sumo, las conocidas hasta el presente. En tercer lugar, si el milagro fuera la suspensión de las leyes de la naturaleza, ¿para qué querría Dios violar las mismas leyes que Él puso? ¿Para mejorarlas? Eso significaría que están mal hechas y que Él las podría haber creado mejor. ¿Para demostrar de manera evidente su poder? Si con el milagro se pudiera “demostrar” la existencia de Dios, entonces la fe desaparecería, y Dios pasaría a ser una certeza conocida científicamente. Si con el milagro se pudiera “probar” positivamente a Dios, entonces todo el mundo estaría obligado a creer en Él (como creemos en la existencia del presidente de los Estados Unidos, o del Papa, gracias a las señales que nos llegan por los medios de comunicación), y no existirían los ateos.

Pero lo cierto es que ningún acontecimiento, por maravilloso e inexplicable que sea, puede hacer “evidente” la existencia de Dios. En Él se cree por fe, es decir, sin “ver” nada. Por lo tanto, la definición del milagro como “aquello que no tiene explicación por las leyes de la naturaleza” hoy resulta inadmisible. ¿Cómo definirlo entonces? Para saberlo, debemos volver a los evangelios mismos y ver qué dicen. Para los hombres del tiempo de Jesús, un milagro era un hecho asombroso, sorprendente, que dejaba a todos maravillados, pero frente al cual no se preguntaban si tenía explicación o no. Les bastaba que fuera poco frecuente, para que su fe les dijera que se trataba de un “signo” de la presencia de Dios. O sea que el milagro en el Evangelio tiene dos elementos: a) un hecho fuera de lo común, algo extraordinario (que todos podían ver); b) el des cubrimiento, en él, de la mano de Dios (que lo hace sólo el creyente).

Por lo tanto, los evangelistas no se preguntaban nunca si lo que Jesús hacía era naturalmente posible o imposible. Les bastaba que fuera algo poco frecuente, y que con la fe creyeran que allí estaba actuando Dios, para que a eso le llamaran “milagro”. Ya en el Antiguo Testamento vemos como el libro del Éxodo, al contar la huida de los hebreos de Egipto, dice que las aguas del Mar se abrieron porque Moisés extendió su mano sobre ellas. Pero luego el mismo libro agrega que fue porque un viento fuerte del Este sopló durante toda la noche y secó el mar (14,21). La misma palabra “milagro” viene del latín “mirari”, que significa “admirarse”. La condición, pues, para que haya milagro, es que se trate de un hecho ante el cual la gente se admire, sin importar si tiene explicación o no.

Podemos, concluir que los milagros que Jesús realizaba no debieron de ser tan espectaculares e impactantes, porque si no todo el mundo habría estado obligado a creer en Él y a aceptarlo. ¿Por qué, entonces, se abrieron las aguas del Mar? ¿Por una fuerza inexplicable de Dios, o por un fuerte viento que hubo ese día? Para los israelitas era lo mismo. Un fuerte viento había soplado esa noche, y la fe de ellos les hizo ver que Dios estaba allí presente. Había, pues, un milagro. Porque: a) no era esperable que soplara un fuerte viento justo ese día; y b) los israelitas sintieron la presencia de Dios en ese acontecimiento.

Si nos ponemos ahora a analizar los milagros de Jesús llegamos a la misma conclusión. No hay duda de que realizaba hechos asombrosos, no esperados de cualquier persona, sino sólo de alguien con su extraordinaria irradiación personal. Pero de ahí a pensar que tales hechos suspendían las leyes de la naturaleza es ir más allá de las enseñanzas del Evangelio. Ya san Agustín, en su famoso libro sobre la Trinidad, afirmaba que los milagros bíblicos nunca superan las leyes de la creación. Que, por ejemplo, Jesús tomara de la mano a la suegra de Pedro y la curara, era un verdadero “milagro” para los discípulos de Jesús, aun cuando hoy algún psiquiatra pueda explicar este prodigio por las leyes de la psicología.

Lo mismo ocurre con el prodigio obrado en favor del centurión romano. Éste va a buscar a Jesús para que lo cure a un servidor suyo paralítico. Jesús le dice que vuelva tranquilo porque su servidor ya está mejor. Cuando el oficial regresa a su casa, encuentra al enfermo curado. ¿Acaso eso mismo no ocurre hoy todos los días? Un creyente va a pedirle a Jesús por una persona enferma. Quizás va a la Iglesia, o a un templo, o a una capilla. Luego regresa a su casa y descubre que esa persona está mejor. El problema es que casi nadie ve en estos casos un milagro porque la curación generalmente tiene alguna explicación natural (la persona fue atendida por los médicos, le dieron remedios adecuados). En cambio el que tiene fe, descubre allí el mismo tipo de milagro relatado por los evangelios.

Fuente:
Artículo extractado de la revista “Vida Pastoral” de la Editorial san Pablo - Argentina

Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo

La Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo (también llamada Orden de los Carmelitas) es una orden religiosa que surgió alrededor del Siglo XII, cuando un grupo de ermitaños, inspirados en el profeta Elías, se retiraron a vivir en el Monte Carmelo, considerado el jardín de Palestina ("Karmel" significa "jardín").

Del profeta Elías han heredado la pasión ardiente por el Dios vivo y verdadero, lo que se ve reflejado en el lema de su escudo: Me consume el celo por el Señor, Dios de los Ejércitos, 1Reyes 19:14.

En medio de las celdas construyeron una iglesia, que dedicaron a su patrona, la Virgen María, a quien veneran como Nuestra Señora del Carmen. Tomaron así el nombre de "Hermanos de Santa María del Monte Carmelo"

El patriarca de Jerusalén, Alberto, les entregó en el año 1209 una regla de vida, que sintetiza el ideal del Carmelo: vida contemplativa, meditación de la Sagrada Escritura y trabajo.

El ropaje carmelita está conformado por una túnica de color marrón y un escapulario del mismo color. Según la tradición, el domingo 16 de julio de 1251, la Santísima Virgen María se apareció en Cambridge, Inglaterra, a San Simón Stock, a quien entregó el Escapulario del Carmen.

Los Ermitaños de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo o Carmelitas Ermitaños son una rama de la Orden de los Carmelitas que se originó con los monjes ermitaños que, desde el siglo XIII, se convirtieron en la mayor parte en frailes mendicantes. Sin embargo, los Carmelitas Ermitaños de la rama masculina de la Orden de los Carmelitas no se consideran como los frailes carmelitas de la vida activa y apostólica. En la actualidad, los Carmelitas Ermitaños son comunidades separadas, hombres y mujeres que viven una vida de clausura, inspirados por la vida monástica antigua Carmelita, bajo la autoridad del Prior General de la Orden Carmelita de la Antigua Observancia.

Nuestra Señora del Monte Carmelo es la patrona principal de este tipo de comunidades carmelitas. Esta rama se basa, por regla general, el primitivo carisma carmelitano de la Antigua Observancia, aún compartiendo la riqueza espiritual de la rama reformada de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

Carmelitas Descalzas
En el año 1562, Santa Teresa de Jesús efectuó una reforma en la orden religiosa y fundó el primer convento de Carmelitas Descalzas en la ciudad de Ávila. Posteriormente, junto con San Juan de la Cruz, fundó el ramo de los Carmelitas Descalzos.

Carmelitas Descalzos
A partir del año 1562, Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz impulsaron la reforma del Carmelo, fundando los primeros monasterios de Carmelitas Descalzos. La nueva regla busca retornar a la vida centrada en Dios con toda sencillez y pobreza, como la de los primeros eremitas del Monte Carmelo.

Los Carmelitas Descalzos se dividen en tres ramas: frailes (Primera Orden), monjas contemplativas (Segunda Orden) y hermanos terceros o seglares (de la Venerable Orden Tercera de los Carmelitas o del Carmelo Seglar).

Carmelitas de la Orden Tercera
Son los miembros laicos del Carmelo de la Antigua Observancia. Viven el carisma carmelitano manteniendo sus familias y trabajos habituales (pero en algunas comunidades llegan mismo a recibir el hábito religioso carmelita). Constituyen una verdadera rama de la Orden del Carmen, se comprometen mediante la promesa de vivir los consejos evangélicos (castidad, pobreza y obediencia) y el espíritu de las bienaventuranzas. Estos carmelitas se rigen por la misma Regla de San Alberto de Jerusalén y por constituciones propias.

Carmelitas Seglares
Son los miembros terciarios del Carmelo Descalzo. Son laicos que viven el carisma carmelitano manteniendo sus familias y trabajos habituales. Se rigen por la misma Regla de San Alberto y por unas constituciones propias, aprobadas en 2003. Constituyen una verdadera rama de la Orden, a la que se comprometen mediante la promesa de vivir los consejos evangélicos (castidad, pobreza y obediencia) y el espíritu de las bienaventuranzas.

Los que se acercan al Carmelo Seglar viven un periodo de postulantado, que va desde los seis meses a un año como máximo, en el que junto con la comunidad realizan un período de discernimiento a la vocación. Pasado ese tiempo, se invita al postulante a pedir el ingreso a la Orden, que lo preparará en los próximos dos años a emitir las promesas temporales de vivir la castidad, pobreza y obediencia, y las bienaventuranzas según su estado de vida (soltero, casado, viudo).

Hechas estas promesas, se preparará para caminar hacia las definitivas luego de tres años de formación, que lo hará miembro de la Orden. Ser un hermano carmelita no es un privilegio, sino una responsabilidad en la misión salvífica de Jesucristo.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Juan el Bautista y su Predicación en el Desierto - Segunda Parte


La respuesta a ese misterio se encuentra en la Biblia. Según ésta, precisamente por el mismo sitio donde Juan predicaba y bautizaba, el general Josué siglos antes había entrado con el pueblo de Israel para apoderarse de la Tierra Prometida e inaugurar una nueva época de esplendor en la historia (Jos 4,13.19). En efecto, cuentan las Escrituras que después de deambular durante 40 años por el desierto, llevando una vida descarriada y vergonzosa, desobedeciendo a Dios y sufriendo por ello numerosos castigos, el pueblo de Israel llegó por fin a las puertas de la Tierra Prometida. El lugar donde se instaló, antes de entrar, fue precisamente la margen oriental del río Jordán (donde ahora estaba Juan el Bautista).

Allí  Moisés, viendo que la marcha por el desierto había llegado a su fin, dirigió una serie de discursos a los israelitas. En ellos les expuso cuatro ideas fundamentales: a) les recordó los pecados de su vida pasada, y cómo habían desobedecido a Dios durante todos esos años; por eso habían andado errantes y sin rumbo fijo a través del desierto (Dt 1-3); b) les dijo que ahora tenían la posibilidad de convertirse, cambiar de conducta y empezar una vida nueva, cumpliendo los mandamientos divinos (Dt 5-30); c) les advirtió que si no se convertían, no iban a permanecer mucho tiempo en la nueva tierra a la que estaban por entrar (Dt 28); d) les anunció la llegada de un gran profeta que vendría después de él, para ayudarlos a cumplir la ley de Dios (Dt 18). Cuando Moisés terminó de hablar, Josué llevó a los israelitas hasta la orilla del Jordán, y a quienes estaban dispuestos a aceptar el desafío, los invitó a entrar en el río para atravesarlo hacia la otra orilla, donde les aguardaba la nueva tierra y la nueva vida (Jos 3-4).

Esos recuerdos bíblicos estaban muy grabados en la mente de todo judío. A tal punto que, en tiempos de Jesús, las ideas de “desierto” y de “cruzar el río Jordán” evocaban casi de forma inmediata los episodios de Josué. Ahora bien, cuando siglos más tarde Juan el Bautista salió a predicar, eligió a propósito como lugar de operaciones el mismo sitio por donde Josué había cruzado el río Jordán. Así, transportando a la gente hasta el marco geográfico de los antiguos recuerdos, el profeta pretendía simbólicamente colocar de nuevo a sus oyentes en aquella primitiva situación histórica. Con esto, Juan ya tenía medio sermón predicado. Estaba diciendo a los judíos que, en tiempos de Josué, sus antepasados habían cruzado ese mismo río y por ese mismo punto, llenos de ilusión y buscando la felicidad de una nueva vida. Vida que nunca pudieron conseguir, porque una vez instalados en la flamante tierra, habían vuelto a descarriarse y pecar contra Dios. Pero las cosas no tenían porque seguir así. Ahora era el turno de ellos, y Dios les ofrecía una nueva oportunidad. Allí estaban otra vez en el desierto, en el mismo sitio de Josué, más allá del Jordán, listos para repetir la antigua gesta y entrar en la salvación, que seguía al alcance de todos. Era como si Juan hiciera retroceder el tiempo, y permitiera a su auditorio volver a ubicarse en la etapa anterior a la conquista de la Tierra Prometida. ¡Y el efecto que esto producía en la gente era impresionante!

A continuación, les predicaba un discurso con las cuatro ideas de Moisés: a) les hacía ver los errores de su vida pasada (Mt 3,7); b) los invitaba a arrepentirse y cambiar de vida (Mt 3,8); c) les anunciaba un castigo divino que caería sobre quienes no se convirtieran (Mt 3,10); d) les revelaba la llegada de alguien, detrás de él, que vendría para hacer cumplir la Palabra de Dios (Mt 3,11-12). Cuando terminaba de hablar, a quienes se comprometían a cambiar de vida los invitaba a bautizarse en el río, como señal de que aceptaban “cruzar” la frontera de una nueva existencia, y luego los enviaba a sus hogares para aguardar el gran cambio que iba a producirse a través de ellos. Las multitudes que se bautizaban y regresaban a sus casas, volvían convencidas de que acababan de actualizar la antigua hazaña de Josué; que al igual que sus antepasados, habían abandonado en la otra orilla un viejo estilo de obrar, y estaban listos para la conquista de un nuevo país, una nueva sociedad, una nueva familia, mientras esperaban la llegada inminente del Reino de Dios, que aparecería de un momento a otro para premiarlos por haberse convertido. Gracias a esta genial estrategia, Juan el Bautista logró reunir innumerables discípulos que aceptaron su mensaje, se encontraron con Dios, cambiaron sus corazones, y transformaron sus vidas de manera poderosa.

A principios del año 27, una muchedumbre se dio cita junto al río Jordán para oír a un nuevo profeta. El lugar donde predicaba era célebre por haber sido el escenario donde Josué había iniciado la conquista de la Tierra Prometida. Pero las multitudes no habían ido allí para conmemorar ese hecho. Iban a ver a un hombre que les aseguraba que ellos podían repetir en sus vidas aquella epopeya extraordinaria. Es que Juan había creado una metodología capaz de transformar un hecho histórico en un acontecimiento actual, un suceso del pasado en una realidad presente, revivida con un sentido nuevo. Hace tiempo ya, en 1983, el papa Juan Pablo II en un famoso discurso ante los obispos latinoamericanos les pidió lo mismo: que prepararan una nueva evangelización para la Iglesia, “nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en su expresión”. Porque la Iglesia hoy tiene que actualizar algo mucho más importante que el mensaje de Moisés a los israelitas: el mensaje de Jesús de Nazaret que entregó su vida por amor y se ocupó de los más pobres.

Sin embargo, a pesar del pedido del Papa, poco se ha hecho en ese sentido. Nuestra catequesis sigue siendo en muchos casos anticuada, nuestra prédica se ha vuelto insulsa, nuestras enseñanzas son en gran medida obsoletas, y nuestras celebraciones están muy lejos de tener la originalidad y la contundencia que poseían las de Jesús de Nazaret. Algunas no son más que una inflación superficial de palabras reiteradas, a veces vetustas, más ocupadas en evocar hechos históricos que en reeditar caminos nuevos de expresión de la fe. El mensaje de aquel “idealista”, que cuando vio que se le venían encima su condena y su muerte celebró una cena con sus amigos y entregó su cuerpo y su sangre para que el mundo fuera mejor, es algo demasiado profundo y excelso como para ser trivializado en tantas ideas teológicas y definiciones que parecen expresarlo todo, menos el Evangelio de Jesús. Nos hace falta inventar expresiones nuevas, formas inéditas, contextos más adecuados, criterios originales, para que el Evangelio suelte toda la fuerza que tiene encerrada para el hombre de hoy.

Si el austero y solitario profeta del desierto fue capaz de conseguirlo, también nosotros podremos lograrlo.

Fuente:
Artículo extractado de la revista “Vida Pastoral” de la Editorial san Pablo - Argentina

María en el Nuevo Mundo


Las distintas advocaciones de María llegaron a América en los barcos que procedían del “Viejo Mundo” cuando el europeo llego al “Nuevo Mundo”. Estos marinos, crecidos en la religión católica, transportaron desde Europa figuras con algunos de los nombres que recibe la madre de Dios, de acuerdo a la Biblia.

En la isla de Santo Domingo comenzó todo, con la historia de la Virgen de las Mercedes. Hoy se conmemora la fiesta de la protectora de los dominicanos, Nuestra Señora de la Altagracia, se le venera desde la época de la colonia. Cuentan que a un señor que iba de viaje su hija le pidió una imagen de una virgen desconocida, la de la Altagracia.

El hombre en medio de su búsqueda se encontró con otro hombre que le regaló la imagen. Cuando la joven vio el cuadro dijo que era igual a la imagen que se le había aparecido en sueños. Esta leyenda, al igual que las demás, son tradiciones que se han trasmitido de manera oral en América Latina y el mundo, las cuales han sido asumidas como historia por los creyentes.

María es una sola, y se ha “manifestado” a las personas –historiadores religiosos indican que desde el año 40 d.C.- tomando el nombre del lugar donde ha sido vista o el que le dan los pobladores de una región al declararla santa patrona. Por ello conocemos a la Virgen de Lourdes, del Rosario, del Perpetuo Socorro, de Guadalupe, las Mercedes, Altagracia y muchas otras advocaciones.

Vamos a recordar las advocaciones más populares en América Latina, nueve son santas patronas de pueblos americanos, las tres restantes tienen muchos devotos en estas tierras. Los brasileños le rezan a Nuestra Señora de la Aparecida, los colombianos a Nuestra Señora de Chiquinquirá, los puertorriqueños a Nuestra Señora de la Divina Providencia y los ecuatorianos a Nuestra Señora de la Presentación del Quinche.

Y es que cada virgen toma el nombre del lugar donde se “manifiesta” y aquí en América está muy relacionada con la conquista del continente, ya que los extranjeros, además de sus costumbres, trajeron a estas tierras sus creencias religiosas. Es por ello que los hondureños celebran la festividad de Nuestra Señora de Suyapa, los nicaragüenses son devotos de La Inmaculada Concepción. Mientras que los panameños piden favores a la Virgen de La Antigua, los paraguayos lo hacen a nombre de la Virgen del Caacupé. Nuestra Señora de la Evangelización recibe las honras correspondientes por ser la patrona del Perú, igual sucede en Uruguay, donde la Virgen del Treinta y Tres es venerada como protectora.

Nuestra Señora de Coromoto
Patrona de Venezuela
Al cacique de la tribu Coromoto se le “manifestó” 2 veces una virgen y, según la tradición, la imagen se quedó estampada en la mano de éste. Declarada patrona de Venezuela en 1942, su fiesta se celebra 3 veces: 2 de febrero, 8 y 11 de septiembre.

Nuestra Señora de Guadalupe
Patrona de México
Esta advocación se “manifestó” en 1531 a Juan Diego. Para probar a quienes dudaban, la Virgen hizo crecer en los lugares rosas y grabó su imagen en la tilma del indio. Es coronada en 1746 y su día es el 12 de diciembre.

Nuestra Señora de la Caridad
Patrona de Cuba
Coronada como tal en 1998 por el papa Juan Pablo II. Es declarada patrona de Cuba en 1916 por Benedicto XV y su festividad es el 8 de septiembre de cada año. Su imagen es venerada por los cubanos en el santuario del Cobre.

Nuestra Señora de las Mercedes
Patrona de República Dominicana
En 1615 ocurrió un terremoto que se repitió por 40 días, dejando 24 muertos. El cabildo la proclamó a la patrona de La Española. En 1740 fue cambiada la fiesta al 24 de septiembre. Es declarada patrona en los hechos de 1844.

Nuestra Señora de la Paz
Patrona del El Salvador
Benedicto XV concedió la coronación canónica en 1921. La fiesta es el 21 de noviembre, conmemorando el día en que llegó a San Miguel después de que su imagen fue encontrada en una caja en las orillas del mar del sur en El Salvador.

Nuestra Señora del Rosario
Patrona de Guatemala
Los independentistas guatemaltecos la proclamaron patrona de El Salvador en 1821. En 1833 fue declarada reina de la nación y coronada en 1934. Para los guatemaltecos octubre es muy importante, ya que dedican todo el mes a la Virgen.

Nuestra Señora de la Altagracia
Protectora del dominicano
Su devoción se inició en estas tierras en el periodo colonial. Su fiesta es cada 21 de enero, y fue declarada fiesta nacional en el gobierno de Horacio Vásquez.

N.S. del Perpetuo Socorro
Patrona de Haití
Llega a Haití a través de los padres redentoristas. En 1883 una epidemia de viruela atacó a la vecina nación y los devotos hicieron una novena pidiendo por el cese de la enfermedad, la que dicen dejó de cobrar vidas de milagro.

Nuestra Señora de Fátima
Patrona de Portugal
3 niños encontraron a esta advocación en el poblado de Fátima en Portugal. La Virgen se les “manifestó” a los pequeños el 13 de mayo (día de la festividad). La Virgen fue coronada canónicamente en 1942 por el papa Pío XII.

Nuestra Señora de Lourdes
Patrona de Francia
El 11 de febrero es su fiesta. La Virgen se “manifestó” a la niña Bernadette en Lourdes, Francia. La pequeña contó 18 “manifestaciones”. En 1876 se edifica la basílica. Bernadette fue canonizada en 1933.

Nuestra Señora del Carmen
Patrona de Chile
Su fiesta es el 13 de mayo. Los orígenes de esta advocación surgen en el monte Carmelo. En el siglo XVIII se encontró en el poblado de Mendoza la imagen que hoy se venera en Chile. En 1923 el Vaticano la declaró patrona de ese país.

Nuestra Señora del Pilar
Patrona de España
Una tradición que guardan los españoles desde el siglo XIII, cuando Santiago Apóstol evangelizaba en España vio una imagen de la Virgen María en un pilar. Su festividad es el 12 de octubre. Y su santuario está en Zaragoza.

El origen de la Hermandad de los Siete Rayos

Lemuria es el nombre de la última parte del gran continente de Mu que existía en el Pacífico. La verdadera destrucción de Mu y su subsiguiente hundimiento en el mar empezaron 30.000 años antes de Cristo. Esta acción prosiguió durante muchos miles de años hasta que la última parte del antiguo Mu, a la que se conoce con el nombre de Lemuria, también quedó sumergida en una serie de nuevos desastres que tuvieron fin entre 10.000 y 12.000 A.C. Esto sucedió justo antes de la destrucción de Poseidonis, el último resto del continente atlántico, Atlantis. El Señor Aramu-Muru (el Dios Mer) fue uno de los grandes sabios lemurianos y el Guardián de los Rollos durante los últimos días de la condenada Mu.

Los Maestros de Lemuria sabían muy bien que la catástrofe final provocaría gigantescas mareas y enormes olas que sumergirían la última parte de su tierra en las furiosas aguas y en el olvido. Aquellos que trabajaban en la Senda de la Mano Siniestra proseguían sus diabólicos experimentos y no prestaban atención a “lo que estaba escrito en la pared”, así como hoy, en la Tierra, millones de habitantes siguen “comiendo, bebiendo y divirtiéndose”, aun cuando los fieles del Padre Infinito disciernen claramente los signos de los tiempos.

Los Maestros y los Santos que trabajan en la Senda de la Mano Diestra empezaron a archivar las preciosas crónicas y documentos de las bibliotecas de Lemuria. Cada Maestro fue elegido por el Concilio de la Gran Jerarquía Blanca para que fuera a diferentes secciones del mundo, donde, en seguridad, pudiera establecer una Escuela de la Antigua y Arcana Sabiduría. Se hizo esto para conservar el conocimiento científico y el espiritual del pasado. Al principio, durante muchos miles de años, esas escuelas seguirían siendo un misterio para los habitantes del mundo; sus enseñanzas y las reuniones debían ser secretas. De ahí que aún hoy día son llamadas Escuelas de Misterio o Shan-Gri-Las de la Tierra.

El Señor Muru, como uno de los maestros de Lemuria, fue delegado por la Jerarquía para llevar los rollos sagrados que estaban en su posesión junto con el enorme Disco Solar de Oro a la zona montañosa de un lago recién formado en lo que ahora es la América del Sur. Allí guardaría y mantendría el foco de la llama iluminadora. El Disco Solar era guardado en el gran Templo de la Luz Divina en Lemuria y no era un mero objeto ritual y de adoración, ni tampoco sirvió posteriormente a este solo propósito al ser usado por los Sumos Sacerdotes del Sol entre los Incas del Perú. Aramu-Muru partió hacia la nueva tierra en uno de los plateados y ahusados navíos aéreos de aquella época.

Mientras las últimas partes del antiguo continente se despedazaban en el Océano Pacífico, terribles catástrofes tenían lugar en toda la Tierra. La Cadena Andina de montañas surgió en aquella época, y desfiguró la costa oeste de la América del Sur. La antigua ciudad de Tiahuanaco (Bolívia) era en aquel tiempo un importante puerto de mar y una ciudad colonial del Imperio Lemuriano de gran magnificencia e importancia para la Madre Patria. Durante los subsiguientes cataclismos se elevó sobre el nivel del mar y el clima polar de las altas mesetas eternamente barridas por el viento. Antes que esto tuviera lugar, no existía el Lago Titicaca, el cual es ahora el lago navegable más alto del mundo, por encima de los cuatro mil metros.

Así, el Señor Muru, después de su partida de la sumergida Lemuria, llegó al lago recientemente formado. Aquí, en el lugar conocido ahora  con el nombre de Lago Titicaca, el Monasterio de la Hermandad de los Siete Rayos cobró existencia, organizado y perpetuado por Aramu-Muru. Ese Monasterio, que fue la sede de la Hermandad a lo largo de las edades de la Tierra, estaba situado en un inmenso valle que tuvo su origen en la época del nacimiento de los Andes, y era uno de esos extraños hijos de la Naturaleza a los que su exacta situación y altitud le daban un clima suave, semitropical que permitía que las frutas y nueces crecieran hasta alcanzar enorme tamaño. Aquí, en lo más alto de las ruinas que otrora estuvieron al nivel del mar, como la Ciudad de Tiahuanaco, el Señor Muru ordenó que se construyera el Monasterio con gigantescos bloques de piedra cortados por la energía de la fuerza lumínica primaria. Esta construcción ciclópea es igual hoy a lo que fue otrora, y sigue siendo un repositorio de la ciencia, la cultura y el conocimiento arcano de los lémures.

Los otros Maestros de Lemuria, el Continente Perdido, se dirigieron a otras partes del mundo y establecieron también Escuelas de Misterio, para que la humanidad pudiera tener en todo el tiempo que pasase en la Tierra el conocimiento secreto que había sido escondido, no perdido, sino escondido, hasta que los hijos de la Tierra hubieran progresado espiritualmente lo suficiente para estudiar de nuevo y emplear las Verdades Divinas. La ciencia secreta de Adoma, Atlantis y otras civilizaciones mundiales muy adelantadas se puede encontrar hoy en día en las bibliotecas de dichas escuelas, porque esas civilizaciones enviaron asimismo a hombres sabios para fundar Retiros Interiores y Santuarios a todo lo largo y ancho del mundo. Dichos retiros estaban bajo la guía directa y al cuidado de la Gran Hermandad Blanca, Jerarquía de los mentores espirituales de la Tierra.

El valle del Monasterio de la Hermandad de los Siete Rayos es conocido como  el Valle de la Luna Azul y está situado a buena altura al norte de los Andes, en el costado peruano del Lago Titicaca. El Señor Muru no estableció inmediatamente después de su llegada el Monasterio junto al Lago Titicaca, sino que pasó varios años viajando, estudiando y ayunando en el desierto, donde se reunió con otros hombres que habían escapado de la catástrofe. Lo acompañaba originalmente su aspecto femenino, Arama-Mara (Diosa Meru), cuando partió de Lemuria en la ahusada nave aérea. Esas no eran naves espaciales, sino que eran empleadas por la Madre Patria para el comercio entre la colonias.

La Hermandad de los Siete Rayos existía desde tiempos inmemoriales y había vivido en la Tierra en la misma época que la Raza de los Mayores, hará cosa de mil millones de años. Empero, nunca había tenido antes un monasterio donde los estudiantes de vida, altamente adelantados en la Gran Senda de la Iniciación podían reunirse en armonía espiritual para mezclar el flujo de su corriente vital. Cada estudiante cobraba existencia en uno de los Siete Grandes Rayos de Vida, tal como lo hacemos todos, y esos Rayos debían ser mezclados por cada discípulo que tejía su Rayo, como si fuera un hilo coloreado, en el tapiz que simbolizaba la Vida Espiritual del Monasterio. Por lo tanto, era llamada la Hermandad de los Siete Rayos, y se la conocía asimismo como la Hermandad de la Iluminación.

Los Sefardíes

El nombre de Sefarad, como es denominada España en lengua hebrea, despierta en gentes de Estambul o de Nueva York, de Sofía o de Caracas, el vago recuerdo de una casa abandonada precipitadamente bajo la noche. Por eso muchas de estas gentes, descendientes de los judíos españoles expulsados en 1492, conservan las viejas llaves de los hogares de sus antepasados en España. Se ha escrito que jamás una nación ha tenido unos hijos tan fieles como ellos, que después de quinientos años de exilio siguen llamándose «sefardíes» (españoles) y mantienen celosamente el idioma y las costumbres de sus orígenes. En la cocina y en los lances de amor, en las fiestas y en las ceremonias religiosas, los sefardíes viven todavía la melancolía de ser españoles.

El problema que planteaban los sefarditas hace quienientos años se aplazó con su expulsión, considerada por muchos una de las causas del declive del esplendor que en muchos campos había vivido España hasta entonces. La economía, la ciencia y la cultura, donde resonaban desde el siglo X los nombres de Maimónides, Salomón Ibn Gabirol, Judá Halevi, o tantos otros pensadores, científicos y poetas, pagaron su precio por las pretensiones unificadoras.

Las cifras sobre los sefardíes que abandonaron España en el año del Descubrimiento oscilan entre los cien mil y los cuatrocientos mil. Sus primeros destinos fueron el Norte de África y Portugal. Más tarde se dispersarían por toda la cuenca del Mediterráneo, creando grandes comunidades en los Balcanes y Asia Menor. El Nuevo Mundo atrajo también a los sefardíes, que desempeñaron un importante papel en la colonización de algunos países, como Brasil. En nuestro siglo, las dos guerras mundiales, la persecución nazi y la creación del Estado de Israel fueron elementos decisivos en el último proceso de la diáspora sefardí.

El gran peso de los sefardíes en la comunidad judía internacional ha motivado la incorporación de los judíos no sefardíes bajo esta denominación. Teniendo en cuenta a estos últimos, que han asimilado las costumbres sefardíes sin tener nexo histórico con los judíos expulsados de España, algunos cálculos hablan de una comunidad sefardí de entre cuatro y cinco millones de personas. En París está la sede de la Federación Mundial Sefardita, a la que están incorporadas asociaciones sefardíes de todo el mundo.

Los sefardíes luchan hoy por preservar su identidad frente al proceso de homogeneización cultural, que afecta principalmente a su idioma, donde se mantiene viva la memoria de sus raíces. El judeo-español, un castellano anterior a las reglas fonéticas y ortográficas del Siglo de Oro con mezcla de hebreo y otras lenguas, ya no lo hablan los jóvenes, aunque son capaces de entenderlo. En los últimos años se han realizado algunos esfuerzos por mantener la lengua e intentar que no quede reducida al ámbito familiar o a las personas de mayor edad.

Durante quince siglos, desarrolló el pueblo sefardí una cultura en España que fue la más importante en el mundo en su época para luego verse suprimida de un plumazo con la cruel expulsión de 1492. A lo largo de la historia, los judíos fueron expulsados de varios países de Europa, pero en ningún otro caso el impacto llegó a dejar en la conciencia colectiva del pueblo un impacto tan profundo y unos recuerdos tan arraigados como el drama de 1492. Esto puede sólo explicarse por la especial intensidad de la vida judía en España y por el carácter único del acervo de sus tradiciones y legado cultural.

La manifestación más genuina del judeo-español la constituye el romancero, medi de expresión popular-literaria y religiosa, a menudo ligada a la nostalgia de la patria perdida. La creación folclórica abarca los más variados aspectos del canto, la danza, la leyenda, el refrán, la «conseja» (cuento), el chiste, la creencia supersticiosa, la tradición del homno religioso y así sucesivamente.

La creación folklórica sefardí, en oposición a la nota pesimista ashkenasí, abre una espaciosa ventana hacia el gran mundo, canta el amor, las hazañas caballerescas, el goce de la vida, la existencia placentera, la belleza de la naturaleza. Si canta tristeza es porque a menudo los desastres y las desgracias, las guerras y las persecuciones asolan a su pueblo, pero en regla general, el optimismo y la esperanza, valores anímicos típicamente sefardíes, inspiran su creación.

Tuvieron que transcurrir varias décadas para llegar al punto en el que nos encontramos hoy, el de una España democrática, que asume su pasado, porque la historia no se puede cambiar, pero que está firmemente decidido a emprender una nueva etapa de convivencia y a ahondar en sus enriquecedoras raíces judías para construir una España mejor, una España que mira confiada al futuro sin olvidar las lecciones de su trayectoria pasada.

¿Paul McCartney está muerto?

«Paul is dead» («Paul está muerto») es una leyenda urbana que asegura que Paul McCartney ―cantante y compositor de la banda The Beatles― murió en un accidente automovilístico el día 9 de noviembre de 1966 y que fue reemplazado por el ganador del concurso llamado "El Doble de Paul McCartney" llamado William Campbell. Oficialmente, Paul McCartney se encuentra vivo hasta la fecha. La única «evidencia» de la muerte de McCartney consiste en indicios hallados entre muchas de las grabaciones de The Beatles, algunas de las cuales han sido interpretadas como si hubiesen sido deliberadamente colocadas por ellos mismos u otros, de tal suerte que fuesen un tipo de acertijo o rompecabezas para ser resuelto por el público mismo. Esto se ha visto reforzado con afirmaciones de personas que alegan que al escuchar ciertas canciones en sentido contrario se encuentran mensajes ocultos. Aunado a esto muchos han analizado los diseños gráficos de las portadas originales de todos sus discos para complementar el desciframiento de esta leyenda.

La leyenda dice que un martes 8 de noviembre de 1966, durante las grabaciones del álbum Revolver, McCartney salió a altas horas de la noche, después de discutir con sus compañeros. Paul McCartney iba a alta velocidad, cuando se encontró una chica llamada Rita, él se ofreció a llevarla y ella accedió. McCartney iba en alta velocidad cuando se estrelló con un camión, abriéndole la cabeza; por suerte, Rita salió ilesa. McCartney fue llevado al hospital, y terminó muriendo el miércoles 9 de noviembre de 1966, a las 5 de la mañana, por heridas en la cabeza. Lo rumores acerca de la muerte McCartney comenzaron el 12 de octubre de 1969, cuando un sujeto anónimo llamó a Russ Gibb, disc jockey local de la emisora WKNR-FM en Dearborn (estado de Míchigan, en Estados Unidos), que se identificó como Tom, estudiante de la Universidad del Este de Míchigan y anunció que Paul McCartney habría muerto. El tal Tom sugirió a Russ Gibb que reprodujese el tema «Revolution 9» en sentido inverso. Al hacerlo, Russ Gibb creyó escuchar la frase «Turn me on, dead man» («excítame, hombre muerto»).

Dos días después, el 14 de octubre de 1969, el periódico Michigan Daily publicó el artículo «McCartney está muerto: Nuevas pruebas salen a la luz», también estudiantes de la Universidad de Míchigan. Se trataba de una interpretación de lo que se veía en la portada del álbum Abbey Road. Entonces el disk jockey Russ Gibb, junto a John Small y Dan Carlisle, empezaron a producir Complot Beatle, un programa radial de una hora dedicado al rumor. El programa se transmitió en la WKNR-FM desde finales de 1969 y fue retransmitido durante años en la radio de Detroit. Hacia agosto de 1968, Terry Knight, un DJ y cantante de Detroit, entonces bajo contrato con Capitol Records, estuvo presente en la sesión de grabación del Álbum blanco el día en que el baterista Ringo Starr se fue del estudio. En mayo de 1969 Terry Knight publicó una canción titulada «Saint Paul», en la que hablaba de una supuesta inminente separación del grupo. En otoño de 1969, Russ Gibb la difundió por radio como si fuera un tributo al «fallecido» Paul McCartney. El rumor cobró fuerza recién cuando Ruby Yonge ―un disc jockey nocturno de la radio emisora de éxitos WABC (ubicada en Nueva York)― comentó la leyenda de la «muerte oculta» de McCartney en la transmisión del 21 de octubre de 1969. Yonge fue despedido inmediatamente y su emisión suspendida.

El primer desmentido lo publica la agencia de noticias United Press el 22 de octubre de 1969, y el mes siguiente la revista estadounidense LIFE publicó una entrevista con el músico en la que McCartney desmentía las pruebas habidas hasta esa fecha, y lamentaba que las personas que estaban propagando el rumor deberían mirarse a sí mismas en lugar de preocuparse por si él estuviera vivo o muerto.

La Batalla de Salta

Fue un enfrentamiento armado librado el 20 de febrero de 1813 en la pampa de Castañares, lindante con la ciudad argentina de Salta, en el curso de la Guerra de Independencia de la Argentina. El Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano y de Eustoquio Díaz Vélez como mayor general o segundo jefe, derrotó por segunda vez a las tropas realistas del general Pío Tristán, a las que había batido ya en septiembre anterior en la batalla de Tucumán. La rendición incondicional de los realistas garantizó el control del gobierno rioplatense sobre buena parte de los territorios del antiguo Virreinato del Río de la Plata y aseguró temporariamente la región.

Belgrano había aprovechado la victoria de Tucumán para reforzar el ejército a su mando. En cuatro meses logró mejorar la disciplina de las tropas, proporcionarles instrucción y reclutar suficientes efectivos como para duplicar su número. El parque y artillería abandonados por Tristán en la anterior batalla le había permitido organizarse con mucha mayor soltura. A comienzos de enero, buscando marchar tranquilamente para no fatigar a las tropas, emprendió la vanguardia la marcha hacia Salta. El 13 de febrero, a orillas del río Pasaje, el ejército prestó juramento de lealtad a la Asamblea Constituyente que había comenzado a sesionar en Buenos Aires pocos días antes, y a la bandera albiceleste diseñada por Belgrano. La bandera fue conducida por el mayor general Díaz Vélez, a quien llevaba en medio el coronel Martín Rodríguez y el general Belgrano escoltados por una compañía de granaderos que marchaban al son de música. La ocasión —cuya solemnidad fue empleada hábilmente por Belgrano, como lo había hecho en la bendición de la bandera en Jujuy antes del Éxodo Jujeño— dio lugar al rebautismo del río con el nombre de Juramento.

Tristán, entretanto, había aprovechado la ocasión para fortificar el Portezuelo, el único acceso a la ciudad a través de la serranía desde el sudeste; la ventaja táctica que esto le suponía hubiera hecho el intento imposible, de no ser por el superior conocimiento de la zona que los lugareños conscriptos aportaran. El capitán Apolinario Saravia, natural de Salta, se ofreció a guiar el ejército a través de una senda de altura que desembocaba en la Quebrada de Chachapoyas, que les permitiría empalmar con el camino del norte, que llevaba a Jujuy, a la altura del campo de la Cruz, donde no existían fortificaciones semejantes. Aprovechando la lluvia que disimulaba sus acciones, el ejército emprendió la marcha a través del áspero terreno, avanzando lentamente a causa de la dificultad de transportar los pertrechos y la artillería. El 18 se apostaron en el campo de los Saravia, ubicado en esa zona, mientras el capitán, disfrazado de indígena arreador, llevando mulas cargadas de leña hasta la ciudad, con la intención de informarse de las posiciones tomadas por la tropa de Tristán.

El día 19, gracias a la inteligencia de Saravia, el ejército marchó por la mañana con la intención de acometer las tropas enemigas al amanecer del día siguiente. Tristán recibió noticia del avance, y dispuso sus tropas nuevamente para resistirlo; alineó una columna de fusileros sobre la ladera del cerro San Bernardo, reforzó su flanco izquierdo, y organizó las 10 piezas de artillería con que contaba. En la mañana del 20 Belgrano ordenó la marcha del ejército en formación, disponiendo la infantería al centro, una columna de caballería — al mando de José Bernaldez Polledo — en cada flanco y una nutrida reserva al mando de Manuel Dorrego.

La herida de bala que al inicio de la batalla recibiera Eustoquio Díaz Vélez, segundo jefe de las fuerzas y jefe del ala derecha, mientras recorría la vanguardia de la formación, no fue obstáculo para que volviera al campo. El primer choque fue favorable a los defensores, ya que la caballería del flanco izquierdo encontraba dificultad para alcanzar a los tiradores enemigos por lo empinado del terreno.

Poco antes de mediodía, Belgrano ordenó el ataque de la reserva comandada por Dorrego sobre esas posiciones, mientras la artillería lanzaba fuego granado sobre el flanco contrario. Al frente de la caballería, condujo él mismo una avanzada sobre el cerco que rodeaba la ciudad. La táctica fue exitosa; columnas de infantes al mando de Carlos Forest, Francisco Pico y José Superí rompieron la línea enemiga y avanzaron sobre las calles salteñas, cerrando la retirada al centro y ala opuesta de los realistas. El retroceso de los realistas se vio dificultado por el mismo corral que habían erigido como fortificación; finalmente, se congregaron en la Plaza Mayor de la ciudad, donde Tristán decidió finalmente rendirse, mandando tocar las campanas de la iglesia de La Merced.

Un enviado a parlamentar negoció con Belgrano que al día siguiente los soldados abandonarían la ciudad en marcha, con honores de guerra, y depondrían las armas; Belgrano garantizaba su integridad y libertad a cambio del juramento de no empuñar nuevamente las armas contra los patriotas, un gesto inusual que ganó para su causa a no pocos de los combatientes enemigos. El mismo Tristán eventualmente tomaría el bando independentista en Bolivia. Los prisioneros tomados antes de rendición serían liberados a cambio de los hombres que José Manuel de Goyeneche retenía en el Alto Perú.

La generosidad de Belgrano, que abrazó a Tristán y lo dispensó de entregar sus símbolos de mando —los unía una estrecha amistad personal; habían sido condiscípulos en Salamanca, convivido en Madrid y amado allí a la misma mujer—, atraería sorpresa en Buenos Aires, pero la resonante victoria silenció las críticas y le granjeó un premio de 40.000 pesos dispuesto por la Asamblea. Belgrano declinaría recibirlo, disponiendo que el dinero se destinara a crear escuelas en Tucumán, Salta, Jujuy y Tarija; el libramiento de los fondos sería una deuda histórica durante 185 años, hasta que en 1998 finalmente se equipó en Tarija la última destinataria de los mismos.

La fosa común donde se enterraron los 480 caídos realistas y los 103 independentistas fue decorada por el gobernador Feliciano Chiclana con una cruz de madera y la inscripción "A los vencedores y vencidos". Hoy el lugar lo ocupa el monumento del 20 de febrero, proyectado por Torcuato Tasso y erigido en piedra de los cerros y un bronce alegórico. Los relieves que cubren los lados fueron diseñados por la también salteña Lola Mora. El monumento posee cuatro esculturas de bronce en honor a la actuación del general Manuel Belgrano, del mayor general Eustoquio Díaz Vélez, del teniente coronel Cornelio Zelaya y del comandante Manuel Dorrego.

El ejército de Belgrano continuaría camino hacia el norte, para hacer frente a las fuerzas de Joaquín de la Pezuela. Dos derrotas sucesivas, en Vilcapugio y Ayohuma, pondrían fin a la primera campaña del Ejército del Norte.